En blanco y negro: La herencia de HH

December 4, 2008 by  
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El fútbol actual le debe mucho a Helenio Herrera, uno de los entrenadores más populares de todos los tiempos. La preparación psicológica de los jugadores, la defensa a ultranza, el rigor estratégico en cualquier demarcación, la utilización de la hinchadas para presionar al contrario o sentencias como ‘Con diez se juega mejor que con once’ o ‘Este partido lo ganamos sin bajar del autobús’; forman parte del vasto legado del singular HH tras una carrera larga, intensa y controvertida. De ahí que, para bien o para mal, su huella esté tan presente en nuestros días como en sus momentos de mayor gloria. Las biografías autorizadas apuntan que nació en 1916, aunque en otras se sostiene que ‘El Mago’ se quitaba años y que en realidad nació en 1910. La venida al mundo, según la versión oficial, se produjo en Buenos Aires, hijo de emigrantes andaluces. En Argentina dio sus primeros pasos como futbolista y los continuó de adolescente en Marruecos, adonde se trasladó con su familia. De allí saltó a Francia, nacionalizándose francés y jugando en equipos punteros como el Stade o el Red Star. En 1945 decidió que, más que jugar, lo que de verdad le apasionaba era la táctica y el mando, así que se sacó el título de entrenador. Debutó a lo grande como seleccionador nacional de Francia en 1946 y luego decidió probar en los clubes de la tierra de sus ancestros. Comenzó en el Valladolid en 1948 y siguió luego en el Atlético de Madrid, logrando los dos primeros triunfos de su interminable palmarés de éxitos: las ligas de 1950 y 1951. Continuó en el Málaga, el Deportivo, el Sevilla y el portugués Os Belenenses, hasta que en 1958 recaló en un Barcelona de fábula. Kubala, Ramallets, Luis Suárez o Czibor eran algunas de las estrellas de aquel gran plantel blaugrana que HH hizo funcionar como una máquina de precisión. En dos temporadas el Barça conquistó dos Ligas, una Copa de España y una Copa de Ferias; una racha triunfal que terminó de fraguar la compleja personalidad de Herrera como entrenador meticuloso, egocéntrico y, sobre todas las cosas, ganador nato. Con tales cualidades no es raro que surgieran roces con algunos de los ‘gallitos’ del vestuario azulgrana. Por esa razón, y por el magnífico contrato que le ofrecía el Inter de Milán, El Mago decidió cambiar de aires llevándose con él a Luis Suárez, aunque también aceptó el encargo de preparador de la selección española que acudió al Mundial de Chile de 1962. Fiel a su estilo, nada más bajar del avión en Santiago declaró a los periodistas: “Venimos a ganar el campeonato”. Apenas tres semanas después la selección volvía a casa eliminada en primera ronda. Por estas y otras bravuconadas no pocos colegas le perdieron el respeto. Pero extravagancias aparte, lo cierto es que Herrera era un maestro del banquillo. Y así lo corroboró en el Inter, que vivió con él la mejor época de su historia. Dos Copas de Europa (1964 y 1965), dos Intercontinentales (1964 y 1965), tres Ligas (1963, 1965 y 1966) y una Copa de Italia fue el espectacular palmarés de los ocho años de HH al frente del conjunto milanés, en los que además redondeó su teoría futbolística. Porque a El Mago se le considera el inventor del catenaccio, el cerrojazo típico de los equipos italianos. Convencido, en fin, de que la mejor defensa es una buena defensa y de que la única arma de la victoria es el contraataque, HH añadió a su cóctel la agresividad italiana, dentro y fuera del terreno, y un trabajo concienzudo de mentalización. Y con esa receta triunfó y pasó a la historia. Bien es cierto que contó con jugadores de la talla de Luis Suárez o Sandro Mazzola en aquel maravilloso Inter. Curiosamente, y pasados los últimos años de su carrera, en los que entrenó al Roma y de nuevo al Inter y al Barça; HH no se acordó en su retiro veneciano de ninguno de aquellos grandes del balón para hacerles depositarios de sus apuntes futbolísticos. Dicen que poco antes de morir, en 1997, llamó a su lado a Giacinto Facchetti, recio defensa que era la piedra angular de su rocoso Inter, porque a él y no a otro quiso dejarle su ‘libreta mágica’. Pero Facchetti no la usó jamás pues nunca entrenó. Poco importó: la herencia de HH crece y florece por toda la tierra del fútbol.

Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (noviembre de 2006)

En blanco y negro: El día que Brasil perdió la inocencia

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Brasil continúa siendo la primera superpotencia del fútbol pero los aficionados más veteranos no reconocen en la actual selección canarinha la alegría y el virtuosismo que históricamente la han convertido en el santuario de lo mejor de este juego. Es verdad que Brasil ha ganado dos de los tres últimos Mundiales, en 1994 y 2002. Pero también es verdad que en ambos triunfos Brasil mostró una cara inédita: junto a los atacantes hábiles y geniales en la mejor tradición carioca, han surgido recios defensores y  medios expeditivos de corte europeo; una suerte de ‘guardia pretoriana’ destinada a proteger a los artistas y el resultado a base de músculo. Algunos cronistas se atreven a señalar, incluso, el momento traumático en que los brasileños abandonaron la senda más imaginativa y tomaron el camino gris del fútbol control. Fue en el Mundial de España, el 5 de julio de 1982. En el desaparecido estadio de Sarriá, en Barcelona, se enfrentaron Brasil e Italia en la liguilla de cuartos de final. La primera contaba todos sus partidos por victorias y fútbol espectáculo y sólo necesitaba un empate para meterse en las semifinales, siendo la favorita número uno para llevarse el Mundial. La capitaneaba Zico, aquel ‘diez’ menudo e impredecible, y en su centro del campo trotaban poetas del balón como Toninho Cerezo, Junior o Falcao. La potencia quedaba para la vanguardia: el ‘doctor’ Sócrates y Eder. Enfrente estaban los italianos, que habían pasado la primera fase sin ganar un solo partido y con el fútbol más feo de todo el campeonato. Ante los brasileños, sin embargo, se transformaron y comenzaron a dejar huella desde el minuto cinco. Paolo Rossi, la gran promesa del fútbol azzurri que había sufrido dos años de suspensión por participar en quinielas clandestinas, rompía su maldición batiendo a Waldir Peres de un certero cabezazo. Recuperados de la sorpresa y alentados por la torcida, los brasileños tomaron el dominio del partido y apenas cinco minutos después Zico metió un pase magistral a Sócrates que, sin ángulo, remató raso y duro: el ‘abuelo’ Dino Zoff nunca supo por donde le entró aquella pelota que levantó una humareda de cal al traspasar la línea de gol. Todo, en fin, volvía a estar en orden, pero el partido no pintaba bien para los de Telé Santana, el entrenador carioca: Gentile, Scirea y Collovati, la ‘tapia’ italiana, intimidaba demasiado a sus delanteros; y en el centro del campo, el perro de presa Oriali, el sereno pasador Antognoni y el infatigable Tardelli, trababan el juego de toque y paredes de su fabulosa media. Y para colmo, el bambino Rossi había despertado con una lucidez y un sentido de la colocación admirables: en el minuto 20 ‘se apareció’ en el área pequeña para recoger un balón suelto y fusilar sin piedad a Peres. A partir de ese momento, la Italia de Enzo Bearzot se acogió a su catenaccio de manual, mientras que Brasil se entregó a una lección memorable de fútbol de ataque. Zico, Cerezo y Sócrates se estrellaron una y otra vez contra el muro italiano hasta que en el minuto 67 encontraron un boquete: un aclarado al más puro estilo NBA dejó vía libre a Falcao que en velocidad disparó un proyectil contra el que nada pudo hacer Zoff. El empate le valía a Brasil pero no varió su juego. Siguió lanzada al ataque, con toque y más toque frente a una cerrada Italia, que aprovechó el primer descuido para hacer valer su juego simple y efectivo. De nuevo Rossi se escapó de los defensas cariocas y fulminó por tercera vez a Peres. El mazazo, a doce minutos para el final, fue demasiado duro para los brasileños, que intentaron hasta el último suspiro remontar. Los italianos impusieron su oficio y ganaron, enfilando el título mundial que conseguirían una semana después y que, en justicia futbolística pura, correspondía a los amarillos. Dicen que aquel día, en fin, Brasil perdió un partido, un campeonato del mundo y, sobre todo, la inocencia. A cambio, eso sí, regaló uno de los partidos más bellos de la historia del fútbol.

Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (noviembre de 2005)

