Leyendas: Beckenbauer

November 28, 2008 by ismael  
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Hablar de un futbolista como Beckenbauer puede llegar a ser lo más fácil, solamente habría que  ir poniendo adjetivos uno detrás de otro, cada uno más superlativo que el anterior. Puede ser tan sencillo como su manera de jugar al fútbol.

Franz Beckenbauer nació el once de septiembre de 1945, en Giesing, un pueblecito muy cercano a Munich. Hijo de un empleado de correos al que le apasionaba el fútbol. Fueron su padre y, sobre todo, su abuelo los que le animaron constantemente a practicarlo. En 1954, año en el que Alemania conseguía su primer campeonato mundial, con Fritz Walter como ídolo, el joven Beckenbauer ingresó en las categorías inferiores del Munich 06, pasando a formar parte del Bayern pocos años después. Sus primeros años los pasó jugando de delantero centro, puesto para el que también tenía unas dotes especiales. Se comenta que su abuelo le premiaba con unas monedas cada gol marcado, pero que pronto tuvo que desistir de esta práctica. Demasiado alto para aquella época, su entrenador le empezó a poner como centrocampista.

En 1966, con 21 años, jugó su primer mundial, el de Inglaterra, dejando boquiabiertos a todos los críticos deportivos. Su poderosa llegada, un regate muy efectivo y su disparo, le convirtieron en una de las grandes promesas. Marcó cuatro goles, uno de ellos fantástico, al legendario Lev Yashin, la araña negra. En la final, le situaron como marcador de la figura del equipo inglés, Bobby Charlton, en el que fue un duelo sensacional. Inglaterra venció, en una polémica final.

Y llegamos al mundial de 1970, México. Posiblemente uno de los campeonatos del mundo más recordados y añorados por los amantes del buen fútbol. No en vano, allí estaban jugadores de la talla de Gerson, Rivelino, Rivera, Overath, Bobby Charlton y el mismo Franz. Alemania volvió a enfrentarse a Inglaterra, que perdió por exceso de confianza 3-2. Venció Brasil, pero el partido más recordado sería la semifinal contra Italia que venció a Alemania 4-3. Beckenbauer jugó casi toda la prórroga con el brazo sujetado por una venda, le habían roto la clavícula, y su pundonor quedó demostrado ante las miradas de asombro y admiración del mundo entero.

En aquellos años, los 70, era habitual que cada equipo tuviera un jugador que manejara el equipo dentro del terreno de juego, los llamados cerebros, época de grandes visionarios del fútbol, Netzer, Overath, Van Hanegem, Coluna, Velázquez (Don Manuel) etc. Pues bien, coincidiendo con esta tendencia, Diettmar Cramer, entrenador del Bayern, a consejo de Helmut Schoen, entrenador del equipo nacional alemán, sugirió atrasar la posición de Franz, convirtiéndole en el líbero del equipo. Nadie desde entonces ha podido brillar tanto como él, se podría decir que reinventó la posición de defensa libre, jugando por detrás del central. Ver a Beckenbauer salir con el balón dominado, casi diría que sometido, era una catarsis, el éxtasis. La cabeza alta, los brazos bajados, la zancada poderosa, y de repente, y casi sin ningún esfuerzo, soltarla en un pase largo y ajustado, golpeándola tan suavemente y con tanta precisión que resultaba inaudito. Se decía que podía jugar con un frac puesto. En 1972 consiguió su primera Eurocopa, venciendo en la final a Rusia. En las fases previas, volvió a jugar contra  Inglaterra. El partido de Wembley aún sigue vivo en la retina de los grandes aficionados al fútbol. Ganó una selección alemana que abandonaba el mítico Wembley con un público tan entregado como asombrado por el espectáculo que había visto. Después conquistó otra Bundesliga, otra copa de Alemania y su primera Copa de Europa.

1974 es el año de la celebración del Campeonato del Mundo en Alemania. El Brasil post-Pelé se presentó con un nuevo equipo, sin los Gerson, Tostao, Carlos Alberto…, Polonia tenía un equipo que asustaba, Argentina reclamaba un lugar entre los grandes, y Holanda formó un conjunto poderoso y espectacular con Cruyff, Neeskens, Haan, Van Hanegem, los hermanos Van de Kerkof, Krol… la esencia del fútbol total. Los holandeses llegaron a la final, precisamente contra los anfitriones. Holanda empezó marcando, pero Müller y Breitner dieron la vuelta al encuentro y dejaron el título en Alemania. El duelo, sin lugar a dudas, fue Cruyff-Beckenbauer. Beckenbauer jugó con la selección su último partido en 1977, cuando todos los aficionados del mundo esperaban verle en Argentina 78. Antes de esto se proclamó campeón de la Intercontinental y subcampeón de Europa de selecciones, al perder contra Checoslovaquia, en el partido del penalti de Panenka, con ‘paradinha’ incluida. Se marchó al Cosmos de Nueva York, que por aquel entonces pretendía con su amigo Pelé introducir de forma definitiva el fútbol en USA. Cruyff, Best, Carlos Alberto, y muchos otros jugadores del mundo acabaron allí sus carreras deportivas. Ganó tres ligas consecutivas, volvió a Alemania, pero al Hamburgo, y retornó a Nueva York, donde se retiró definitivamente. Pocos jugadores pueden presentar un palmarés como el del Kaiser. En todas las alineaciones del mejor equipo mundial de todos los tiempos aparece él. Nadie como Franz le dio tanta fama al puesto de líbero. Cuando lo habitual era sacar la pelota de un ‘patadón’, él la bajaba, la mimaba y la hacía llegar a los extremos o al área contraria con una facilidad insultante. Su sentido de la colocación era tan extraordinario que daba la impresión de ser un jugador vago, pero es que no le hacía falta correr, lo veía todo antes y se anticipaba, así de fácil.

Leyendas: Butragueño

November 28, 2008 by ismael  
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Ramón de Carranza, Querétaro y doce de diciembre de 1984. Son los tres hitos que forjaron la leyenda de Emilio Butragueño, el patrón, en contra de lo que él mismo opinaba, de la Quinta del Buitre, la sociedad que formó junto a Michel, Sanchís, Martín Vázquez y Pardeza y que tuvo la virtud de rescatar al fútbol de las catacumbas del catenaccio y el músculo en el que se estaba sumiendo. Con el Buitre, el fútbol recuperó la categoría de arte.

