Leyendas: Cantona

Conquistó Inglaterra vistiendo la camiseta roja del Manchester United. Old Trafford era la capital de un imperio que extendió sus alas a lo largo y ancho de buena parte de la década de los noventa. Eric ‘el rojo’, como le apodaron los hinchas del ‘ManU’ cambió la forma de entender el fútbol en el país que lo inventó. Y eso a pesar de su terrible carácter.

El rey francés tenía a su peor enemigo en él mismo. Un artista con alma atormentada y carácter conflictivo que, derrotado en Francia, buscó la fortuna en las Islas. Y la encontró hasta convertirse en el adalid del cambio que experimentó el fútbol inglés. Después de él llegaron Wenger, Patrick Vieira, Gianfranco Zola o Thierry Henry, pero Eric ‘el rojo’ fue el primero en demostrar que había fútbol más allá de las costas de Dover y que este deporte era más complicado que el simple hecho de desplazar el balón de área a área bajo el paraguas protector de un juego supuestamente directo y racial. Cantona bajó la pelota al suelo, encaró, compitió, no se arrugó en los legendarios escenarios ingleses y demostró que fuerza y técnica no están reñidas de forma obligatoria. Además, raza no era, precisamente, lo que le faltaba al galo.

Antes de dar el salto a Inglaterra fue un trotamundos del fútbol. Vistió la camiseta de siete clubes franceses e incluso fue protagonista del traspaso más caro de la historia del fútbol galo cuando el Auxerre le vendió al Marsella en 1990 por la cifra récord en aquellos años de dos millones de dólares. En su país natal, Cantona sacó lo peor de su carácter hasta el punto de pensar seriamente en la retirada. Probar con el Sheffield fue una huida hacia delante. Una forma de escapar de la fama de jugador conflictivo y con mala cabeza que había acumulado en Francia, sobre todo después de que pegara un balonazo a un árbitro vistiendo la camiseta de un Olympique, que harto de su carácter, le suspendió el contrato por tiempo indefinido. Las dudas sobre su profesionalidad aumentaron cuando tras probar unos días con el Sheffield, ‘huyó’ a Leeds. Fue la mejor decisión de su vida. En poco más de cuatro meses convirtió a su nuevo club en campeón de la Premier, tras casi dos décadas de sequía. Una exhibición que sirvió para que Alex Ferguson se fijara en él y decidiera contratarle para formar parte del proyecto que muñía en Old Trafford.

La asociación entre Eric y los ‘diablos rojos’ no pudo ser más fructífera: cuatro Premier Leagues, dos FA Cups, dos dobletes –algo inaudito en Inglaterra- y la resurrección de un Manchester en una continua cuesta abajo desde la triunfal década de los sesenta, cuando de la mano de Bobby Charlton conquistó la Copa de Europa. Ferguson comenzó a labrar su leyenda de la mano de su ‘7’. El francés desplegó su mejor fútbol en el mejor escenario posible. El Manchester fue más ‘de’ Cantona que nunca. Un equipo ganador que fue la base sobre la que se construyó el formidable conjunto que conquistó el ‘trébol’ en el año 99, ya sin Cantona en sus filas. Los hinchas le idolatraban y le convirtieron en la referencia de un equipo que arrasó en Inglaterra. Cantona, además, dedicó prácticamente todos sus esfuerzos a su club. Francia no vivía sus mejores momentos a nivel de Selección. El ‘once del gallo’ estaba en plena transición. La generación de Platini, Tigana, Giresse o Rocheteau se retiró tras haber levantado la Eurocopa del 84 y firmar dos grandísimos mundiales en 1982 y 1986. El relevo generacional dejó a los ‘bleus’ sin los mundiales del 90 y 94, a pesar del gran nivel individual de Cantona. La falta de estímulo deportivo con el combinado nacional permitió al Manchester disfrutar de la mejor versión del delantero, un futbolista excepcional, con grandes cualidades técnicas, competitivo y racial. Un crack que sólo en el ambiente excepcional generado por Old Trafford dio lo máximo de sí mismo.