En blanco y negro: La promesa de Leónidas

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Brasil, la superpotencia del fútbol mundial, es una máquina inagotable de producir figuras. Ronaldinho, Adriano o Kaká son los penúltimos alumnos aventajados de esta escuela infinita de fútbol imaginativo y esplendoroso. Ni los rigores del fútbol contemporáneo, tiranizado por el juego de conjunto, las tácticas ultradefensivas y la sombra de los intereses comerciales, han conseguido arruinar la alegría y la fantasía que han hecho de Brasil el equipo de todo el mundo. Y no fue Pelé, rey de reyes, ni los magníficos que le rodearon en los 60 y 70 los primeros embajadores de la magia canarinha. A comienzos de este año que ya termina murió nonagenario Leónidas da Silva, uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol y primer ídolo brasileño allá por los años 30. En aquel tiempo eran Uruguay y Argentina los países sudamericanos que despuntaban en el concierto internacional. Brasil era un ‘segunda fila’ y Leónidas, goleador atlético, habilidoso y genial, se convirtió en su primer gran héroe, triunfando primero en el Botafogo y en el Flamengo y alcanzando una popularidad sólo comparable a la de los cantantes y artistas que arrastraban masas. La consagración internacional para Leónidas y para Brasil llegó en el Mundial de Francia de 1938. La afición europea quedó deslumbrada con los lances, jugadas y peripecias de aquel equipo brasileño liderado por Leónidas, que hacía un fútbol entretenido, desenfadado, un tanto anárquico pero de profunda y genuina belleza. Así era, por ejemplo, el estilo de Domingos da Guia, el jefe de la zaga brasileña. Nunca antes se había visto a un defensa que jugara con el balón pegado al pie y dominara el pase medido. Tanto es así que se bautizó como Domingada su costumbre de salir del área con calma, casi andando, recortando a rivales sin recurrir al despeje seco, como era lo propio en los defensores de aquella época. La potencia en aquel equipo era patrimonio de José Perácio, un delantero rápido, oportunista y de disparo terrorífico. Planicka, el célebre portero de Checoslovaquia, tuvo la mala fortuna de sufrirlo en sus carnes: paró como pudo un chut atómico de Perácio, pero no logró mantener el equilibro, chocó contra el palo y se rompió la clavícula. Y para el rechace y para cubrir huecos, siempre estaba el omnipresente e infatigable Romeu Pelliciari, un todoterreno regordete tan sacrificado y polivalente como presumido: jugaba con gorritos en la cabeza para tapar su calvicie. Sólo la brutalidad de los italianos pudo frenar ese fútbol de otro planeta en las semifinales. Pero para los memoriales quedó el arte de aquel equipo, que era el de Leónidas, ocupado desde el primer partido del Mundial en dejar claro que su fútbol pertenecía a un mundo nuevo. Fue ante Polonia y bajo una lluvia torrencial. Avanzado el partido el felino atacante, inventor de la Bicicleta entre otras muchas suertes, se quitó los botines cargados de barro para jugar descalzo. El árbitro le obligó a ponérselos de nuevo en cuanto advirtió que volaba por el patatal con los pies al aire. Pero unos minutos después perdió un zapato en medio del área polaca y con el pie desnudo fusiló al asombrado portero Madejski, que recibió tres goles más de aquel delantero imparable. Leónidas fue el máximo anotador de aquel Mundial con ocho tantos y certificó la promesa de la hegemonía que hoy en día ejerce Brasil.

Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (noviembre de 2004)

En blanco y negro: Sacrilegio en Wembley

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El fútbol húngaro ha desaparecido en la prensa deportiva y en las conversaciones de los aficionados. No existe en estos momentos un futbolista que destaque, ni ninguno de sus legendarios equipos -Honved, Ferencvaros, Vasas, Ujpest Dosza…- sobresale en las competiciones internacionales. Así que hablar en nuestros días del fútbol húngaro sólo puede tener un objeto: recordar. En esta sección se han contado ya muchas hazañas de Hungría, que ha dado futbolistas geniales. Pero el fútbol húngaro ha sido mucho más: cambió el sentido táctico de este deporte, poniendo la técnica al servicio exclusivo del ataque; y encumbró la disciplina colectiva como fundamento de la victoria. Mucho antes de que el Brasil de Pelé maravillara,  de que la Holanda de Cruyff practicara el ‘fútbol total’ y de que Alemania y Argentina formaran bloques duros e imbatibles, los húngaros ya lo hicieron, renovando los cimientos de este juego y escribiendo capítulos enteros del libro de oro de su historia. Y hace ahora justo 50 años, el fútbol de ese país llegó a su cénit, al momento álgido de la  revolución que emprendió: fue el 23 de noviembre de 1953 en el estadio londinense de Wembley y se trató, según no pocos técnicos y cronistas, del partido del siglo. A la ‘Catedral’ del fútbol mundial, allí donde ningún equipo extranjero había logrado el triunfo hasta entonces, llegaron los ‘Magiares Mágicos’, como era conocido el equipo creado por Gusztav Sebes, con cerca de 30 partidos consecutivos sin conocer la derrota y la medalla de oro de los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952. Enfrente estaba el equipo anfitrión liderado por sir Stanley Matthews, el longevo delantero símbolo de un fútbol donde la tradición y el orgullo de los pioneros se confundían demasiadas veces con la soberbia. Y en aquella fría tarde de noviembre, los forofos que llenaron a reventar Wembley admiraron un espectáculo nunca visto. Un portero, Grosics, colocado siempre en el mejor sitio; tres defensores, Buzanski, Lorant y Lantos, que despejaban y a la vez presionaban, en contraste con la rigidez de la defensa inglesa; un centrocampista con toque y rapidez, Bozsik, protegido por un ‘muro’ llamado Zakarias; y arriba una máquina de atacar y hacer goles, con Puskas y ‘Cabeza de Oro’ Kocsis, más un delantero centro, Hidegkuti, que se escondía para entrar con potencia en el área desde atrás; y dos veloces extremos, Budai y ‘Pájaro Loco’ Czibor, que incluso subían el balón desde su propia defensa si era preciso. Ante aquel fútbol de otro mundo y de otro tiempo, los anquilosados y arrogantes ingleses sólo pudieron doblar la rodilla. 3-6  fue el marcador de la humillación para los padres del fútbol. Aquellos húngaros, con su ‘sacrilegio’ en Wembley, abrieron una etapa nueva en la historia del fútbol y de su espectáculo, aunque ellos dejaran de ser protagonistas antes de lo que esperaban y hoy, medio siglo después, sólo las enciclopedias hablen de sus gestas. Una de ellas, una más, se produjo en la primavera de 1954: los ingleses no escarmentaron y pidieron a los húngaros la revancha por el ridículo que sufrieron en Wembley; el partido se disputó en Budapest y Hungría volvió a castigar a Inglaterra… pero esta vez por 7-1.

Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (noviembre de 2003)

En blanco y negro: Las hazañas del ‘León de Praga’

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El tiempo anterior a la Segunda Guerra Mundial está repleto de historias legendarias, gestas increíbles y jugadores míticos. Entre estos últimos es un indiscutible el portero checo Frantisek Planicka, uno de los mejores guardametas de la historia del fútbol europeo. La sombra alargada de nuestro Ricardo Zamora le restó protagonismo en el Continente, pero la realidad es que Planicka reunió un palmarés más brillante y fue actor de algunas de las hazañas más memorables de la historia de este deporte. Pertenecía a una de las mejores generaciones del fútbol checo, fruto de la genial escuela del Danubio que mezclaba fortaleza atlética y un trato exquisito del balón. Junto a sus compañeros en el Slavia de Praga Antonin Puc y el cerebro Frantisek Svoboda, más el gran artillero Oldrich Nejedly, formó un cuarteto inolvidable. Con poco más de 20 años ganó su primera liga con el Slavia en 1925, encadenando luego siete títulos seguidos. En aquellos años se forjó su fama de portero fuerte, ágil y seguro, sustentada en un físico imponente. Más ancho que alto, Planicka poseía unos brazos largos y musculosos, lo que unido a su gran sentido de la colocación, siempre cerca de la línea de gol, y a sus reflejos, le convertían en un muro infranqueable. En 1926 debutó con la selección nacional, puesto que ya no dejó hasta 1938. Y fue en su madurez cuando alcanzó el mayor prestigio internacional. En 1934 acudió con su país al Mundial de Italia, campeonato en el que Checoslovaquia se exhibió como un equipo intratable colándose en la final ante los anfitriones. Y de no haber sido por la presión extradeportiva del régimen fascista de Mussolini y del arbitraje descaradamente casero, hoy se hablaría de una Checoslovaquia campeona del mundo. A pesar de eso, y también de la mala suerte, los checos vendieron cara la derrota. Soportaron la violencia de los italianos, Planicka paró todo lo que llegó a su área, Puc puso a su equipo por delante en un contragolpe letal y Svoboda estrelló pocos minutos después un balón en el larguero. Sin embargo, los italianos, siempre incombustibles, lograron empatar en el último y agónico minuto por mediación de Orsi y en la prórroga, con los checos exhaustos, Schiavio marcó el gol del triunfo. Cuatro años después, los subcampeones del mundo, disgustados aún con la final de Roma, se presentaron en el Mundial de Francia. Y fue allí donde Planicka entró definitivamente en la historia. Los checos comenzaron el torneo goleando a Holanda y en la segunda ronda se cruzaron con los brasileños de Leónidas. Un choque fortuito en el área de Planicka, no obstante, provocó que la balanza se desequilibrara: el duro portero comprobó que se había roto el brazo pero aun así siguió jugando. ‘El Demonio Negro’ Leónidas puso por delante a la canarinha y Nejedly empató de penalti. Se fue a la prórroga, que también disputó Planicka, y el empate continuó por lo que se disputó un segundo partido. El bravo arquero ya no pudo jugarlo con el brazo entablillado y pese al buen papel de su sustituto Burkert, Brasil ganó 2-1. Con la amargura de no haber podido tocar la gloria, Planicka volvió al Slavia y disputó una temporada más antes de retirarse con 35 años. Luego llegó la guerra y aquella brillante generación se perdió como muchas otras del fútbol centroeuropeo. Sólo años después se restituyó la memoria de Planicka en los foros internacionales a partir de su extraordinaria limpieza, pues no había sido expulsado en el millar de partidos oficiales que había disputado. Y con el homenaje a su nobleza, también se rescataron sus hazañas, aquellas que aún se pueden ver en viejas fotos que muestran a Planicka enfundado en un apretado jersey con un vistoso y muy apropiado estampado en el pecho: un gran león rampante.

Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (mayo de 2007)