En el Ramón de Carranza, Alfredo Di Stéfano le hacía debutar en el minuto catorce de la segunda parte. El Madrid perdía 2-0 y Butragueño entraba por Carlos Alonso, ‘el puma’, Santillana. Era el cinco de febrero de 1984. El novato hacía dos goles y daba el pase del tercero. El Madrid ganaba 2-3 y el Buitre empezaba a forjar su leyenda. El segundo hito ocurrió el doce de diciembre de 1984. Ya estaba en el primer equipo por derecho propio y había estado entre los seleccionados por Miguel Muñoz para la Eurocopa de Francia, aunque no llegó a disputar ningún minuto. Esa noche jugaba en el Bernabéu el Madrid y el Anderlecht belga. Los ‘diablos rojos’ habían endosado en Bruselas un 3-0 al Madrid. En la vuelta, Butragueño hizo tres goles, firmó una actuación clamorosa y los blancos le dieron la paliza del siglo a los belgas (6-1). La tercera de las noches de gloria fue en Querétaro, en el Mundial de México. Dinamarca, la ‘dinamita roja’, provocaba el pánico en cuantos rivales se medía. Unos días antes había ganado 6-1 a Uruguay. En la noche de Querétaro, el Buitre lograba cuatro goles y España ‘masacraba’ a Dinamarca con un inapelable 5-1.

A partir de esa noche la leyenda del Buitre ya no tuvo freno. Durante nueve años más vistió la camiseta del Real Madrid, aunque su relación con la Casa Blanca había comenzado mucho antes, concretamente el día después de su nacimiento, cuando su padre le inscribió como socio del Madrid. Eso sí, lo que poca gente sabe es que estuvo a punto de vestir la camiseta del Atlético de Madrid: Butragueño hizo la prueba para entrar en el Madrid, pero no salió muy contento. Unos días después, jugando con los juveniles del Calasancio, hizo ocho goles en un partido y eso hizo que los ojeadores colchoneros se fijasen en él. Iniciaron las gestiones para incorporarlo a la cantera rojiblanca, por lo que tres personas muy relacionadas con la Casa Blanca (Juan Gea, Marsal y Juan Felipe Gallego), que conocían de sus virtudes, movieron todos los hilos para que se le hiciera una segunda prueba. La hizo el quince de agosto de 1981 y tres días después firmaba la ficha con el Real Madrid aficionados. Su debut con la camiseta blanca fue en San Lorenzo de El Escorial, en un partido que muchos califican como el mejor de su vida. Luis Molowny, ‘el mangas’, presente en el campo, quedó prendado. Debutó con el equipo de Tercera ante el Pinto y su puesta de largo con el Castilla el 24 de abril de 1982, en un partido ante el Oviedo que los cachorros madridistas ganaron por 2-1.

En el Castilla se juntó la Quinta del Buitre por primera vez. Asombraron al mundo del fútbol al ganar la liga de Segunda en la temporada 83/84 y si Butragueño perdió el ‘pichichi’ de la categoría ante Julio Salinas, en el Bilbao Athletic, fue porque Di Stéfano le subió al primer equipo. Debutó, por fin, con la selección en un partido ante Galés en el que hizo un gol (jugó 69 partidos y durante mucho tiempo fue el máximo goleador histórico de la historia de la Selección) y con el Madrid disputó 341 partidos de Liga, 39 en Copa del Rey, más de cien amistosos y 75 en competiciones europeas. Sin ser un goleador, que para eso ya estaba Hugo Sánchez, hizo 217 goles.

Con Butragueño sobre el terreno de juego, el fútbol español vivió una conmoción aún no igualada por la aparición de otro jugador nacional. En una competición dominada por el músculo y el esfuerzo físico, Butragueño ‘inventó’ la pausa, la calma, el ‘desborde sosegado’… Sus regates en medio metro cuadrado se convirtieron en objeto de estudio y su forma de leer el fútbol en todo un tratado sólo apto para ‘buitrerólogos’. Visitó la elástica blanca durante 16 años y tras su partido homenaje ante la Roma en un Bernabéu repleto hasta la bandera y rendido ante el mito, jugó tres años más en México, en el Atlético Celaya, un club recién ascendido al que llevó hasta el subcampeonato de la liga azteca. Cuando era preguntado sobre las razones de jugar en México, Butragueño lo tenía claro: “No vestiré en España otra camiseta que no sea la del Real Madrid”.

Leyendas: Maradona

November 28, 2008 by ismael  
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Diego Armando Maradona es el fútbol. Pocos jugadores (quizás ninguno) han logrado trasmitir sobre el terreno de juego un sentimiento y una pasión tales que han perdurado muchos años después de su retirada. El ‘pelusa’ destrozó los cimientos del deporte rey y construyó una nueva manera de jugar al fútbol, veloz, con carácter, movilidad y talento. Diego dejó huella en todos los lugares por los que pasó, aunque destacó especialmente con tres camisetas: la de Boca Juniors, la del Nápoles y la albiceleste de la selección argentina. De hecho, en su país de origen se sigue pidiendo insistentemente que se retire el número ‘10’ de la Selección, ya que se considera que nadie podrá volver a brillar con ese dorsal tras el adiós de Maradona. El mejor jugador de la historia surgió de la más absoluta pobreza y llegó al paraíso gracias a un inmenso manantial de talento para desafiar a los poderosos. Maradona y patria son sinónimos en Argentina.

Un domingo 30 de octubre nacía en Lanús (Buenos Aires) Diego Armando Maradona. Su infancia transcurrió como la de un niño más de un potrero (suburbio) bonaerense, con la única salvedad de que este niño había nacido con un don celestial para manejar como nadie el balón de fútbol. Su primer equipo fue el Estrella Roja, fundado por el padre de Diego para que los chicos del barrio (Villa Fiorito) pudieran jugar. Uno de sus compañeros jugaba en las divisiones inferiores de Argentinos Juniors y puso sobre aviso a los responsables de la calidad de un niño menudo que vivía muy cerca de él. En cuanto los técnicos del ‘bicho colorado’ le vieron, le ofrecieron incorporarse al Cebollitas, uno de sus equipos de base. Allí se ganó la vitola de promesa más importante del país. Con 16 años llegó al primer equipo de Argentinos. Para comenzar su debut en Primera, con el primer balón que tocó le hizo un caño a un rival. Sólo era un augurio de lo que llegaría en poco tiempo.

