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	<title>Futbolista digital. Todo el futbol mundial. La liga española, la champions, la premier y más. &#187; En blanco y negro</title>
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		<title>60 años de la tragedia de Superga</title>
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		<pubDate>Mon, 04 May 2009 09:39:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>julio</dc:creator>
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Fue el 4 de mayo de 1949 cuando desapareció, para siempre, el mejor equipo italiano de todos los tiempos y uno de los mejores en la historia del fútbol: el Torino. Sucedió cuando volvían a Italia de jugar un partido amistoso en Lisboa frente al Benfica, como despedida de Francisco Ferreria (capitán del conjunto luso [...]]]></description>
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									<p><a href="http://www.futbolistadigital.com/wp-content/uploads/2009/05/valentino-mazzola.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-6187" title="valentino-mazzola" src="http://www.futbolistadigital.com/wp-content/uploads/2009/05/valentino-mazzola.jpg" alt="" width="590" height="300" /></a></p>
<p>Fue el 4 de mayo de 1949 cuando desapareció, para siempre, el mejor equipo italiano de todos los tiempos y uno de los mejores en la historia del fútbol: <strong>el Torino</strong>. Sucedió cuando volvían a Italia de jugar un partido amistoso en <strong>Lisboa</strong> frente al <strong>Benfica, </strong>como despedida de Francisco Ferreria (capitán del conjunto luso y amigo personal de Mazzola). El que el avión se estrelló contra la <strong>Basílica de Superga</strong>, situada a unos veinte kilómetros de <strong>Turín</strong>. Murieron los 31 ocupantes del avión y entre ellos estaban los que formaban el mejor equipo del planeta, liderado por <strong>Valentino Mazzola, </strong>cuyo hijo (Sandro) lideraría posteriormente el <strong>Inter</strong> de <strong>Helenio Herrera y Luis Suárez.<br />
</strong></p>
<p>Aquel equipo, dirigido por el sabio <strong>Egri Erbstein,</strong> había ganado cinco &#8217;scudetti&#8217; de forma consecutiva (1942, 43, 46, 48 y 49), ya que hubo dos años entre medias que no se disputó por la <strong>Segunda Guerra Mundial</strong>, y era la columna vertebral de la <strong>Selección &#8216;azurra&#8217;</strong> que dirigió <strong>Vittorio Pozzo.</strong> De hecho, hasta diez jugadores componían la que era, en esos momentos, la mejor selección del planeta. En aquel equipo estaba; aunque no viajó; un jovencísimo<strong> Kubala </strong>que había sido rechazado por el<strong> Gran Torino.</strong> Fue uno de los pocos que no sufrió la <a href="http://www.lavanguardia.es/deportes/noticias/20090503/53695096466/superga-en-la-memoria.html" target="_blank">Tragedia de Superga. </a></p>
<p>Ese año quedaban cuatro jornadas para el final de Liga y el<strong> Torino</strong>, líder, se vio obligado a jugar con los juveniles, algo que también hicieron el resto de equipos. Ganó el Calcio a título postumo y, a partir de ahí, comenzó su declive y el ascenso de la <strong>Juventus</strong>, que fue comprada por <strong>Gianni Agnelli. </strong>Nunca volvió a ser el Gran Torino, pero aún pervive en la memoria de todos.</p>
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		<title>En blanco y negro: Las hazañas de Brian Clough</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Jan 2009 16:28:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ismael</dc:creator>
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Hace unas semanas se descubrió en el centro de Nottingham una escultura de bronce de Brian Clough, un entrenador legendario del fútbol inglés fallecido en 2004. Este homenaje póstumo ha traído a la memoria su increíble historia y la no menos increíble hazaña que protagonizó con el Nottingham Forest, un equipo hoy hundido en la [...]]]></description>
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									<p><a href="http://www.futbolistadigital.es/wp-content/uploads/2009/01/brian-clough.jpg" target="_blank"><img class="alignnone size-full wp-image-1411" title="Brian Clough" src="http://www.futbolistadigital.es/wp-content/uploads/2009/01/brian-clough.jpg" alt="" width="590" height="300" /></a></p>
<p>Hace unas semanas se descubrió en el centro de Nottingham una escultura de bronce de Brian Clough, un entrenador legendario del fútbol inglés fallecido en 2004. Este homenaje póstumo ha traído a la memoria su increíble historia y la no menos increíble hazaña que protagonizó con el Nottingham Forest, un equipo hoy hundido en la Segunda División inglesa que llegó a dominar hace 30 años el fútbol europeo. Pudo ser el mejor ariete de su país, pero a los 27 años se destrozó una rodilla y tuvo que dejar los terrenos de juegos tras firmar una estadística asombrosa: en 273 partidos con el Middlesbrough y el Sunderland marcó 251 goles. En 1968 llegó al banquillo del Derby County y comenzó a fraguarse su leyenda. En dos temporadas colocó al equipo en la Premier y dos temporadas después conquistó la Liga. El visceral Clough se convirtió en el entrenador de moda, tanto por su pasión por el fútbol de ataque como por sus sonoras declaraciones. “Por conseguir los tres puntos le pegaría un tiro a mi abuela”, fue una de sus ocurrencias más celebradas. Pero también perdía las formas, un defecto