En blanco y negro: Johnstone, león y maestro

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El fútbol británico no termina de sacudirse el luto. A la desaparición del irrepetible George Best y del honorable míster Ron Greenwood,  se ha unido ahora la del futbolista escocés más carismático de todos los tiempos, Jimmy Johnstone. El pasado 13 de marzo murió el que fuera legendario atacante del histórico Celtic de Glasgow de los 60, aquel que contribuyó decisivamente a que el club católico fuera el primero de las islas en levantar la Copa de Europa. Pero Johnstone ha significado mucho más en el fútbol visceral y entusiasta de Escocia. Nacido en 1944 en la localidad de Viewpark, el pequeño y pelirrojo Johnstone empezó muy pronto a llamar la atención por su dominio del balón y su velocidad jugando el fútbol. Tanto,  que a los 13 años el mismísimo Manchester United se fijó en él e intentó hacerse con sus servicios cuando jugaba en el equipo de su pueblo, pero el Celtic se adelantó al ofrecerle un trabajo de recogepelotas en el estadio Parkhead. El joven Johnstone firmó por los franjiverdes y continuó su aprendizaje en el Blantyre, conjunto al que fue cedido y donde causó una impresión excelente. El debú en el Celtic no llegó hasta 1963 y enseguida su entrenador, el astuto Jock Stein, comprendió que tenía en sus manos un diamante, o más bien un rubí, que había que pulir. Jamás lo consiguió; ni falta que hizo. La cabellera rojo fuego del 7 del Celtic era la promesa de un juego eléctrico, malabarista y desbordante; pero también la señal de un carácter rebelde y, a veces, anárquico. Por suerte para el fútbol, lo primero se impuso sobre lo segundo y Jinky, como enseguida se le apodó, se ganó el cariño de sus compañeros y de la afición y la paciencia del entrenador con su juego vistoso y con sus goles, 130 en 550 partidos. En compañía de otros ilustres del fútbol de las Highlands, Gemmell, Baxter o Lennox, y bajo la batuta del zorro Stein, los franjiverdes consiguieron conquistar nueve ligas consecutivas, anotar 111 goles en 34 partidos y apropiarse de la gloria continental con la Copa de Europa: fue en Lisboa, en 1967, con victoria por  2-1 al Inter de Milan. Supuso la cima para Johnstone y sus compañeros, que a partir de entonces fueron conocidos como los ‘Leones de Lisboa’. Muchos años después, cuando el 7 diabólico había dejado Parkhead y la Selección nacional y se había despedido de los terrenos de juego, tras pasar por otros equipos, en el equipo de sus comienzos, el Blantyre; la BBC le bautizó como The Lord of the Wing (El Señor de la Banda). Era en 2002 y acababa de diagnosticársele una enfermedad degenerativa e incurable, la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), también conocida como Mal de Gehrig, en recuerdo de un famoso jugador americano de béisbol, víctima de ella. Pero entre la piña de halagos y piropos que recibió en sus últimos días, quien acertó a describirle mejor que nadie fue su compañero Gemmell: “Tenía el corazón de un león y la habilidad de un maestro”. O lo que es lo mismo: Johnstone simboliza mejor que nadie el carácter indómito, vital y majestuoso que aporta Escocia al planeta del fútbol.

Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (mayo de 2006)

En blanco y negro: El Cosmos y el ocaso de las estrellas

December 4, 2008 by  
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El fútbol nunca ha terminado de echar raíces en Estados Unidos. En el país del béisbol y la superbowl, el soccer, como allí se conoce al balompié, siempre ha sido un deporte de tercera fila. Ni siquiera la organización del Mundial en 1994 sirvió para alentar un torneo continuado, competitivo y con tirón social. Los intentos anteriores tampoco habían dado fruto, algunos de ellos animados por una gran ambición para transformar el fútbol en un espectáculo más de masas. De esos experimentos, el más llamativo y recordado fue el del Cosmos de Nueva York, emblema en los 70 del primer esfuerzo serio por establecer una liga profesional en EE UU, la National Association Soccer League (NASL). Un periodista y directivo llamado Clive Toye fue el inventor del equipo con la ayuda de una potente ‘madrina’, la productora Warner. La idea de Toye era reunir un plantel de estrellas mundiales, una escuadra ‘cósmica’ que llenara estadios y recaudara millones de dólares. Los primeros pasos del Cosmos, sin embargo, fueron difíciles, pues no era sencillo encontrar ‘cracks’ dispuestos a jugar en un país que aprecia tan poco este juego. Providencialmente para Toye, el más grande entre los grandes, Pelé, decidió decir adiós al fútbol en octubre de 1974 en su Santos del alma. Los directivos del Cosmos no lo pensaron dos veces y se lanzaron al fichaje de ‘O Rei’. El mago brasileño tenía tres Mundiales y se había retirado en la cima de la gloria, pero le gustó la propuesta del Cosmos. No sólo por el contrato astronómico que le ofrecieron, sino también por el reto de hacer popular el fútbol en la nación más grande de la Tierra. Y así, con 35 años, su formidable derecha aún intacta y su carisma de genio mundial, Pelé volvió a colocarse el ‘10’ el 18 de junio de 1975 en un Cosmos-Toronto. Aquella primera campaña fue todo un éxito económico para el club, con partidos de exhibición e ingresos por publicidad que llenaron las arcas. Pero en lo deportivo la marcha fue muy irregular, pues sólo el talento de Pelé no era suficiente para ganar títulos. El Cosmos decidió entonces rodear al rey de una corte principesca y planetaria compuesta por el atacante italiano Giorgio Chinaglia, la sensación africana Jomo Sono, otro brasileño, Carlos Alberto, y un grande, Franz Beckenbauer. El ‘Kaiser’ sorprendió a su país al anunciar su marcha a EE UU. Un contrato millonario y el “inmenso orgullo” de ser compañero de Pelé fueron los motivos que le impulsaron a vivir aquella aventura. Con este cuadro, el equipo empezó a funcionar aunque tuvo que esperar al año 77 para recoger los frutos. El 28 de agosto de ese año, y tras cinco victorias consecutivas, el Cosmos venció  2-1 al Seattle Sounders y se proclamó campeón de la NASL. Fue el último partido oficial de Pelé y el momento cumbre del Cosmos, que no obstante siguió ganando títulos bajo la batuta de Beckenbauer, los del 78 y el 80, e incorporando estrellas en el ocaso, como Johan Cruyff, que disputó algunos partidos contratado por una multinacional; o Johan Neeskens, que dejó el Barça en el 79 y jugó en el equipo neoyorquino hasta 1985, cuando la NASL ya languidecía. Cada vez era más complicado convencer a los grandes jugadores de que terminaran su carrera en Estados Unidos y  los aficionados vivían de la nostalgia del 1 de octubre de 1977. Ese día Pelé colgó las botas para siempre en un partido homenaje disputado en un templo del deporte norteamericano: el Giants Stadium de Nueva York. Con más de 75.000 espectadores en las gradas y 700 millones de televidentes en el mundo entero, se midieron el Cosmos y el Santos. Pelé, con 37 años y más de 1.100 goles, jugó un tiempo en cada uno de los equipos de su vida y al final del encuentro dijo adiós desde el campo con lágrimas en los ojos y la palabra “love” en los labios.

Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (mayo de 2005)

En blanco y negro: Los padres de Maradona

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Cualquiera que se interese por la historia del fútbol, llegará muy pronto a la conclusión de que Argentina estaba condenada a parir al futbolista más grande de la historia. Diego Armando Maradona pelea en estos días por recuperar su salud y su dignidad como ser humano, pero permanece intacta su condición de dios de este deporte labrada en el único lugar del planeta donde el fútbol está sacralizado en todos sus extremos: desde la proeza en la pachanga del barrio, hasta el fanatismo de las masas en las barras volcánicas de los estadios. Maradona es el hijo perfecto engendrado por una legión de grandes futbolistas cuyas hazañas no sólo convirtieron a Argentina en un paraíso único de este juego, sino que también contribuyeron a poner los cimientos del espectáculo futbolístico moderno. Bernabé Ferreyra, por ejemplo, fue pionero en cobrar los goles a precio de oro. Medio siglo antes de que ‘El Pelusa’ pulverizara las tablas salariales, ‘La Fiera’ Ferreyra, todo potencia y maestría cara a puerta, protagonizó un fichaje histórico: el River Plate pagó por él en 1932 la cifra record de 32.000 pesos. Y eso que había abundancia de delanteros extraordinarios en el mercado, con Stábile y Peucelle destacados. Pero Ferreira se hizo millonario a pulso: aún hoy tiene el mejor promedio goleador de la historia del fútbol argentino (1,04 goles por partido). La magia que corre por la sangre del ‘Pelé blanco’ es herencia, entre otros, de Oreste Omar Corbatta. ‘El Loco’, todo un trotamundos, fue un extremo genial e imprevisible, “un jugador de dibujos animados”, como lo describió un cronista chileno en 1957. Sólo su tormentosa vida privada y el alcohol le privaron de mayor gloria. La gota de picardía y el físico ‘cabezón’ son legados directos de Enrique Omar Sívori, el ‘Maradona de los 60’, según France Football. Sívori, que comenzó en River y terminó, como Diego, en Nápoles, era un superdotado del regate y la fantasía en la distancia corta, con los túneles y las paredes con la tibia del contrario como especialidades. Y si hay que buscar el origen de los genes de la maravillosa anarquía del ‘Pibe de Oro’, hay que señalar a Ricardo Enrique Bochini como padre ejemplar. El ídolo eterno de Independiente engañó siempre por su aspecto –1,68 de estatura, 67 kilos de peso, calvo y de piernas flacas-, pero no por su formidable dominio de la pelota y su clarividencia en el pase. Enemigo de la disciplina táctica y de los entrenamientos, retrata su filosofía lo que respondió cuando le pidieron su opinión sobre Cruyff: “Corre mucho pero juega bien”. Carlos Bilardo le castigó en el banquillo en el glorioso Mundial de México en 1986. Y recuerda Valdano que, entre partido y partido, el veterano ‘Bocha’ le contaba irónico e indignado que andaba recaudando fondos para quemarle las tizas, la pizarra y los vídeos al controvertido entrenador. Días después, Maradona le haría justicia a él y al resto de sus ancestros con una hoguera de fútbol irrepetible en el césped del estadio Azteca.

Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (mayo de 2004)

En blanco y negro: Épicos, trágicos y mestizos

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“Todo lo que sé sobre la moral y los deberes del hombre se lo debo al fútbol”
Albert Camus

Que a un Premio Nobel de Literatura le guste el fútbol no es raro; se trataría, en todo caso, de una notable constatación más de la atracción democrática y universal que ejerce este juego. Pero si ese Premio Nobel es Albert Camus, el legendario autor existencialista de El mito de Sísifo, El extranjero o La peste, la cosa merece una meditación más honda. El fútbol entretiene, fascina, cautiva, apasiona, enloquece y, según Camus, enseña. Y si el fútbol puede dar algo para aprender, sólo es a través de la materia prima que lo ha convertido en uno de los mayores fenómenos de masas de nuestro tiempo: la épica. Esa mezcla de gloria, de tragedia, de arte, de superación y de azar, con los futbolistas como actores principales, es lo que ha atraído, atrae y atraerá a seres humanos de toda condición y lugar.