Consolidado con el primer equipo y en la selección Juvenil, con 17 años fue convocado por Menotti para un amistoso ante Hungría con la absoluta. Su primera gran decepción llega justo un año después, cuando el ‘flaco’ le deja fuera del Mundial de Argentina, que acabaría ganando la albiceleste con Kempes como gran estrella. En Argentinos, Maradona se convierte en una figura cotizada por todos los grandes, especialmente por River, aunque estaba claro que el ‘pelusa’ no quería recalar en el barrio de Núñez. De hecho, el ‘pibe de oro’ siempre había soñado con vestir la camiseta azul y oro de Boca Juniors, especialmente después de que sus aficionados le corearan “¡Qué se quede! ¡qué se quede!” cuando salió a hacer malabarismos con el balón en un Argentinos-Boca. La presión del jugador provocó su llegada, en 1981, al conjunto xeneize, que se endeudó hasta el límite para conseguirle.

En 1982, Maradona, ya habitual en la selección argentina absoluta, disputó su primer Mundial en España. A pesar de contar con uno de los mejores equipos de su historia, la albiceleste no cumplió con las expectativas y regresó a casa antes de tiempo. En esa época, Maradona ya había firmado su contrato con el Barcelona, que invirtió en él una cantidad de dinero récord. Con los culés, el ‘pelusa’ no brilló como se esperaba. En el Camp Nou se le exigió correr más que jugar y el talentoso futbolista no supo adaptarse. Además, una hepatitis y una grave lesión tras una entrada de Goikoetxea le tuvieron mucho tiempo apartado de las canchas.

En 1984 desembarcaba en el Nápoles, un conjunto mediocre del sur de Italia, al que Maradona colocaría en el mapa futbolístico mundial. Allí, Diego se convirtió en amo y señor, se rodeó de los jugadores que quiso y le dieron toda la responsabilidad sobre el césped, como a él le gustaba. Así llegaron al equipo Giordano y Careca, que junto como Maradona conformarían la delantera Ma-Gi-Ca que marcaría una época, ganando dos Scudettos y una Copa de la UEFA. En el 86, de nuevo con la selección argentina, el ‘pibe de oro’ escribe las páginas más gloriosas de su carrera deportiva, proclamándose campeón del mundo en México. En todas las antologías del fútbol aparecerá siempre su gol ante Inglaterra, cuando dejó por el camino a todos los británicos que salieron a su paso. En Italia 90, vuelve a llevar a Argentina a la gran final, que en esta ocasión perdería ante Alemania. Un año después comienzan sus problemas con las drogas: da positivo en un control antidoping y es suspendido.

Diego abandona Italia para fichar por el Sevilla, donde nunca alcanza su verdadero nivel y regresa a su país, concretamente a Newell’s Old Boys, donde sólo juega cinco encuentros. Un nuevo positivo en el Mundial del 94 está a punto de retirarle de los terrenos de juego, pero un año después regresa a Boca, para retirarse tras treinta encuentros oficiales y cercano a los 37 años.

Leyendas: Matthäus

November 28, 2008 by ismael  
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Entre el 14 de junio de 1980 y el 24 de junio de 2000, veinte años y diez días, el mundo contempló con admiración la carrera de un futbolista bajito y demasiado talentoso para ser alemán, pero que en dos décadas de magisterio labró una carrera casi sin parangón en la historia del fútbol.

Lotthar Matthaus permaneció 21 años en activo y veinte de ellos como internacional. Un dato sensacional que le permitió ser el jugador que más veces vistió la camiseta de Alemania y el futbolista que más partidos ha disputado en campeonatos del mundo (25) distribuidos a lo largo y ancho de cinco mundiales de los que disputó la final en tres. Su carrera se desarrolló a la germana, sin pausa, sin altibajos, sobria y con resultados espectaculares. Una auténtica apisonadora sobre el terreno de juego. En su país le consideraron el sucesor del gran Franz Beckenbauer, pero lo cierto es que sus números son mejores inclusos que los del ‘kaiser’: debutó con la zamarra de Alemania Federal el 14 de junio de 1980, durante la Eurocopa de Italia, en un partido que su selección ganó 3-2 a Holanda, y se retiró como internacional tras perder ante Portugal en Rótterdam en la Eurocopa de Holanda (2000), ya vistiendo la camiseta de la Alemania unificada. Entre una y otra fecha, a Matthaus le dio tiempo a acumular más internacionalidades que a nadie (150) en su país, ganar el Mundial del 90, alcanzar dos subcampeonatos más en el 82 y el 86, donde sólo Maradona le superó, y anotarse la Eurocopa del 80 siendo apenas un ‘chavalito’ que acababa de debutar en la Bundesliga con la camiseta del Borussia Monchengladbach. Debutó en la Primera alemana de la mano de Jupp Heycknes.

Los ojeadores del Borussia le seguían la pista en el equipo de su pueblo, el Herzogenaurach, la pequeña localidad bávara famosa por ser la sede de la multinacional Adidas. Paradójicamente, el padre de Lotthar, Heinz, era empleado de la gran rival, Puma, y fue a través de los directivos de la firma del felino como logró una prueba en las inferiores de la selección alemana. Heinz fue, además, quien metió el gusanillo del fútbol a su hijo. Futbolista modesto, hizo mucho hincapié en que el pequeño Lotthar adquiriese la técnica necesaria, una enseñanza que le vendría muy bien con el paso de los años y que le permitió paliar su escasa estatura para los parámetros germanos, con una clase por encima de la media.