que acrecentaba su afición a la bebida. En 1973, al caer en las semifinales de la Copa de Europa ante la Juventus, acusó al club turinés de amañar el partido, además de proferir insultos contra todos los italianos. Aquella bronca le supuso la expulsión del Derby. Su carrera parecía irse a pique del todo cuando pocos meses después duró sólo 44 días en el Leeds, del que se despidió con la que se creía su última bravuconada: “Hoy es un día muy triste&#8230; para el Leeds”. Clough recibió la oportunidad final en el Nottingham Forest, un mediocre equipo de Segunda. En la primera temporada logró el ascenso, en la segunda ganó la Liga y en la tercera, en 1979, se alzó con la Copa de Europa al imponerse al Malmoe. Clough, junto a los Shilton, Burns, McGovern, Francis y Robertson, se convirtieron en héroes nacionales y un año después en dioses al revalidar el título continental en el Bernabéu ante el Hamburgo. Y ahí quedó todo. A la misma velocidad que aquellos aguerridos jugadores asaltaron la gloria, bajaron de nuevo al pozo del que venían. El mismo camino que siguió Brian Clough, cuyo problema con el alcohol le costó su dedicación al fútbol y años después la vida misma. La estatua en Nottingham le recordará ahora a perpetuidad en su mejor versión: sonriendo y con las manos entrelazadas en señal de victoria, la más sorprendente que se recuerda.</p>
<p>Por Pedro Pérez Hinojos, &#8216;Petrini&#8217; (noviembre de 2008)</p>
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		<title>En blanco y negro: La carrera más rápida del juez Langenus</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Dec 2008 11:55:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ismael</dc:creator>
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La patente de árbitro carismático, excéntrico y genial no pertenece a Pierluigi Collina. El colegiado italiano, que acaba de anunciar su retirada, ha sido sólo el brillante continuador de una estirpe de grandes árbitros internacionales. Un belga espigado y de porte aristocrático llamado Jean Langenus fue, allá por los años 20 del siglo pasado, el [...]]]></description>
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									<p><img class="alignnone size-full wp-image-1107" title="SOCCER/" src="http://www.futbolistadigital.es/wp-content/uploads/2008/12/collina.jpg" alt="" width="590" height="300" /></p>
<p>La patente de árbitro carismático, excéntrico y genial no pertenece a Pierluigi Collina. El colegiado italiano, que acaba de anunciar su retirada, ha sido sólo el brillante continuador de una estirpe de grandes árbitros internacionales. Un belga espigado y de porte aristocrático llamado Jean Langenus fue, allá por los años 20 del siglo pasado, el pionero de esa saga de jueces que imponen respeto y que convencen a jugadores y aficionados de que este juego es cosa de veintitrés. Asistente del gobernador de Amberes, Langenus fue, ante todo, un enamorado del fútbol. Meticuloso y exigente, era tan sabio en el conocimiento y en la aplicación del reglamento, como exquisito en el cuidado de su indumentaria, preocupándose de que su chaqueta, su corbata, su camiseta blanca y sus pantalones bombachos estuvieran  siempre impecables. No satisfecho con arbitrar, también ejercía de periodista deportivo para el semanario alemán Kicker. Este detalle le hizo aún más famoso, pues solía correr a los vestuarios nada más dar el pitido final para escribir y enviar la crónica del partido que acababa de dirigir y en la que, invariablemente, la actuación del colegiado siempre salía bien parada. Esta extravagancia no deslucía su excelencia como árbitro, ganada a pulso en las canchas de Bélgica y de parte de Europa. Por eso no fue una casualidad que la FIFA lo seleccionara para el cuadro de árbitros del primer Mundial, el de Uruguay en 1930. Arbitró tres partidos de las eliminatorias: Argentina-Chile (3-1), Uruguay-Perú (1-0) y la semifinal Argentina-EE UU (6-1). Y sus buenas actuaciones en ellos le valieron la designación para pitar la final  entre los anfitriones uruguayos y sus vecinos los argentinos. Todo un premio pero también toda una maldición, pues el clima de hostilidad entre ambas selecciones hacía temer un partido explosivo. La tensión fue creciendo tanto en las vísperas que el flemático Langenus pidió un seguro de vida. Así se llegó al día de la final, el 30 de julio de 1930. A las 15 horas, el estadio Centenario era una caldera a presión con 90.000 enfervorizados aficionados de uno y otro equipo. Con el objetivo de pasar desapercibido, el trencilla belga tuvo el primer contratiempo con el balón: cada selección presentó uno y exigía jugar con el propio, así que no tuvo más remedio que conceder que cada tiempo se jugara con una pelota distinta. Una moneda al aire determinó que la primera parte se jugara con el esférico argentino. Y al descanso la albiceleste se fue ganando 2-1, con tantos de Peucelle y del gran Stábile, ante la irritación de la hinchada local, que mostró su rabia lanzando petardos que estremecían a Langenus, tomándolos por disparos al aire. En la reanudación, con su pelota en los pies, los orientales fueron ganando terreno, para alivio inevitable del colegiado. Cea e Iriarte remontaron al 3-2 y Castro puso el definitivo 4-2 en el marcador, con el que literalmente acabó el partido, pues aunque todavía quedaban algunos minutos para la conclusión, Langenus pitó el final al ver como las tropas formaban en el césped y se entonaba el himno nacional, ante el delirio de la afición uruguaya. Entonces emprendió la carrera más rápida de su vida: desapareció del campo, se encerró en el vestuario, se cambió a toda velocidad y salió disparado del estadio, despistando incluso a los policías encargados de su protección. Pocos minutos después, el elegante juez Langenus subía a bordo del barco Duilio, amarrado en los muelles del Río de la Plata, siendo ya parte de la historia del fútbol.</p>