Dos hechos marcaron la carrera deportiva de Cantona: el balonazo que propinó a un árbitro en Marsella y que le costó prácticamente la salida del fútbol galo y la tremenda ‘patada voladora’ con la que agredió a Matt Simmons, hincha del QPR londinense. El vuelo ‘a lo Bruce Lee’ dio la vuelta al mundo y le costó una sanción ejemplar de 10.000 libras y dos semanas de cárcel que cambió por 120 horas de trabajos sociales por la comunidad. La patada de Selhurst Park fue el momento más crítico de un futbolista que nunca se caracterizó por su ‘fair play’ sobre un terreno de juego.

Paradójicamente el ‘malvado’ Cantona es una de las imágenes de referencia de Nike para su campaña de ‘Joga Bonito’. Eso sí, el francés, fiel a su estilo, aparece en el anuncio ‘tomando’ los estudios de una cadena de televisión. El ‘secuestrador’ galo, eso sí, lo hace con una buena intención: defender el ‘Joga Bonito’ ante la concepción brusca y sin magia alguna del fútbol actual. Cantona siempre genio y figura.

Leyendas: Stoichkov

December 1, 2008 by  
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La ‘sangre’ y el carácter en el primer ‘Dream Team’ era cosa de un hombre: el búlgaro Hristo Stoichkov, un futbolista de gran clase pero dotado de un carácter polémico y montaraz. Stoichkov no sería Stoichkov sin ese impulso indómito e imprevisible que complementaba sus excepcionales cualidades técnicas.

Un año entero se paso sin jugar. Y salió bien parado. La Federación Búlgara sancionó a perpetuidad a Stoichkov tras la final de la Copa de 1985 entre su club, el CSKA y el Levski, en la que los jugadores de ambos bandos se enzarzaron en una auténtica ‘batalla campal’. Los incidentes fueron de tal magnitud que la Federación obligó, incluso, a que los dos clubes cambiaran de nombre. Si el castigo a perpetuidad se hubiera finalmente cumplido, el fútbol habría perdido a uno de los grandes futbolistas de todos los tiempos y Bulgaria, sin duda, a su mejor jugador. Fue capaz de comandar una excelente y abigarrada generación de peloteros en el Mundial de Estados Unidos en 1994 y llevarles hasta el cuarto puesto, una posición muy alejada del verdadero nivel futbolístico de un país que ha vivido –‘balompédicamente’ hablando- de las glorias que Stoichkov fue capaz de proporcionarle al frente de una ‘camada’ en la que también estaban futbolistas de la talla de Balakov, Ivanov o Sirakov. De todos ellos se cuenta, que asumían sin rechistar el ascendente del jefe del clan y que éste llegaba, incluso, hasta la hora de hacer las alineaciones durante aquel Mundial. Su importancia con la camiseta de la selección traspasó el localismo al que parecía condenado al representar a un país sin tradición. En el Mundial de su consagración logró el título de máximo artillero, un premio que le sitúa al mismo nivel que mitos como Ronaldo, Gerd ‘torpedo’ Muller, o Just Fontaine. Y siendo el mejor futbolista del CSKA rompió las tablas de goleadores europeos en el año 89 al conseguir la bota de oro (junto A Hugo Sánchez). Nadie marcó más goles que él en el Viejo Contiente en el último año de la década de los ochenta.

La sanción tras aquel infausto día de la final de Copa búlgara no fue su único incidente ni tampoco el más mediático, pero lo cierto es que el Stoichkov estrictamente futbolista no solo catapultó a su país sino que fue pieza indispensable en la maquinaria de relojería que Cruyff creó en el Barcelona de ensueño de principios de los noventa. Él ponía la velocidad, la fuerza, la contundencia, el espíritu y la definición en un equipo que jugaba al ritmo que imponía el guante de seda de Pep Guardiola y el espíritu visionario de Michael Laudrup. Además, fue un gran negocio. Fichado al CSKA por 4,5 millones de dólares, con el Barcelona lo ganó todo durante cinco temporadas antes de ser traspasado al Parma italiano por 900 millones y recuperado al año siguiente por 400. Resultado: el Barcelona ganó dinero con un futbolista que fue pieza vital en la conquista de la Copa de Europa de 1992, las cuatro ligas que labraron la fama del ‘dream team’ e incluso, en su segunda etapa y junto a Ronaldo, la Recopa del año 97. Pero su influencia azulgrana fue mucho más lejos que la mera cuenta de títulos. Se convirtió en el símbolo del barcelonismo, en un futbolista que la grada idolatró y encumbró hasta considerarle el modelo del sentimiento antimadridista. Hasta llegar a ese punto, Hristo no tuvo un camino fácil. En la Bulgaria de los años ochenta no era sencillo romper el telón de acero que aún estrangulaba a la mayoría de los países del Este. Stoichkov, el mejor representante de su fútbol, abrió la puerta tras jugar cinco largos años en el mejor club de su país, el CSKA, regatear la sanción a perpetuidad y perderse el Mundial de 1986 por estar suspendido. Vistió la camiseta azulgrana durante cinco temporadas, las mejores de toda su trayectoria y después comenzó, segunda etapa de culé incluida, su peregrinar por diversos equipos y su cuesta abajo, un descenso que tuvo un especial peso simbólico en su segunda etapa blaugrana: no contaba en exceso para Robson y con Van Gaal nunca se entendió, lo que terminó significando el alejamiento definitivo del entorno azulgrana. Cuando colgó las botas asumió el cargo de seleccionador de su país, una transición lógica si tenemos en cuenta que es considerado poco menos que un Dios en una nación que sólo encontró acomodo dentro del mapa futbolístico mientras Stoichkov tuvo un balón en los pies.

