En blanco y negro: Épicos, trágicos y mestizos
“Todo lo que sé sobre la moral y los deberes del hombre se lo debo al fútbol”
Albert Camus
Que a un Premio Nobel de Literatura le guste el fútbol no es raro; se trataría, en todo caso, de una notable constatación más de la atracción democrática y universal que ejerce este juego. Pero si ese Premio Nobel es Albert Camus, el legendario autor existencialista de El mito de Sísifo, El extranjero o La peste, la cosa merece una meditación más honda. El fútbol entretiene, fascina, cautiva, apasiona, enloquece y, según Camus, enseña. Y si el fútbol puede dar algo para aprender, sólo es a través de la materia prima que lo ha convertido en uno de los mayores fenómenos de masas de nuestro tiempo: la épica. Esa mezcla de gloria, de tragedia, de arte, de superación y de azar, con los futbolistas como actores principales, es lo que ha atraído, atrae y atraerá a seres humanos de toda condición y lugar.
Manuel Francisco Dos Santos pasó un hambre brutal en el arrabal de Río de Janeiro donde le tocó nacer y la naturaleza terminó de redondear su desgracia. Sufrió poliomelitis, su columna vertebral era una S mayúscula, las piernas eran dos garabatos, tenía los pies metidos hacia dentro 80 grados y siempre exhibió un carácter inocente. Arrastrando tal saco de imperfecciones, no es raro que acabara sus días a la edad de 50 años, sumido en la misma pobreza que le rodeó en su llegada al mundo, olvidado de todos y absolutamente alcoholizado. ¿Qué ha permitido, sin embargo, al desdichado Manuel Francisco poseer una venerable vida eterna en la memoria de sus congéneres? Un balón de fútbol.
Era conocido por el apodo de Mané cuando comenzó a maravillar con su manejo de la pelota. Sus piernas torcidas, que ni a base de operaciones qurirúrgicas pudieron ser enderezadas, resultaron ser delicados barrotes en los que encarcelaba la pelota con fantasías nunca vistas. El regate corto o gambeta, más las fintas, bicicletas y driblings, le convirtieron en un extremo derecho extraordinario desde muy jovencito. Y los dos Mundiales que conquistó con la selección de Brasil, el del 58 en Suecia y el del 62 en Chile, le consagraron como un futbolista único, alumno aventajado de una generación estelar de la que formaron parte Didí, Vavá, Zagalo o un prometedor muchacho llamado Pelé. Veinte años después de aquellas gestas, cuando murió triste y abandonado, transcurrieron varios días hasta que los sanitarios consiguieron identificar lo que sólo era despojo humano. Alguien, al fin, consiguió darle nombre a aquel ser y le llamó con el apodo que muchos antes le colocaron sus hermanos allá en el arrabal, el de un pajarito feo e inútil, Garrincha. Mucho antes y aún en nuestros días, cuando se cumplen 70 años de su nacimiento, para muchos buenos aficionados es el futbolista más grande que ha dado la historia de este juego.
El fútbol no sólo entusiasma a los Nobel. También subyuga a los asesinos. Hace más de setenta años se produjo una anécdota, probablemente apócrifa, que sólo era un alimento más de, o desde, la leyenda de otro genio del fútbol, el mítico Ricardo Zamora, El Divino. La majestuosidad casi esotérica que acompañaba al considerado por no pocos como el mejor portero de todos los tiempos, llegó a cautivar incluso a todo un genocida como Iósif Stalin. Cuentan que las crónicas de sus paradas imposibles, de sus espectaculares despejes a codazo limpio (la clásica zamorana) y de los delanteros hipnotizados que caían a sus pies, impresionaron de tal manera al Gran Hermano soviético, que cuando tuvo noticia en 1931 de la proclamación de la República en España y de que su primer presidente sería Niceto Alcalá Zamora, preguntó a sus colaboradores: “Ese Zamora es el futbolista, ¿no es verdad?”.
Zidane, Henry, Pires, Trezeguet o Desailly harían las delicias de un sibarita del buen fútbol y, ante todo, de un francés como Camus si aún estuviera entre nosotros. Todos esos jugadores, sin embargo, tienen algo en común: además de pertenecer a la hornada de futbolistas galos más laureada de la historia, son ejemplares preciosos del mestizaje, uno de los cimientos de este espectáculo.
El primer héroe del fútbol no hay que buscarlo en los alfombrados campos victorianos de los soberbios ingleses. En La Cachimba, municipio uruguayo, nació con el siglo XX un bebé mulato, José Leandro Andrade. Cuando fue un muchacho trabajó en un mercado pero no desaprovechaba cualquier oportunidad para jugar al fútbol con lo más redondo que tuviera a mano. Pronto comenzó a destacar y se convirtió en jugador internacional con la selección de Uruguay, la primera potencia de la historia del fútbol. Con la camiseta celeste fue campeón de Sudamérica en 1923 y 1926, medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 y ganador de la primera Copa del Mundo, la celebrada en su país en 1930, liderando a otras celebridades del balompié uruguayo: José Nasazzi, Pedro Petrone o Héctor Scarone.
El mayor momento de gloria para Andrade fue en París, en 1924, con motivo de los Juegos. Dotado de un físico portentoso, ágil, fibroso y elegante, actuó como centrocampista de contención y desarrolló una extraordinaria capacidad para interrumpir con limpieza los ataques adversarios, además de un depurado toque del balón. Estas virtudes, que le convirtieron en un ganador nato, y su carácter bohemio le convirtieron en una celebridad en Francia y, por extensión, en Europa. Tras conquistar la medalla de oro y deslumbrar a aficionados y prensa (le apodaron la maravilla negra), se quedó un tiempo en París para trabajar de bailarín, cantor de tangos y rey del cabaret. La caída, por desgracia, fue de lo más dura. Tras colgar las botas, quedó casi en la miseria, trabajó como ascensorista y murió de tuberculosis.
La épica, la tragedia y el mestizaje se funden en la figura de Andrade. Pero el fútbol no olvida a sus héroes. En una reciente encuesta de la France Football para designar al mejor futbolista de todos los tiempos, José Leandro Andrade figuró en sexto lugar. Pero además éste tiene la grandeza de haber dejado preclaros herederos. Un sobrino suyo, Víctor Rodríguez Andrade, formó parte de la selección de Uruguay que se proclamó campeona del mundo en 1950 tras el inolvidable Maracanazo. Y más cercano en el tiempo, Enzo Francescoli se ha convertido en uno de los jugadores sudamericanos más laureados en la recta final del siglo XX. A este último le apodaron El Príncipe y, como Andrade, cautivó en París, donde contó entre su legión de admiradores con un chaval de raíces argelinas, como Albert Camus, llamado Zinedine y apellidado Zidane.
Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (mayo de 2003)
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