<p>Por Pedro Pérez Hinojos, &#8216;Petrini&#8217; (septiembre de 2005)</p>
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		<title>En blanco y negro: Monti el perseguido</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Dec 2008 11:49:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ismael</dc:creator>
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									El argentino Luis Monti tiene una de las historias más dramáticas y rocambolescas del fútbol mundial. En los años 30 este gran centrocampista pasó de ser casi el enemigo público número uno en su país a convertirse en ídolo internacional tras conquistar el Mundial con la zamarra italiana. Eran los tiempos de la épica y [...]]]></description>
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									<p>El argentino Luis Monti tiene una de las historias más dramáticas y rocambolescas del fútbol mundial. En los años 30 este gran centrocampista pasó de ser casi el enemigo público número uno en su país a convertirse en ídolo internacional tras conquistar el Mundial con la zamarra italiana. Eran los tiempos de la épica y también aquellos en los que el fútbol daba sus primeros pasos como espectáculo de masas. Y justamente ese poder sin límites comenzó a provocar abusos brutales en torno a los futbolistas, siendo Monti uno de los primeros mártires. La pesadilla comenzó para él cuando era uno de los futbolistas más respetados y queridos de su país. Nacido en Buenos Aires en 1901, inició su trayectoria en el Huracán y tras un paso fugaz por el Boca Juniors recaló en las filas del San Lorenzo, club con el que se consagró. Allí se le bautizó con el mote de ‘Doble Ancho’, por su imponente complexión física, y puso las bases del ‘5’ argentino, el mediocentro tan capaz de ordenar el juego como de destruir sin piedad el fútbol de los contrarios. Las dotes de mando y la contundencia de Doble Ancho calaron en la afición del San Lorenzo, que asistió a la conquista de las ligas de 1923, 1924 y 1927. Monti también se hizo imprescindible en el combinado nacional, con el que ganó la Copa América de 1927 y la medalla de plata de los Juegos Olímpicos de 1928. En la cima del éxito llegó al Mundial de Uruguay de 1930. Jefe de un equipo donde brillaban el ‘filtrador’ Stábile, Peucelle, Ferreira o Evaristo, todo fue sobre ruedas durante el torneo. Pero en las vísperas de la gran final ante los anfitriones, eternos rivales, Monti empezó a recibir anónimos con amenazas: si la albiceleste ganaba el Mundial lo pagaría con su vida. Los dirigentes de la selección le quitaron importancia y los achacaron a los aficionados uruguayos más exaltados. Pero Doble Ancho estaba aterrado. Y así saltó al estadio Centenario. Fue una sombra sobre la hierba, apenas participó en el juego y se resintió todo el equipo, que cayó 4-2. La afición y la prensa le culparon del fracaso de la selección e incluso su equipo le rescindió el contrato. Solo y arrinconado, Monti creía arruinada su carrera, pero providencialmente aparecieron dos italianos que le ofrecieron un contrato de 5.000 dólares mensuales con la Juventus. Cuentan algunos cronistas que los italianos eran, en realidad, espías a las órdenes del Duce, Benito Mussolini, que proyectaba construir una gran selección italiana. Y ellos fueron quienes, con anónimos, atemorizaron a Doble Ancho para que bajara su rendimiento y cayera en desgracia en su país. De ser así, el plan salió perfecto. El revitalizado Monti, se convirtió primero en el ‘mariscal’ de la Vecchia Signora, con la que ganó cuatro scudettos consecutivos, y más tarde, nacionalizado italiano, de la selección azzurra. Con ella, sin embargo, regresó la pesadilla. La presión que el régimen fascista del Duce ejercía sobre la selección era asfixiante. Y el colmo llegó en el Mundial de Italia de 1934. Con la consigna de “vencer o morir”, Monti llevó las riendas de un equipo amenazado en el que figuraban otros argentinos como Orsi o Guaita, así como el gran Meazza. Con ayudas arbitrales y un juego duro hasta la violencia, Italia llegó a la final, donde le esperaba la atlética Checoslovaquia. No había más opción que la victoria, pero los checos se adelantaron con un gol del letal Puc. En una angustiosa recta final, Orsi alcanzó a empatar. Ya en la prórroga, con los nervios atenazando a los desesperados azzurri, un tiro certero de Schiavio batió a Planicka. Los italianos no sólo ganaron la Copa del Mundo en aquel partido; también recuperaron el control de sus propias vidas. Para Monti fue, además, el punto y final a una persecución que, tiempo después, resumió así: “Si en Uruguay ganaba me mataban, y si en Italia perdía me fusilaban. Era mucho para un futbolista”. Como los buenos supervivientes, tuvo una larga vida y murió de puro viejo en 1983.</p>
<p>Por Pedro Pérez Hinojos, &#8216;Petrini&#8217; (septiembre de 2004)</p>