Veloz, directo a puerta, con el gol entre ceja y ceja, con carácter y temperamento y una cualidad que a nadie pasó desapercibida a pesar de que siempre se resaltó más sus otras características: una gran técnica. Así era sobre un terreno de juego Hristo Stoichkov, un futbolista ganador por naturaleza y guerrero dentro del terreno de juego, pero capaz de ‘pinchar’ un obus enviado por Koeman desde cincuenta metros y leer tácticamente el fútbol como nadie.

La fama de jugador duro, arisco, marrullero, con carácter y temperamental que tiene Stoicvkov está más que bien ganada. Nunca fue un futbolista sencillo ni fácil de domar. Ni para sus rivales pero tampoco para sus compañeros. A la sanción de un año que tuvo que soportar en Bulgaria, se le sumó otro castigo ejemplar nada más llegar a España: en un partido de la Supercopa ante el Real Madrid pisó al árbitro Urizar Azpitarte. La agresión le costó medio año de sanción. Sus relaciones con Cruyff nunca fueron boyantes y su marcha del Barcelona se precipitó en su primera etapa por su mala sitonía con el ‘flaco’, y en la segunda por sus enfrentamientos con Van Gaal. Genio y figura.

Leyendas: Kempes

Mario Alberto Kempes, apodado el ‘matador’, ídolo de toda una generación de argentinos a los que enloqueció en el Mundial de 1978, del que fue protagonista absoluto. Capaz de hacer grande a la albiceleste y campeón de casi todo al Valencia de principio de los ochenta y al mismo tiempo jugar y entrenar en países como Indonesia, Albania, Austria, Venezuela, Panama…Un genio y un trotamundos del fútbol.

“Es el gran impulsador del fútbol argentino”. El elogio de Diego Armando Maradona resume el sentir de todo un país hacia ‘el matador’. Maradona, ‘dios’ en Argentina, heredó el diez que Kempes liberó en la selección tras el Mundial del 78, el segundo que disputó y en que le brilló al máximo nivel, siendo su pierna izquierda el martillo imprescindible para convertir en realidad el sueño de toda una nación. Argentina campeona con seis goles de Mario Alberto, dos de ellos en la final ante Holanda. El ‘matador’, máximo goleador del campeonato, y un país enloquecido y rendido a sus pies. No fue casualidad ninguna. Kempes siempre había hecho goles. Muchos goles.