Manuel Francisco Dos Santos pasó un hambre brutal en el arrabal de Río de Janeiro donde le tocó nacer y la naturaleza terminó de redondear su desgracia. Sufrió poliomelitis, su columna vertebral era una S mayúscula, las piernas eran dos garabatos, tenía los pies metidos hacia dentro 80 grados y siempre exhibió un carácter inocente. Arrastrando tal saco de imperfecciones, no es raro que acabara sus días a la edad de 50 años, sumido en la misma pobreza que le rodeó en su llegada al mundo, olvidado de todos y absolutamente alcoholizado. ¿Qué ha permitido, sin embargo, al desdichado Manuel Francisco poseer una venerable vida eterna en la memoria de sus congéneres? Un balón de fútbol.

Era conocido por el apodo de Mané cuando comenzó a maravillar con su manejo de la pelota. Sus piernas torcidas, que ni a base de operaciones qurirúrgicas pudieron ser enderezadas, resultaron ser delicados barrotes en los que encarcelaba la pelota con fantasías nunca vistas. El regate corto o gambeta, más las fintas, bicicletas y driblings, le convirtieron en un extremo derecho extraordinario desde muy jovencito. Y los dos Mundiales que conquistó con la selección de Brasil, el del 58 en Suecia y el del 62 en Chile, le consagraron como un futbolista único, alumno aventajado de una generación estelar de la que formaron parte Didí, Vavá, Zagalo o un prometedor muchacho llamado Pelé. Veinte años después de aquellas gestas, cuando murió triste y abandonado, transcurrieron varios días hasta que los sanitarios consiguieron identificar lo que sólo era despojo humano. Alguien, al fin, consiguió darle nombre a aquel ser y le llamó con el apodo que muchos antes le colocaron sus hermanos allá en el arrabal, el de un pajarito feo e inútil, Garrincha. Mucho antes y aún en nuestros días, cuando se cumplen 70 años de su nacimiento, para muchos buenos aficionados es el futbolista más grande que ha dado la historia de este juego.

El fútbol no sólo entusiasma a los Nobel. También subyuga a los asesinos.  Hace más de setenta años se produjo una anécdota, probablemente apócrifa, que sólo era un alimento más de, o desde, la leyenda de otro genio del fútbol, el mítico Ricardo Zamora, El Divino. La majestuosidad casi esotérica que acompañaba al considerado por no pocos como el mejor portero de todos los tiempos,  llegó a cautivar incluso a todo un genocida como Iósif Stalin. Cuentan que las crónicas de sus paradas imposibles, de sus espectaculares despejes a codazo limpio (la clásica zamorana) y de los delanteros hipnotizados que caían a sus pies, impresionaron de tal manera al Gran Hermano soviético, que cuando tuvo noticia en 1931 de la proclamación de la República en España y de que su primer presidente sería Niceto Alcalá Zamora, preguntó a sus colaboradores: “Ese Zamora es el futbolista, ¿no es verdad?”.

Zidane, Henry, Pires, Trezeguet o Desailly  harían las delicias de un sibarita del buen fútbol y, ante todo, de un francés como Camus si aún estuviera entre nosotros.  Todos esos jugadores, sin embargo, tienen algo en común: además de pertenecer a la hornada de futbolistas galos más laureada de la historia, son ejemplares preciosos del mestizaje, uno de los cimientos de este espectáculo.

El primer héroe del fútbol no hay que buscarlo en los alfombrados campos victorianos de los soberbios ingleses. En La Cachimba, municipio uruguayo, nació con el siglo XX un bebé mulato, José Leandro Andrade. Cuando fue un muchacho trabajó en un mercado pero no desaprovechaba cualquier oportunidad para jugar al fútbol con lo más redondo que tuviera a mano. Pronto comenzó a destacar y se convirtió en jugador internacional con la selección de Uruguay,  la primera potencia de la historia del fútbol.  Con la camiseta celeste fue campeón de Sudamérica en 1923 y 1926, medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 y ganador de la primera Copa del Mundo, la celebrada en su país en 1930, liderando a otras celebridades del balompié uruguayo: José Nasazzi, Pedro Petrone o Héctor Scarone.

El mayor momento de gloria para Andrade fue en París, en 1924, con motivo de los Juegos. Dotado de un físico portentoso, ágil, fibroso y elegante, actuó como centrocampista de contención y desarrolló una extraordinaria capacidad para interrumpir con limpieza los ataques adversarios, además de un depurado toque del balón. Estas virtudes, que le convirtieron en un ganador nato,  y su carácter bohemio le convirtieron en una celebridad en Francia y, por extensión, en Europa. Tras conquistar la medalla de oro y deslumbrar a aficionados y prensa (le apodaron la maravilla negra), se quedó un tiempo en París para trabajar  de bailarín, cantor de tangos y rey del cabaret. La caída, por desgracia, fue de lo más dura. Tras colgar las botas, quedó casi en la miseria, trabajó como ascensorista y murió de tuberculosis.