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		<title>En blanco y negro: Los otros galácticos</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Dec 2008 11:38:04 +0000</pubDate>
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El mundo del fútbol es testigo de un desafío inédito: el Real Madrid, retando a su propia trayectoria triunfal, ha reunido a los mejores jugadores del momento. El tiempo dirá si esta operación, además de rentabilidad publicitaria, trae rendimiento en forma de buen juego y títulos deportivos. El listón lo marca el mismo Madrid, que [...]]]></description>
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									<p><img class="alignnone size-full wp-image-1079" title="puskas1" src="http://www.futbolistadigital.es/wp-content/uploads/2008/12/puskas1.jpg" alt="" width="590" height="300" /></p>
<p>El mundo del fútbol es testigo de un desafío inédito: el Real Madrid, retando a su propia trayectoria triunfal, ha reunido a los mejores jugadores del momento. El tiempo dirá si esta operación, además de rentabilidad publicitaria, trae rendimiento en forma de buen juego y títulos deportivos. El listón lo marca el mismo Madrid, que ya a finales de los años 50 y primeros de los 60 escribió las páginas más brillantes que un club ha escrito en la historia del fútbol. Pero, ¿era mejor aquel equipo hombre por hombre que el beckhamadrid? ¿Qué jugadores faltaban en el extraordinario plantel fraguado por Santiago Bernabéu? Haciendo un ejercicio de fútbol fantasía, y repasando el panorama de grandes futbolistas de aquellos fértiles años, es posible imaginar un equipo aún más extraordinario. Empezando por la portería, el eficaz Alonso muy bien podía haber compartido puesto con el mítico Lev Yashin. El guardameta soviético, considerado el mejor portero europeo del siglo XX,  hizo de su puesto un referente en el juego. La ‘Araña Negra’, como era conocido por su uniforme de luto riguroso, creó leyenda en la selección de la  URSS por su agilidad y por sus dotes de mando. En cuanto a la defensa, dos incorporaciones muy recomendables aquel entonces para flanquear al rocoso Santamaría hubieran sido las de Billy Wright y Nilton Santos. Británico el primero y brasileño el segundo, forjaron el modelo de lo que ha de ser un buen defensor: contundente, rápido y con sentido táctico. Wright, el primer jugador del mundo en jugar cien encuentros internacionales, ejercía de ‘mariscal’ en el centro de la zaga y Santos era un ‘Roberto Carlos’ de casi 1,90. Para el centro del campo blanco se podría haber rozado la perfección con Josef Boszik, uno de los ‘cracks’ de la fabulosa selección de Hungría de aquella década; y con una promesa de nuestro fútbol: el gallego Luis Suárez. La técnica depurada de Boszik y la clase de Suárez, a quien Di Stefano apodó ‘El Arquitecto’, hubieran sido el complemento ideal para el incombustible Luis del Sol, el potente centrocampista merengue bautizado con el mote cariñoso de ‘Siete Pulmones’. Di Stefano, Kopa, Gento, Rial, y Puskas formaron la constelación de la delantera; y aunque esta línea fuera la que menos refuerzos podría necesitar, aún cabe especular con la suma de otros nombres. Desde el arte del apátrida Kubala; hasta el coraje del gran Schiaffino, el urguayo al que llamaron ‘El Dios del Fútbol’; pasando por el lujo de uno de los delanteros más extraordinarios de la historia, el francés Just Fontaine, compañero perfecto de Kopa en la selección francesa y ejemplo único del futbolista tocado por la gracia del gol, sin más virtudes sobre el campo. Y si aún quedara espacio para más delanteros, se podrían haber echado las redes sobre dos jovencitos brasileños que empezaban a despuntar por aquellos días: el desgarbado y veloz Garrincha y el deslumbrante Pelé. Sólo en los sueños del fútbol se verá un equipo como ese, reflejo de una de las épocas más hermosas de este juego. Pero no estuvo mal, ni mucho menos, la realidad que ofreció aquel extraordinario Madrid.  Sus herederos del siglo XXI sólo pueden aspirar a crear una nueva época, esa que ya llaman ‘galáctica’.</p>
<p>Por Pedro Pérez Hinojos, &#8216;Petrini&#8217; (septiembre de 2003)</p>
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		<title>En blanco y negro: El héroe de negro</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Dec 2008 11:33:19 +0000</pubDate>
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Aún no ha nacido el portero que  se acerque al carisma y el liderazgo del legendario Lev Iwanowicz Yashin. El genial guardameta ruso no sólo puso a la URSS en el mapa del fútbol mundial hace ahora medio siglo; ante todo dignificó la demarcación de portero y demostró que desde los tes palos se podía [...]]]></description>
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									<p><a href="http://www.futbolistadigital.es/wp-content/uploads/2008/12/yashin.jpg" target="_blank"><img class="alignnone size-full wp-image-1075" title="yashin1" src="http://www.futbolistadigital.es/wp-content/uploads/2008/12/yashin1.jpg" alt="" width="590" height="300" /></a></p>