A pesar de que su primer equipo fuera el Borussia, la figura de Matthaus se asocia indiscutiblemente al Bayern de Munich, el club de sus amores y el equipo del que fue santo y seña a lo largo de doce temporadas en dos etapas interrumpidas por un brillantísimo paréntesis en el Inter de Milán. En la escuadra del Meazza formó el ‘tridente teutón’ con sus compatriotas Brehme y Klinsmann. Desde la medular condujo al Inter al Scudetto del 89, el último que los italianos han levantado, y a la Copa de la UEFA del año 92. Desde su salida, el Inter no levanta cabeza. No ha vuelto a ganar la Liga y ha invertido cientos de millones de euros en fichar futbolistas de renombre que no han dado, ni de lejos, el rendimiento de la tripleta alemana. Curiosamente, su entrenador en la época del Meazza, Giovanni Trapattoni, vuelve a ser su jefe ahora, en el Red Bull Salzburgo, el club del Tirol austriaco con el que ha firmado como entrenador y en el que ‘Don Giovanni’ es el director deportivo.

Futbolista de escasa presencia física, sin embargo, fue apodado ‘superman’ por sus extraordinarias cualidades atléticas. Un motor repleto de talento que generó fútbol desde la posición de medio centro y que con el paso de los años fue replegándose hasta jugar en la demarcación de líbero. Dotado de visión de juego, carisma, capacidad de liderazgo y una extraordinaria habilidad para leer los partidos, Matthaus es uno de los pocos futbolistas que lo largo de la historia han completado una carrera brillantísima tanto con su club como con la selección. Lo ganó todo menos la Copa de Europa, su gran espina. Perdió dos finales ante el Oporto de Futre y Madjer, en el año 87, y la del 99 ante el Manchester en esa loca final del Camp Nou. Es el único borrón de una dilatadísima trayectoria que comenzó a lo grande y que culminó en el mismo rango: en el año 99, con 39 años de edad, fue designado como mejor jugador de la Bundesliga. Una proeza. Con el Bayern logró una UEFA y en la Copa de Europa libró duelos míticos sin rédito alguno. Famosos son sus partidos con el Real Madrid, cargados de tensión y en los que se vivieron algunos momentos que han pasado a la historia negra del fútbol como el pisotón en la cabeza que Juanito le propinó en una eliminatoria jugada en abril del 89 y que le costó al de Fuengirola su salida del Santiago Bernabéu. Retirado a los cuarenta años de edad, Matthaus abandonó el fútbol en activo con la satisfacción del deber cumplido, sin aspavientos y con una vitrina repleta a no poder más. Todo muy alemán.

Matthaus no era un futbolista que desequilibrara los partidos con su regate o su capacidad goleadora. Todo lo contrario. Era lo que se entiende hoy en día como un  jugador de equipo, con todas las virtudes que esa definición conlleva y un plus de fortaleza física y calidad propia de las figuras. Jugador de centro del campo, el paso de los años le terminó retrasando hasta la defensa, desde donde siguió imprimiendo su jerarquía sobre el equipo. Dotado de una gran técnica, dominó el arte del pase en corto y en largo, del cambio de juego y la lectura del partido. Buen tirador, interpretaba a la perfección las instrucciones del entrenador. Se le puede considerar como un cerebro a la antigua usanza, pero también un formidable competidor y un futbolista sacrificado y con un considerable despliegue físico.

Leyendas: George Best

November 28, 2008 by ismael  
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George Best, el mejor futbolista británico de la historia, murió recientemente. Fiel a su trayectoria, Best falleció aún joven, víctima de una vida que llevó a la misma velocidad con la que se desenvolvía en la banda izquierda de Old Trafford. Aunque sólo estuvo seis años al máximo nivel, la huella que el norirlandés dejó en el fútbol fue profunda: a su muerte el Manchester le rindió homenaje en el Novo Da Luz ante el Benfica, rival al que Best martirizó, y hasta David Beckham lució brazalete negro en su memoria sobre la camiseta del Real Madrid.

Es obvio que usted no ha escuchado mis instrucciones. Gracias”. El ‘reproche’ del mítico Sir Matt Busby pronunciado el 14 de marzo de 1965 en el estadio Da Luz, en un Benfica-Manchester que pasó a la historia del fútbol, resume la esencia de un futbolista singular, extraordinario, posiblemente, el mejor que ha existido en las Islas Británicas y que, a pesar de haberse mantenido sólo seis temporadas en la elite, dejó una huella en el fútbol británico que nadie ha podido ocupar aún. Esa noche, Busby dispuso a los ‘red devils’ de forma ultradefensiva con el objetivo de aguantar el 3-2 que traían de las Islas. En doce minutos, Best, que tenía 18 años, se había saltado todo el dispositivo, hecho dos goles maravillosos y sentenciado la eliminatoria. Así era el norirlandés, un futbolista rápido, carismático, talentoso hasta decir basta y goleador. Un chaval ‘licenciado’ en fútbol en las callejuelas de su Belfast natal, capaz de viajar a Manchester para fichar por los de Old Trafford, huir despavorido a la casa de su madre para regresar tan solo dos semanas después por la presión a dos manos de Busby y su padre, y poner patas arriba la liga inglesa con un juego de otra dimensión.

Junto a Bobby Charlton y Dennis Law formó la Santísima Trinidad, una delantera de ensueño que convirtió al Manchester en un equipo prácticamente invencible. Sus exhibiciones en Liga llevaron a los ‘diablos rojos’ en dos ocasiones a lo más alto y en 1968 a la conquista de una Copa de Europa. La final les enfrentó al Benfica, el 29 de mayo, y contó con un protagonista de excepción: Best protagonizó una jugada comparable a la de Maradona ante Inglaterra en el Mundial de México al irse de varios contrarios, sortear al portero luso y marcar a puerta vacía. Un gol de antología ante el que el propio norirlandés no escondía su admiración: “Estuve a punto de arrodillarme y meter el gol de cabeza”, comentó posteriormente. Tras la conquista de la Copa de Europa, y ganar el Balón de Oro con tan sólo 22 años, la estrella de Best fue declinando poco a poco. Fue uno de los primeros futbolistas en convertirse en ‘estrellas mediáticas’. Le llamaban el ‘quinto Beatle’ por su melena larga, su forma de entender la vida y su habilidad para mantener continuos escarceos con la ‘Miss Universo’ del momento. Sus problemas con el alcohol cambiaron su carácter y echaron por tierra su extraordinaria carrera, que no alcanzó mayor relumbrón al no poder disputar nunca una Eurocopa o un Mundial. Best era futbolista, uno de los mejores de todos los tiempos, pero vestía la camiseta verde de Irlanda del Norte, y eso era una losa demasiado pesada de llevar, incluso para él.