La épica, la tragedia y el mestizaje se funden en la figura de Andrade. Pero el fútbol no olvida a sus héroes. En una reciente encuesta de la France Football para designar al mejor futbolista de todos los tiempos, José Leandro Andrade figuró en sexto lugar. Pero además éste tiene la grandeza de haber dejado preclaros herederos. Un sobrino suyo, Víctor Rodríguez Andrade, formó parte de la selección de Uruguay que se proclamó campeona del mundo en 1950 tras el inolvidable Maracanazo. Y más cercano en el tiempo, Enzo Francescoli se ha convertido en uno de los jugadores sudamericanos más laureados en la recta final del siglo XX. A este último le apodaron El Príncipe y, como Andrade, cautivó en París, donde contó entre su legión de admiradores con un chaval de raíces argelinas, como Albert Camus, llamado Zinedine y apellidado Zidane.

Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (mayo de 2003)

En blanco y negro: El arquitecto de Il Grande Inter

December 4, 2008 by  
Filed under En blanco y negro, Galaxia F.

El Inter de Milan no ha podido celebrar a lo grande en Europa su centenario, que se conmemora en estas fechas. El Liverpool de Kid Torres lo ha eliminado en los octavos de la Champions, choque que permitió a los aficionados neroazzurri echar la vista atrás y añorar otro Liverpool-Inter de hace 43 años. Entonces los interistas remontaron en San Siro el 3-1 que les endosaron los diablos rojos en Anfield con un 3-0 y pocas semanas después levantaron su segunda y última Copa de Europa. Pero aquel era Il Grande Inter, la máquina del catenaccio y del contraataque letal diseñada desde el banquillo por ‘El Mago’ Helenio Herrera (HH) y pilotada en el terreno de juego por el coruñés Luis Suárez, para muchos especialistas el mejor futbolista español de todos los tiempos. A un palmarés de títulos espectacular, que incluye el Balón de Oro de 1960, siendo el único jugador nacido en España en conseguirlo hasta hoy; Suárez unió unos dones futbolísticos verdaderamente extraordinarios. Zurdo prodigioso, hacía fácil el fútbol con un dominio del balón, una visión del juego y un talento para el pase milimétrico que encandilaron a los ojeadores del Barcelona cuando lo descubrieron en las filas del Deportivo de La Coruña con apenas 18 años. A mediados de los 50 se incorporó a las filas blaugranas donde evolucionó al lado de los Kubala, Segarra, Ramallets, Czibor o Kocsis y se convirtió en el pupilo favorito del estrafalario y genial HH. Con el Barcelona ganó todo, incluido el Balón de Oro. Pero le faltó la Copa de Europa. Y en busca de ella y de un nuevo horizonte profesional se marchó con Herrera al Inter tras un fichaje astronómico por aquel tiempo: 25 millones de pesetas. Suárez se adaptó bien al fútbol italiano y pronto se convirtió en la pieza fundamental de su equipo. Entre 1962 y 1964 completó un ciclo excepcional: conquistó una liga, una Copa de Europa, una Intercontinental y la Eurocopa de Naciones con la selección española. Con semejante trébol de triunfos era el candidato número uno para el Balón de Oro. El jurado, no obstante, se lo concedió al escocés Dennis Law para asombro de la Europa futbolística y del propio Suárez. Como compensación, su gran rival en el campo y sin embargo entrañable amigo Alfredo Di Stéfano le bendijo con un título inolvidable: “Luis es ‘El Arquitecto”. Además, el interismo ya lo consideraba su ídolo, lo cual tenía su mérito en un equipo con los Mazzola, Fachetti, Corso o Jair. Pero ninguno de sus compañeros poseía la mágica destreza de Suárez, el único que aportaba chispas de improvisación y de genio en un equipo que confiaba la victoria, sobre todas las cosas, a una defensa pétrea y a una presión asfixiante. Quizá por eso, por exhibir un fútbol sencillo y hermoso en medio de la tiranía táctica y mecánica, su juego permanece imborrable en el recuerdo de los neroazzurri. Aún hoy Suárez sigue  integrado en el cuadro de asesores deportivos del equipo milanés y en Italia se le respeta y admira como toda una celebridad de su fútbol. En España, por el contrario, apenas se le tiene presente. Su desafortunado paso por el banquillo de la Roja y sus desencuentros con la Federación le han arrinconado todavía más en el recuerdo de la afición española. Quizá algún día se repare tanto olvido. Porque es seguro que Luis Suárez formará parte siempre de la historia del fútbol europeo. La remontada en San Siro de hace 43 años ante el Liverpool, que valió luego una Copa de Europa y a la que se invocó hace unas semanas de forma desesperada y al cabo inútil, es una de esas gestas que hicieron grande al Inter y a Suárez. “Nadie sabía darte un balón en profundidad como lo hacía Luisito”, recordaba hace unos días su compañero Joaquín Peiró, autor de uno de los tres goles aquel día.

Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (marzo de 2008)

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