<p>Aún no ha nacido el portero que  se acerque al carisma y el liderazgo del legendario Lev Iwanowicz Yashin. El genial guardameta ruso no sólo puso a la URSS en el mapa del fútbol mundial hace ahora medio siglo; ante todo dignificó la demarcación de portero y demostró que desde los tes palos se podía ejercer el mando de un equipo. Con todo, buena parte de la grandeza de Yashin reside en su insólita progresión, forjada en Moscú donde nació en 1929. Con 14 años y en plena Segunda Guerra Mundial ya trabajaba en una fábrica de herramientas, de cuyo equipo de hocley sobre hielo se hizo portero. Se le daba bien deslizarse sobre la pista y atrapar el disco pero un día cambió la bota con cuchillas por la bota con tacos al sustituir al portero del equipo de fútbol de la fábrica. A partir de aquel partido no se separó del balón y  apenas cinco años después ya jugaba en la División de Honor soviética como el cancerbero del Dínamo de Moscú, el único club de su vida. En sus filas conquistó cinco ligas y tres copas, palmarés que completó con los triunfos en la selección nacional, que vivió a su lado los momentos más brillantes de su historia. Esta ‘edad de oro’ se inició en los Juegos Olímpicos de Melbourne en 1956, donde los soviéticos se colgaron la medalla de oro. Aquella fue la primera incursión en el concierto internacional de la URSS, un equipo que ejercía una extraña atracción como representante de la aislada y temible superpotencia del Este. Y no había mejor emblema del equipo llegado del otro lado del Telón de Acero, en plena guerra fría, que aquel portero de casi 1,90 de estatura, brazos interminables, exquisito toque de balón y uniforme completamente negro. Su asombrosa elasticidad, su capacidad de anticipación, sus salidas de la portería y su afición a jugar con los pies, herencias todas, aseguran los cronistas, de sus tiempos de jugador de hockey; comenzarán a despertar sensación. Primero en el Mundial de Suecia en 1958 y después en la eurocopa de Francia de 1960, torneo que conquistó la URSS de los también magníficos Netto, Metreveli, Ivanov o Ponedelnik. Para entonces, Yashin ya era la ‘araña negra’, por su poderío en el área, y el orgullo del deporte soviético, distinciones que fueron refrendadas por el Balón de Oro en 1963 –galardón que no ha vuelto a obtener ningún otro portero– y la Orden de Lenin en 1968. Éste último reconocimiento le llegó en la recta final de su carrera, tras los buenos Mundiales de 1962 y 1966, y el subcampeonato europeo de 1964, después de perder ante España en el Bernabéu con el gol imposible de Marcelino. Años más tarde, tras retirarse en el Dínamo de sus amores con 42 años, el gigante moscovita aún trataba de explicarse aquel gol, “un cabezazo desde cerca del área grande, preciso y con el balón a media altura&#8230; algo increíble”. Eran las vísperas del Mundial de 1982 en España y Yashin se movía por el planeta futbolístico con una sencillez y una simpatía impensables en un futbolista tan imponente y tan temido en los terrenos de juego. No le daba importancia a sus títulos individuales ni a los fabulosos récords que se le atribuían, como haber parado más de 150 penaltis en su carrera. El héroe de negro achacaba todos los méritos al trabajo en equipo y a su voluntad por “servir siempre  a la URSS”. Y con el final de los Soviets llegó también sl suyo. En 1990, tras varios años de enfermedad, murió en Moscú, y pese a su deseo de no perdurar como figura aislada, se le dedicaron dos homenajes a perpetuidad: uno fue una estatua en el estadio moscovita de Luzhniki y otro bautizar al portero más seguro de cada Mundial con su nombre, que es lo más cerca que se puede estar del mejor guardamente de todos los tiempos.</p>
<p>Por Pedro Pérez Hinojos, &#8216;Petrini&#8217; (octubre de 2006)</p>
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		<title>En blanco y negro: La seguridad del &#8216;Banco de Inglaterra&#8217;</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Dec 2008 11:27:23 +0000</pubDate>
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									<p><img class="alignnone size-full wp-image-1060" title="CP_22-02-06_P271" src="http://www.futbolistadigital.es/wp-content/uploads/2008/12/inglaterra-alemania66.jpg" alt="" width="590" height="300" /></p>
<p>Una reciente encuesta en Internet ha recordado una de esas proezas fugaces que han hecho del fútbol un espectáculo bello, decente e irrepetible: la parada que el portero inglés Gordon Banks le hizo a Pelé en el Mundial de México de 1970. Los internautas la han considerado la mejor de la historia, un título legendario que los buenos aficionados ya la habían asignado  hace tiempo. “La verdad es que la gente me conoce más por esa parada que por ser campeón del mundo”, declaró Banks un tanto contrariado cuando conoció el resultado de la encuesta. Y tenía toda la razón, pues su historia personal es una de las más rocambolescas y maravillosas del fútbol internacional. Nacido en Sheffield en 1937, sintió muy pronto la vocación de la pelota y sus inicios los compatibilizó con su trabajo en las minas de carbón y en la albañilería. El modesto club Rawmarsh le dio su primera y efímera oportunidad: en su partido de debú encajó doce goles. Pero Gordon no se desanimó y confió en sus aptitudes. Su altura, su agilidad, sus reflejos y su colocación no tardaron en explotar y a partir de 1958 el Leicester City empezó a aprovecharlas. En 1963, tras cinco brillantes temporadas en la Premier League, fue llamado a la Selección Inglesa. El gran Alf Ramsey le confió la portería en el Mundial de Inglaterra de 1966 y allí comenzó a fraguarse su leyenda. La columna vertebral de aquellos geniales pross arrancaba en él y seguía con los Moore, Charlton, Peters y Hurst. Y fue así como los ingleses conquistaron la Copa del Mundo y su