Tras abandonar el Manchester, se convirtió en un nómada del fútbol. Jugó en Estados Unidos, Escocia, Australia, Sudáfrica… y en todos los lugares donde subastó su arte arrastró fama de polémico, al tiempo que dejaba gotas de su esencia. Llegó a estar al borde de la muerte en 1973 y, aunque volvió a vestirse de corto, nunca llegó ya a sentirse futbolista. Eso sí, muchos aficionados al fútbol recuerdan la que quizá fue su última exhibición futbolística. Fue en un partido de la copa inglesa ante el Northampton en 1970 y su equipo ganó 2-8. Él hizo seis goles, tantos como semanas llevaba sancionado por un escándalo. La prensa de la época fue elocuente: “Simply the Best” (simplemente el mejor), fue el titular.

George Best murió en noviembre de 2005 víctima de problemas médicos irreversibles y en gran parte provocados por su desmesurado consumo de alcohol. Best eludió por primera vez la muerte en 1973, cuando cayó víctima de una trombosis que estuvo a punto de costarle la vida. Tras sufrir, en los últimos tiempos, un  rasplante de hígado y estar más de dos años al borde del precipicio, Best, que nunca se arrepintió de su pasado ‘juerguista’, no pudo ganar el partido más importante de su vida.

Leyendas: Julen Guerrero

November 28, 2008 by ismael  
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El último ‘rey león’ con rango y galones de San Mamés ya no ruge. Se retiró o le retiraron prematuramente del que fue su feudo durante más de dos décadas hace apenas un par de temporadas, con sólo 32 años. Julen Guerrero, el último crack que ha dado la factoría de Lezama, es la leyenda más joven de un histórico del fútbol mundial: el Athletic Club de Bilbao.

San Mamés imaginó la gabarra navegando de nuevo por la ría de Nervión cuando contempló a Julen Guerrero sobre el césped de su viejo estadio. La irrupción de aquel fino centrocampista, rubio, espigado, con el balón cosido a su bota y con facilidad para hacer goles provocó una catarsis en una afición que apenas una década antes había paladeado uno de los mayores éxitos de su gloriosa historia: el doblete de la temporada 83/84. Corría el 6 de septiembre de 1992 cuando los aficionados que solían acudir a Lezama a seguir los entrenamientos de las categorías inferiores de los leones comprobaron que su intuición no estaba equivocada: ese día debutó con el primer equipo del Athletic Julen Guerrero, la joya más preciada de la cantera. Ganó el Athletic al Cádiz por 2-1 y Julen hizo un gol. La hinchada lo celebró a lo grande consciente de que eran testigos de un hecho reseñable: el debut del que iba a ser uno de sus santos y seña durante casi tres lustros, el primer paso de un futbolista que defendió la camiseta de los leones durante 14 temporadas en las que disputó 372 partidos y logró 101 goles. Jupp Heycknes fue el técnico que lo hizo saltar por primera vez a San Mamés como titular del primer equipo. Ese día comenzaron a esbozarse los trazos de la última leyenda rojiblanca.

Sin apenas tiempo para una transición tranquila, Julen se convirtió en el ídolo absoluto de la afición del Athletic. Más que un futbolista, fue un fenómeno social que trascendió el aspecto puramente futbolístico; un fenómeno que se alimentaba domingo tras domingo con los excelentes números que Julen firmaba y que alcanzó su cota máxima en la temporada 93/94, cuando en 36 partidos, Guerrero fue capaz de hacer 18 goles jugando de centrocampista. En las temporadas en las que rindió al máximo nivel, el Athletic no sólo logró el último subcampeonato de la historia sino que además se movió próximo a los puestos que daban derecho a jugar competiciones europeas. En esos años, el nombre de Guerrero estaba en las agendas de los grandes clubes europeos. El Real Madrid llegó a realizar una ofensiva total para hacerse con sus servicios. Julen apostó por quedarse en la que era su casa; el Athletic le blindó de por vida. A la larga, aquella decisión se mostró como equivocada.

Dentro del terreno de juego, el Athletic vivió su último momento de gloria con Guerrero al frente de las operaciones. Fue en la temporada 97/98. El Athletic fue subcampeón de Liga y se ganó a pulso el derecho de disputar la Liga de Campeones. Fue una temporada redonda en la que los leones disputaron la UEFA y pelearon por el título durante todo el campeonato. Superaron en la tabla de clasificación, incluso al Real Madrid y al año siguiente se midieron a los clubes más grandes de Europa, compitiendo contra escuadras como la Juventus con las armas que siempre han caracterizado a los de San Mamés: la fuerza de la cantera. Fue el punto culminante de su carrera como ‘rey león’. A partir de ahí, de forma incompresible, su juego se fue apagando poco a poco. Quizás sufrió una sobreexplotación que los técnicos del Athletic no supieron detectar a tiempo. Seis años después, el 11 de julio de 2006, tras haberlo sido todo en el club de toda su vida y haber vivido una cuesta abajo imparable durante el último lustro competitivo, anunció que tiraba la toalla. La grada de San Mamés le siguió siendo fiel hasta el mismísimo día en el que colgó las botas. Y aún después. Bilbao no olvida a sus ídolos.

Con España jugó dos mundiales (1994 y 1998) y una Eurocopa (1996) y aunque al igual que con el Athletic, su estrella se fue apagando poco a poco, su irrupción fue equiparable a la de un ciclón. Fue 41 veces internacional, marcó 23 goles y durante mucho tiempo corrió la leyenda de que la Selección era invencible cuando en ella se alineaba Julen Guerrero. El vizcaíno es, además, uno de los futbolistas que más goles han hecho vistiendo la casaca de la roja e incluso llegó a firmar dos ‘hat-trick’, ante Malta y Chipre. En cuanto a su participación en los mundiales y eurocopas, no tuvo demasiada suerte: en ninguna de las tres grandes citas fue imprescindible.

Leyendas: Hugo Sánchez

November 28, 2008 by ismael  
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El matador por excelencia, el delantero centro de libro, el ariete rematador que se describe en los manuales de fútbol. Eso era Hugo Sánchez, un futbolista letal a un toque al que poca gente vio regatear a un contrario a lo largo de su carrera futbolística, pero que acuñó un tipo de jugador nacido única y exclusivamente para convertir el área en un coto privado de caza.

Sus volteretas se cuentan por centenares. Una tras otra, la ‘huguina’ cimentó la leyenda de un futbolista nacido única y exclusivamente para rematar. Si hubiera sido un jugador de baloncesto su porcentaje sería demoledor… y su participación en el juego, mínima, irrelevante. No le hacía falta. A un toque. Sólo un toque, con la pierna derecha, la izquierda, el pecho, la cabeza, de chilena, con el muslo… las metía con todo. Si el balón estaba sin dueño en el área pequeña, aparecía Hugo; si la jugada exigía un remate seco desde la distancia, aparecía Hugo; si el esférico volaba por las nubes, la cabeza de Hugo escalaba hasta ellas; y si la bola parecía inalcanzable, surgía desde la nada una chilena espectacular que alojaba el cuero en la escuadra enemiga. Impresionante.

Hugo nació en México Distrito Federal en 1958 y ya en su primer equipo, el UNAM, acreditó sus dotes de extraordinario goleador. Ganó el título de máximo artillero y su primer destino a Europa fue el Atlético de Madrid, donde cuajó cuatro soberbias temporadas que dejaron en las vitrinas colchoneras una Copa del Rey y una Supercopa. El Madrid de Ramón Mendoza se lo arrebató al Atlético de Vicente Calderón previo pago de 220 millones de las antiguas pesetas y la puesta en marcha de una maniobra triangular en la que apareció de por medio un equipo ‘puente’ mexicano. La intención la resumió claramente Vicente Calderón cuando comentó a Mendoza el famoso “si te lo vendo, mis socios me tiran al río”. Lo cierto es que el Atlético, con intermediario ‘puente’ o sin él, vendió, y el mexicano se convirtió en el estilete que catapultó al Real Madrid a una de sus décadas más gloriosas. Con él llegaron Maceda y Gordillo, con los que formó la ‘quinta de los machos’, en contraposición y complementación con la más ‘juvenil’ ‘quinta del buitre’ que lideraba Emilio Butragueño. Las dos quintas remando en la misma dirección convirtieron el Madrid en una máquina perfecta de hacer fútbol que arrasó en la liga española, batiendo todos los récords posibles, incluido el de mayor número de goles en una temporada (107), y enamoró en Europa, donde ganó una Copa de la UEFA y si no sumó la Copa de Europa fue porque un día se cruzó por su camino un PSV Eindhoven con más suerte que juego en un torneo en el que los blancos dejaron en la cuneta al Oporto de Madjer, vigente campeón, al Nápoles de Maradona y Careca, y al Bayern de Munich. Aquel año fue el cenit de un conjunto que, por motivos de edad, se fue deshaciendo poco a poco hasta la vertiginosa irrupción del gran Milán de Arrigo Sacchi, que cortó de cuajó la trayectoria de toda una generación de futbolistas.

Hugo ganó cinco pichichis de la liga española y uno de la mexicana. Es decir, en seis temporadas de su carrera fue el máximo goleador del campeonato, un récord al alcance de muy pocos. Su mejor temporada fue la 89/90, vistiendo la camiseta del Real Madrid. Ese año logró 38 goles, uno por partido, igualando el récord de Telmo Zarra, aunque el delantero vasco recientemente fallecido hizo tal marca en una liga de tan sólo treinta partidos. Pero la eficacia goleadora de Hugo va más allá. En el Madrid logró 251 goles, y durante su estancia en España alcanzó cinco títulos de máximo goleador, uno de ellos logrado durante su última campaña en el Atlético, con 19 goles.

Hugo fue futbolista de carácter fuerte, ganador, directo, competitivo y duro. Un ganador nato que no salió bien de muchos de los clubes en los que jugó y que le ‘condenó’ a mantener numerosos enfrentamientos con futbolistas de equipos rivales e incluso compañeros. Del Madrid y el Rayo salió por la puerta de atrás aunque posteriormente el club blanco le rindió un gran homenaje en 1997 y de la Selección también salió mal por culpa de las desavenencias con el seleccionador del momento durante el Mundial de Estados Unidos. Jugador duro de roer, Hugo era temido por todos dentro de un terreno de juego.

Con la Selección, Hugo fue pieza indispensable, pero el escaso potencial de la ‘tricolor’ le impidió brillar a más altura internacional. Aún así jugó los mundiales de 1978, 1986 y 1994, lo que da una idea de su longevidad como futbolista de primerísimo nivel. Vistió la elástica verde en 76 partidos e hizo 46 goles.

Leyendas: Sócrates

November 28, 2008 by ismael  
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La que a juicio de muchos críticos y aficionados al fútbol fue la mejor selección brasileña que ha pisado un terreno de juego desde hace más de tres décadas (la de España 82) tenía un referente claro sobre el césped: Sócrates Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, un genio singular que comenzó a jugar por verdadera casualidad.

El deporte rey se hubiera perdido una estrella si aquella mañana el pequeño Sócrates no hubiera estado viendo a un amigo entrenar con uno de los equipos de las inferiores del Botafogo. Sócrates estaba allí, sin nada que hacer, apoyado contra la barandilla del terreno de juego, cuando el entrenador se le acercó y le dijo que si quería jugar para, de esta manera, poder completar dos equipos y ‘hacer’ un partidillo. Aquel chaval accedió para no estar aburrido mirando como jugaba su amigo durante un buen rato y la lección de fútbol que dio en apenas unos minutos hizo que el ‘mister’ que le había invitado a jugar para ‘rellenar’, le fichara de inmediato. Había nacido para el fútbol Sócrates. Tenía once años. Cierto es que el palmarés de este medio centro, médico por vocación y por estudios, conocido por ello como ‘el doctor’, y comprometido políticamente, no guarda relación con la enorme leyenda que se generó en torno suyo y aquella selección que lideró en el Mundial 82 y en la que también estaban ‘monstruos’ como Toninho Cerezo, Junior, Eder o Zico. Cosas que pasan en el fútbol, siempre a caballo entre lo real y lo mítico.