portero se ganó el apodo cariñoso de ‘Banks of England’, o Banco de Inglaterra, por la confianza que desprendía bajo los tres palos. Su carrera continuó con éxito en el Stoke City, donde conquistó una Liga y una Copa, y en la Selección,  donde volvió a ser titular en el Mundial del 70. Hasta que el infortunio se cruzó en su camino en octubre de 1972, cuando perdió la visión de su ojo derecho en un accidente de tráfico y tuvo que abandonar la alta competición. Para entonces, no obstante, Banks ya era un mito por aquella inolvidable parada en Jalisco de dos años antes. Se medían la Selección defensora del título mundial y la mejor Brasil de la historia. El partido estaba equilibrado con la solidez del bloque inglés y la fantasía carioca. Hasta que Jairzinho entró como un relámpago en el área inglesa y sin frenarse metió un centro al palo contrario donde esperaba Pelé. El pase iba demasiado alto pero era ‘O Rei’ quien lo esperaba. Y en un salto prodigioso, ejecutando a la perfección los tres tiempos que dictan los cánones, remató picado hacia donde más le duele a los porteros: la línea de gol. Cuando los brasileños y todo el estado se aprestaban a cantar el golazo, surgió de pronto Banks, que voló desde el otro palo y de un rápido y enérgico manotazo sacó el balón por encima del larguero en una estirada tan hermosa como imposible. Pelé, en el suelo y alucinado, no pudo hacer otra cosa que levantarse, aplaudir y estrechar la mano más segura del mundo, la del Banco de Inglaterra.</p>
<p>Por Pedro Pérez Hinojos, &#8216;Petrini&#8217; (octubre de 2005)</p>
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		<title>En blanco y negro: Malos tiempos para los Diablos Rojos</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Dec 2008 11:16:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ismael</dc:creator>
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Bélgica nunca fue una gran potencia futbolística, pero hasta hace unos años defendió el papel de ‘segundona’ sólida y difícil de vencer. En la actualidad, como ocurre con otros países europeos gloriosos en el pasado y tristemente venidos a menos en el presente futbolístico, padece una profunda crisis. Una buena noticia para España, que la [...]]]></description>
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									<p><img class="alignnone size-full wp-image-1050" title="AMSTERDAM-VOETBAL-NEDERLANDS ELFTAL" src="http://www.futbolistadigital.es/wp-content/uploads/2008/12/van-himst.jpg" alt="" width="590" height="300" /></p>
<p>Bélgica nunca fue una gran potencia futbolística, pero hasta hace unos años defendió el papel de ‘segundona’ sólida y difícil de vencer. En la actualidad, como ocurre con otros países europeos gloriosos en el pasado y tristemente venidos a menos en el presente futbolístico, padece una profunda crisis. Una buena noticia para España, que la tiene de incómoda compañera de viaje en el camino al Mundial de Alemania de 2006. Pero una pena para el fútbol mundial, donde los ‘Diablos Rojos’ atesoran una bien ganada fama de adversarios duros, competitivos y, lo mejor de este juego, impredecibles. Una fama que viene de lejos, más de un siglo, cuando Bélgica era la avanzadilla del balompié en el Continente, merced al estrecho vínculo que históricamente ha mantenido con Inglaterra. No debe extrañar, por tanto, que los belgas ganaran con brillantez y suficiencia la medalla de oro de los Juegos Olímpicos de 1920 en Amberes. Bien es cierto que jugaban de anfitriones, pero sobre el campo era el plantel más en forma. España lo sufrió de cerca: el goleador belga Coppee machacó literalmente a los nuestros y particularmente al ‘Divino’ Zamora, al que batió tres veces. El  prestigio de los belgas duró hasta la Segunda Guerra Mundial, siendo fijos en todas las grandes citas internacionales. Sirva como ejemplo que el árbitro que pitó la final del primer Mundial de la historia, el de 1930, fue un belga, Langenus, que exigió un seguro de vida antes de pitar aquel volcánico Uruguay-Argentina en Montevideo. Llegaron luego décadas de depresión que arrastraron a grandes individualidades como el mítico Vic Mees, el modelo de futbolista belga: regular, sobrio, eficaz&#8230; Y entonces apareció el ídolo de la Bélgica futbolística, el jugador más grande de la historia de los Diablos Rojos: Paul Van Himst. En 1959, con 16 años, jugó su primer partido con el Anderlecht y marcó un gol. Un año después era nombrado mejor futbolista de la temporada y ya era un fijo en la Selección. Muchos jugadores a lo largo de la historia han llevado el título de ‘Pelé Blanco’, y Van Himst fue uno de los primeros en ostentarlo. Su depurada técnica, su extraordinaria zancada y sus remates con el exterior del pie le convirtieron en una leyenda en su país, y especialmente en el club de su vida, el Anderlecht, con el que ganó todos los títulos y batió todos los récords. Otro cantar fue su paso por la Selección, con la que mantuvo una relación de amor-odio. Siendo el pilar del equipo nacional,  con la que jugó durante doce años, se le culpó de todos los fracasos en las competiciones internacionales, en especial del triste paso por el Mundial de México de 1970. Dos años después abandonaba la selección dejándola tercera en la Eurocopa. Su legado, sin embargo, no se perdió. Él, personalmente, se ocupó de alimentarlo siendo el compañero de Pelé en el equipo de prisioneros de los nazis que John Huston formó en la exitosa película ‘Evasión o victoria’. Y en los campos de fútbol, una generación de extraordinarios futbolistas, encabezados por el habilidoso gigantón Ceulemans, el incombustible Van Moer, el felino Pfaff y el artillero Vandenbergh, entre otros, lo conservaron y ampliaron. Fueron segundos en la Eurocopa de Italia de 1980 y cuartos en el Mundial de México de 1986. Y en ambos torneos, curiosamente, la correosa máquina belga pasó por encima de España. Desde entonces y hasta ahora, los Diablos Rojos han tratado sin fortuna de recuperar su buen nombre.</p>