Con la ‘canarinha’ disputó 63 partidos y, a pesar de no ser un gran goleador, hizo 25 tantos, un bagaje que le reportó fama de jugador elegante y virtuoso con el balón. Llegó a disputar dos mundiales, el inolvidable del 82 y el del 86, en México, donde la pentacampeona brilló menos. Fue un Mundial hecho para la eterna enemiga de Brasil, Argentina y una nueva estrella emergente, Diego Armando Maradona. Su aportación a nivel de clubes no fue espectacular, aunque vistió las elásticas de los equipos más importantes de Brasil. Botafogo, Flamengo, Corinthians y Santos disfrutaron del juego de un futbolista especial que sólo tomo el camino del extranjero, en dirección a Florencia cuando, defraudado, comprobó que la evolución política de su país no se correspondía con sus ideas. De lo contrario nunca hubiera abandonado el ‘Brasileirao’. Sus últimos ‘toques’ los dio en el equipo en el que comenzó, el Botafogo. Personaje más que peculiar, Sócrates fue una referencia indispensable dentro del fútbol de finales de los setenta y mediados de los ochenta. Si Paolo Rossi, el ‘bambino de oro’, no se hubiera cruzado en su camino aquella calurosa tarde del 82 en el ya desaparecido estadio de Sarriá, hoy Sócrates estaría en el Olimpo del fútbol. Sin dudarlo.

Quince años después de que vistiera la camiseta del Botafogo por última vez y diera por finiquitada una brillante carrera sobre los terrenos de juego, el ‘excéntrico’ Sócrates volvió al mundo del fútbol en un modesto equipo de Inglaterra, en el Garforth. A sus cincuenta años, los verdes campos de Yorkshire disfrutaron de un Sócrates con su eterna melena y bigote, su prodigiosa técnica y eso sí… unos cuantos kilos de más.

En la familia de Sócrates, la filosofía y el fútbol iban a partes iguales. El patriarca familiar, Raimundo, era un apasionado de la filosofía por lo que a tres de sus hijos les puso nombre de filósofos griegos. Dos hermanos del genio respondían al nombre de Sostenes y Sófocles y el más pequeño de ellos, Raimundo, ‘Raí’, fue una de las estrellas del fútbol mundial en la década de los noventa. No alcanzó el nivel de Sócrates, pero fue referencia en la selección brasileña, campeón de la Intercontinental con el Sao Paulo y figura indiscutible del París Saint Germain. Además, Raí fue campeón del mundo en Estados Unidos, con una canarinha muy inferior a la que lideró su hermano doce años antes.

Leyendas: Gascoigne

November 28, 2008 by ismael  
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Posiblemente Paul Gascoigne haya sido el mejor futbolista que ha dado Inglaterra desde los tiempos de Bobby Charlton. Posiblemente le habría superado sin ningún género de dudas si no hubiera dilapidado su extraordinario talento en juergas y  borracheras. ‘Gazza’ fue el ‘enfant terrible’ del fútbol de las Islas. Un futbolista de otra dimensión, muchos cuerpos por encima del nivel de la época pero que, sin embargo, primero quedó estancado y, segundo, cayó en picado ‘gracias’ a su mala cabeza. Aún así, tuvo tiempo y calidad suficiente como para hacerse un hueco en la historia del fútbol.

La imagen de un chaval llorando de forma compulsiva al ver la tarjeta amarilla que le privaba de jugar una hipotética final del Campeonato del Mundo durante las semifinales de Italia ’90 que enfrentaban a Inglaterra y Alemania, dio la vuelta al mundo y se convirtió en uno de los símbolos de aquel torneo que terminó ganando el conjunto germano. A aquel jovencísimo jugador, aquellas lágrimas le granjearon la devoción de los hinchas ingleses y la simpatía de todos los amantes del fútbol. El chaval que lloraba sin consuelo posible era Paul Gascoigne, mediocampista de gran talento de la selección ‘pross’ y, nadie, en aquel momento, hubiera podido imaginar que iba a terminar alcoholizado y con su carrera deportiva destruida por un sinfín de altercados públicos. Aquel momento resume la trayectoria de ‘Gazza’: siempre excesiva y pasional.

La carrera del joven Gascoigne comenzó en el Newcastle, el club de su ciudad natal y en cuya cantera se ormó. En la liga inglesa – aún no existía la Premier- debutó en 1985 en un partido ante el QPR. En pocos partidos, ‘Gazza’ demostró que era un futbolista diferente. Técnico y con carácter se erigió en el ídolo indiscutible de St. James Park durante tres temporadas en las que rindió a un magnífico nivel y le sirvieron para que el Tottenham, uno de los clubes más potentes del panorama británico en la  década de los ochenta, le fichara por dos millones de libras. En White Hart Lane tampoco tardó en conquistar el afecto de la grada. Terry Venables, su entrenador, le dio mando en plaza y Gascoigne le devolvió con creces esa confianza. Un golazo en las semifinales de la FA Cup ante el Arsenal, el eterno rival del equipo del norte de Londres, fue el punto álgido de su trayectoria en el Tottenham. Unas semanas después, durante la final de la FA Cup, sufrió una gravísima lesión. Aún así, su gran rendimiento no pasó desapercibido para los clubes italianos, los gigantes económicos del momento. El Lazio se hizo con sus servicios tras permanecer un año sin jugar al fútbol y previo pago de 5,5 millones de libras.

En Italia, el mundo empezó a tener colores sombríos. Al igual que otros grandes del fútbol inglés como Ian Rush, los rigores tácticos de la Serie A italiana pasaron factura a un Gascoigne que nunca se adaptó a un estilo de juego tan encorsetado. Además, sufrió múltiples lesiones y vio como su trayectoria se frenaba en seco. En el Olímpico se le recuerda por el gol que le hizo a la Roma en el último minuto de uno de los derbis más calientes del fútbol trasalpino, pero por muy poco más. No pudo triunfar y regresó a las Islas. Pero no a Inglaterra.

El mejor ‘Gazza’ que se pudo ver tiene nombre y apellidos: Ibrox Park. Glasgow Rangers. Con el equipo de los protestantes firmó su mejor temporada en la Premier escocesa. Su nivel estaba muy por encima de la mayoría de los futbolistas del campeonato. Su aportación al Rangers fue espectacular. Conquistó la Liga 95/96, fue declarado ‘Futbolista del Año’. Sus números le avalan: 19 goles en 41 partidos. Gascoigne había vuelto a la cima del fútbol, pero una vez más, su carácter indisciplinado y su afición al alcohol le jugaron una mala pasada. Su segunda temporada en Glasgow ya no fue tan buena y en el club terminaron cansándose de su actitud. En 1998 es traspasado al ‘Boro’ y es ahí donde se inicia el final del mito. Protagoniza incidentes inverosímiles como cuando estrelló el autobús del equipo contra un muro o sus múltiples episodios de alcohol y violencia. Gascoigne pasa a ser un futbolista con ficha de profesional que, sin embargo, se comporta como un estibador de barrio de bajos fondos. Apenas juega 44 partidos en dos temporadas y tras un efímero paso por el Everton inicia un peregrinar por equipos de tercera fila e incluso China, donde no llegó a cuajar. Decían que llegaba a los entrenamientos oliendo a bar. Un triste final para un jugador que pudo ser el rey del mundo. Le faltó suerte y… cabeza.

Leyendas: George Weah

November 28, 2008 by ismael  
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El despertar futbolístico de África alcanzó un punto de no retorno con George Weah, el delantero que cambió para siempre el concepto del jugador africano. El primer gran descubrimiento de Wenger fue también el primer extranjero en ganar el Balón de Oro.

A Arsene Wenger siempre se le ha reconocido un extraordinario ojo clínico para captar jóvenes talentos. Uno de sus primeros descubrimientos fue George Weah, un potente delantero al que el técnico francés fichó desde Camerún para convertirlo en uno de los extranjeros más rentables del fútbol europeo en el último tercio del siglo XX. Rápido, hábil para desmarcarse, de zancada larga y fuerte pegada, Weah pronto destapó todo su potencial en la liga francesa, llamando la atención del Milán, con el que ganó dos Scudettos. Su mayor virtud fue integrar las excelentes actitudes físicas que tenía a un control del balón en carrera que le permitía tener una gran movilidad en la zona de ataque. Desmarque, galopada y disparo. Tres señas de identidad para la ‘pantera indomable’, quien fue el gran valedor del fútbol africano en el viejo continente. Antes de su irrupción los grandes clubes europeos rara vez fijaban sus objetivos en el continente negro para captar nuevos talentos, excepciones contadas que brillaban en algún partido de la Copa del Mundo. Pero tras su proclamación como Balón de Oro en 1995, los grandes equipos comenzaron a poner sus ojos en África con el fin de descubrir nuevos talentos. En Liberia, Camerún, Nigeria o Ghana se empezó a apostar por el ‘perfil Weah’ como el prototipo de delantero exportable.
El camino hacia su consagración fue un proceso lento y escalonado. Cuando Wenger lo fichó para el Mónaco en 1988 procedente de Camerún pocos aventuraban lo que daría de sí el liberiano, que pasaba por ser un delantero de físico imponente y gran rapidez pero sin condiciones de estrella. El técnico francés se encargó de pulirlo, mejorando su posicionamiento táctico y sus condiciones técnicas para transformarle en un ariete al que costaba quitarle el balón cuando encaraba en carrera. A medida que avanzaba temporadas en la Ligue 1 francesa su cotización subía enteros y el Paris Saint Germain decidió apostar por él para su nuevo proyecto. Weah fue la piedra angular de un equipo que tomó el relevo del Olympique de Marsella en la elite del fútbol francés. En el torneo doméstico era la pesadilla de los marcadores rivales. En Europa, sus actuaciones tampoco no desapercibidas para los ‘grandes’ del viejo continente y en 1995, tras alcanzar las semifinales de la Champions League, se convirtió en objeto de deseo de los clubes punteros.

Mientras a Weah se le quedaba pequeña la liga francesa, en Italia el Milán andaba buscando un sustituto de Marco Van Basten. Doce millones de dólares de la época convirtieron al liberiano en el encargado de hacer olvidar la magia del holandés. Sus galopadas le hicieron ganarse el respeto de la grada y el reconocimiento de prensa y compañeros de profesión como uno de los mejores futbolistas del mundo. En 1995 se convirtió en el primer jugador no europeo que ganaba el Balón de Oro, y, ese mismo año, la FIFA le otorgó el prestigioso trofeo World Player, adelantando en la votación a Paolo Maldini y Jugen Klinsmann. Durante las cuatro campañas que vistió la camiseta ‘rossonera’ conquistó dos Scudettos, antes de poner fin a su etapa italiana e iniciar un fugaz paso por Inglaterra en las filas de Chelsea y Manchester City. Con 34 años regresó a Francia para jugar en un Olympique de Marsella que quería iniciar con él un nuevo proyecto ganador con el que olvidar la crisis deportiva e institucional que había sufrido a finales de los noventa, aunque sin éxito. Tras colgar las botas en 2003, Weah regresó a su Liberia natal, donde emprendió una carrera política como candidato presidencial. En las urnas no tuvo tanto éxito como en las canchas de juego, donde abrió una nueva vía para buscar talentos en África. Jugadores como Drogba o Eto’o afloraron a partir de que los ojeadores europeos pusieran sus ojos en el continente negro buscando un nuevo George Weah.

Weah fue uno de los protagonistas del gran Paris Saint Germain de mediados de los noventa. En las tres campañas que el liberiano estuvo en el Parque de Los Príncipes conquistó una Liga, dos Copas, una Copa de la Liga, un subcampeonato liguero y disputó las semifinales de la UEFA, la Recopa y la Copa de Europa. Con Ginolá y los franceses Raí y Leonardo se entendía a la perfección y fue la pesadilla del Real Madrid en los cuartos de final de la Copa de la UEFA de 1992/93 y la Recopa de 1993/94, marcando dos goles decisivos en ambas eliminatorias. Un año después, en la campaña 1994/95, el PSG eliminó al Barcelona en la misma ronda de la Champions con un gol suyo en el Camp Nou.

Fuera de los terrenos de juego, George Weah siempre fue una persona muy comprometida con las causas solidarias, colaborando en proyectos de desarrollo en su Liberia natal. Tampoco ocultó nunca su agradecimiento hacia Arsene Wenger, el hombre que apostó por él y que moldeó su talento. En 1995, tras recibir el FIFA World Player, regaló el trofeo al técnico francés. “Él hizo de mí el futbolista que soy. Me enseñó a perseverar, a llevar una vida decente y a jugar con deportividad”, afirma el liberiano sobre el técnico galo.

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