<p>Por Pedro Pérez Hinojos, &#8216;Petrini&#8217; (octubre de 2004)</p>
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		<title>En blanco y negro: Los dos minutos de &#8216;El Negro Jefe&#8217;</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Dec 2008 11:06:41 +0000</pubDate>
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									<p><a href="http://www.futbolistadigital.es/wp-content/uploads/2008/12/beckenbauer.jpg" target="_blank"><img class="alignnone size-full wp-image-1041" title="beckenbauer" src="http://www.futbolistadigital.es/wp-content/uploads/2008/12/beckenbauer.jpg" alt="" width="590" height="300" /></a></p>
<p>La gloria se suele olvidar de los defensas. Ni la aparición en los 60 de aquel alemán con tacos de billar en vez de botas llamado Franz Beckenbauer, ni las demostraciones una década antes de aquel trío de atletas, Bellini, Nilton Santos y Orlando, tapando con músculo y astucia los huecos de la máquina que era el Brasil del joven Pelé, han modificado los gustos del aficionado común. Éste quiere ver goles y admira a quien los hace. Pero el verdadero amante de este juego sabe apreciar el valor de aquellos jugadores dedicados a la tarea imprescindible de defender. Porque la labor del buen defensa tiene que ver más con la intuición y la colocación que con el  empuje y la brutalidad; más con la inteligencia que con la destrucción.</p>
<p>El argentino Silvio Marzolini no hubiera pasado de ser un eficiente extremo en el Boca Juniors y en la selección albiceleste de los 60. Sin embargo, como lateral izquierdo lució una técnica y una seguridad en el pase al alcance de muy pocos atacantes, además de tapar su banda con limpieza y seguridad. Tan extraordinario como Billy Wright, el legendario capitán inglés de los años 50, un futbolista nacido para delantero pero que se convirtió en leyenda por mandar como nadie en el centro de la defensa, pese a su falta de envergadura. Muy pocos jugadores en la historia han poseído su talento para la organizar el juego desde atrás. Quizá Giacinto Fachetti, un producto de la ‘factoría Helenio Herrera’ en el Inter de Milán de los  60. Prototipo del defensa moderno, alto, fuerte y atlético, compartió con Wright su dominio de la táctica, pero a eso unió además su facilidad para hacer goles en sus inesperados ‘asaltos’ al área rival.</p>
<p>Un jugador dedicado a defender reúne, en definitiva, las virtudes imprescindibles del fútbol. Pero siempre será el último en tocar el éxito y el primero al que golpeará el fracaso. El ‘Maracanazo’ del 16 de julio de 1950, aquella final del Mundial en la que, contra todo pronóstico, Brasil cayó ante Uruguay por 2-1 y a la que las enciclopedias del fútbol dedican tomos enteros, enseña muy bien los perfiles de esas dos caras. Con cerca de 220.000 personas en el estadio, hasta la fecha la cifra más alta de espectadores reunidos para ver un partido de fútbol en directo, los uruguayos asumieron su condición de víctimas ante la temible selección brasileña, pero aguantaron bien el empuje local con un fútbol incómodo y un marcaje implacable sobre la estrella carioca, Ademir, del capitán charrúa Obdulio Varela, conocido como ‘El Negro Jefe’. Nada más comenzar la segunda parte, los brasileños rompieron el cerrojazo uruguayo con un gol de Friaça que hizo temblar Maracaná con la alegría desbordada de la torcida y el capitán uruguayo sorprendió a propios y extraños con una reacción inesperada: se colocó el balón bajo el brazo, se encaminó hacia el juez de línea y el árbitro y pasó dos minutos eternos conversando sosegadamente con ellos. “Los brasileños estaban furiosos, la tribuna gritaba, un jugador me vino a escupir, pero yo, nada, serio no más. Cuando volvimos a jugar de nuevo, ellos estaban ciegos, no veían ni su arco de furiosos que estaban”. Así contó muchos años después ‘El Negro Jefe’ la razón de aquel gesto suyo. Y no pudo dar mejor resultado. El propio Varela secó del todo al desorientado Ademir; el gran Schaffino aprovechó el despiste de la defensa brasileña y un excelente pase del no menos grande Ghiggia para empatar; y a falta de 11 minutos para el pitido final éste último aprovechó una asistencia de ‘El Negro Jefe’ para internarse en el área brasileña, ridiculizar al defensor Bigode y engañar al portero Barbosa con un disparo duro y colocado. Obdulio Varela recibió la Copa del Mundo a escondidas, mientras la muchedumbre que abarrotaba las gradas se deshacía en rabia y lágrimas histéricas, y sus botines y su camiseta celeste se acaban de declarar monumento nacional en Uruguay. Y Bigode, el defensa que no pudo frenar a Ghiggia, se lamentó hasta la vejez de que jamás le hubieran perdonado su fallo en el segundo gol uruguayo. Murió el pasado agosto como un villano en un Brasil pentacampeón.</p>
<p>Por Pedro Pérez Hinojos, &#8216;Petrini&#8217; (octubre de 2003)</p>
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		<title>En blanco y negro: El largo adiós del viejo Lobo</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Dec 2008 10:58:09 +0000</pubDate>
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“Tengo la felicidad de ser el único ‘tetracampeón’ del mundo. Dios me iluminó”. En esas pocas palabras ha resumido el brasileño Mario Jorge Lobo Zagallo la grandeza de su vida deportiva, un hito sin parangón en la historia del fútbol. Fue el pasado 24 de septiembre cuando realizó esa declaración que sonaba a despedida, con [...]]]></description>
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									<p><img class="alignnone size-full wp-image-1033" title="SPORT SOCCER" src="http://www.futbolistadigital.es/wp-content/uploads/2008/12/zagallo.jpg" alt="" width="590" height="300" /></p>
<p>“Tengo la felicidad de ser el único ‘tetracampeón’ del mundo. Dios me iluminó”. En esas pocas palabras ha resumido el brasileño Mario Jorge Lobo Zagallo la grandeza de su vida deportiva, un hito sin parangón en la historia del fútbol. Fue el pasado 24 de septiembre cuando realizó esa declaración que sonaba a despedida, con 76 años recién cumplidos, tras una delicada operación quirúrgica y casi seis décadas de apasionada carrera, jalonada por su presencia en siete finales mundiales, cuatro de las cuales ganó. En realidad, Zagallo estuvo en ocho finales, si se cuenta su participación en el Maracanazo de 1950&#8230; como soldado. Por aquel entonces, no era más que un prometedor juvenil que estaba haciendo el servicio militar. Formó parte del destacamento que se ocupó de la seguridad en el estadio y, al final del partido, también fue uno de los 200.000 espectadores que lloró con amargura infinita la inesperada derrota ante Uruguay. Ocho años después participó ya como jugador en la revancha de aquella terrible final en el Mundial de Suecia. En las filas del Flamengo se había convertido en uno de los mejores extremos izquierdo del país y el seleccionador Feola no dudó en confiarle esa banda en el equipo de los Nilton Santos, Bellini, Didí, Garrincha y el jovencísimo Pelé. Su pundonor y su maestría para los centros se sumaron a las genialidades del resto de sus geniales compañeros conquistando para Brasil el primer campeonato. Cuatro año más tarde, en el Mundial de Chile, lograron su segundo título Zagallo y sus compañeros, aunque las durezas del torneo, uno de los más violentos de la historia, dejaron KO a Pelé en la primera fase. En 1965, el eficiente extremo izquierdo de la Seleçao colgó las botas y de inmediato empezó a entrenar, comenzando por el Botafogo. Su fama de entrenador equilibrado, tan atento a cuidar la defensa como a sacar el máximo partido de las estrellas, le abrió las puertas de la selección en 1969, aunque de una forma un tanto inusual. El entrenador Joao Saldanha clasificó a Brasil para el Mundial de México pero su convocatoria no convenció a la junta militar que gobernaba dictatorialmente el país. En particular, se empeñaron en que fuera convocado el delantero Darío. Saldanha no dio a su brazo a torcer y dimitió, siendo entonces cuando se le ofreció el cargo a Zagallo que sí convocó a Darío&#8230; aunque no fue titular en ningún partido de aquella verdeamarelha de ensueño con los Jairzinho, Pelé, Tostao y Rivelino que se proclamó tricampeona. De ese modo, Zagallo ganó el Mundial como futbolista y como entrenador,  una hazaña sólo repetida por el alemán Beckenbauer, que alzó la Copa del Mundo como jugador en 1974 y como técnico en 1990. Precisamente en el Mundial de Alemania sufrió el primer revés en su carrera: la Holanda de Cruyff se cruzó en su camino y Brasil sólo pudo acabar en cuarto lugar. Después de aquella decepción, Zagallo decidió apartarse de la canarinha, iniciando un periplo como técnico por varios equipos árabes. De vuelta en Brasil, a comienzos de los 90, las autoridades federativas le ofrecieron el cargo de coordinador deportivo de la selección. Con el seleccionador Parreira formó un buen tándem, asumiendo la ardua tarea de encajar el alud de críticas que recibió aquel combinado brasileño ‘a la europea’ de los Dunga, Mauro Silva o Mazinho. Tan desconocida seleçao se proclamó tetracampeona en Estados Unidos 94 e hizo a su vez tetracampeón a Zagallo. Hubiera sido el momento ideal para abandonar, pero siguió adelante y asumió el cargo de seleccionador, encadenando los fracasos de los Juegos Olímpicos de Atlanta y el Mundial de Francia. Decidió entonces volver a entrenar a clubes, pasando por la Portuguesa y el Flamengo. En 2001 anunció su retirada, pero un año más tarde volvió a aceptar el cargo de asesor de la selección, puesto que ha ocupado hasta el Mundial de Alemania, en cuya víspera dejó una lúcida sentencia que levantó ampollas en su país: “Brasil debe atacar como un equipo grande y defender como uno pequeño”. La pobre imagen de la auriverde le dio la razón. Al fin y al cabo, muy pocos conocen y sienten el fútbol brasileño como él. Tal es la pasión del viejo Lobo Zagallo que el 28 de septiembre, cuatro días después de proclamar su jubilación agradeciendo la ‘iluminación divina’, matizó sus palabras y se mostró dispuesto a escuchar alguna oferta como “coordinador o consejero”.</p>
<p>Por Pedro Pérez Hinojos, &#8216;Petrini&#8217; (noviembre de 2007)</p>
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