Desde pequeño, su zurda, fuerza y velocidad habían sido armas imposibles de contrarrestar para sus rivales. Con siete años, aclamado por su padre, futbolista amateur, ya goleaba. En Cannes, donde acudió a un torneo juvenil con la selección albiceleste, asombró a propios y extraños. En su segundo partido en la máxima categoría del fútbol argentino, vistiendo la camiseta del Instituto de Córdoba, ya le hizo un gol a River Plate. Había debutado una semana antes, el cinco de octubre de 1973, ante Newell’s Old Boys.  Desde su aparición, se convirtió en un goleador letal. Fue el máximo artillero en todos los equipos en los que jugó. En Rosario Central le idolatran: con 97 goles es el ‘matador’ de todos los tiempos, y en el Valencia alcanzó el ‘pichichi’ de la liga española dos temporadas consecutivas, en las que hizo 52 goles en un campeonato dominado por los sistemas defensivos y las tácticas ultraconservadoras. En el vestuario ché fue el futbolista franquicia, el jugador determinante. No sólo goleó, sino que su aportación fue clave para que el Valencia conquistara, en dos temporadas mágicas, Copa del Rey (2-0 al Real Madrid en una final memorable); Recopa de Europa y Supercopa de Europa, en una final decidida desde el punto de penalti. Después, fue traspasado a River Plate por la astronómica cantidad de 300 millones de pesetas de marzo de 1981. Al Monumental llegó con la vitola de líder, de crack mediático capaz de contrarrestar el papel del emergente Maradona en Boca Juniors, el eterno rival. Y lo consiguió. River levantó el campeonato y Kempes se embolsó el ‘pichichi’. Pero ahí empezó su declive. Los ‘millonarios’ no pudieron afrontar la segunda parte del pago al Valencia y el ‘matador’ retornó a la capital del Turia, donde ya nada fue igual. Su peregrinaje comenzó vistiendo la camiseta del Hércules de Alicante, en el que fue pieza clave con algún que otro gol olímpico para salvar la categoría, pero después comenzó su vida de trotamundos: Austria, Indonesia, Chile…y el fútbol sala, donde sentó cátedra y goleó. Como siempre.

Veloz, zurdo, corpulento y gran rematador. Esas eran las características de Mario Alberto Kempes. A todas ellas unía una cualidad más: era infalible desde el punto de penalti. Solía jugar con las medias caídas y con su larga melena suelta y sus remates desde el vértice izquierdo del área eran mortales de necesidad. El apodo de ‘matador’ no le venía grande. Ni mucho menos.

La carrera de Kempes como entrenador es, cuando menos, extraña. Su trayectoria se ha caracterizado por apostar por equipos sin nombre alguno y en países exóticos. Después del Mundial de Alemania se hará cargo de la selección de Panamá, quizás su destino con más nombre de los últimos años. Comenzó como segundo de Héctor Núñez en el Valencia de principio de los noventa, pero a partir de ahí, su trayectoria ha sido más que curiosa. Entre los equipos que ha dirigido figuran el Pelita Hyatt de Indonesia, el SK Lashonja de Albania, el Mineros de Guayana en Venezuela o The Strongest en Bolivia. También ha entrenado en España, en equipos de Tercera División.

Jugó tres mundiales (74,78 y 82), pero su paso a la fama se debe a su extraordinario papel en Argentina’78, donde lideró una fantástica generación de futbolistas que ha pasado a los libros de historia del fútbol y en la que figuraban mitos como Fillol, Passarella, Tarantini, Ardiles, Bertoni, Houseman o Ardiles. Aún así, la longevidad futbolística de Kempes le permitió coincidir con futbolistas como Maradona, Valdano o Calderón, en el Mundial del 82; o Pastoriza, Perfumo o Hugo Gatti en el del  74, donde Argentina realizó un papel regular.

Leyendas: Michael Laudrup

December 1, 2008 by  
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Elegancia, clase, visión de juego… términos todos ellos que casan perfectamente con Michael Laudrup, el mejor jugador danés de todos los tiempos y uno de los futbolistas más significativos del fútbol europeo y mundial durante los últimos años de la década de los ochenta y la primera parte de los noventa.

Laudrup fue un talento precoz que sin apenas haber abandonado la edad de Juvenil y las categorías inferiores del Brondby era pretendido por prácticamente todos los gigantes del fútbol europeo: Ajax, Real Madrid, Barcelona, Juventus o Borussia Monchegladbach bebieron los vientos por él en un ‘amor a primera vista’ que terminaría consumando con casi todos sus pretendientes de juventud a lo largo de su más que dilatada carrera. Las razones de tal precocidad hay que buscarlas en el influjo que sobre el joven Michael ejerció su padre, Finn Laudrup, jugador profesional que llegó a vestir la camiseta de Dinamarca en una veintena de ocasiones y que fue uno de los primeros emigrantes del fútbol europeo. Jugó en el Rapid de Viena y allí, el pequeño Laudrup, con apenas tres años de edad recibió sus primeras nociones futbolísticas. Con el ‘modelo’ en casa, Laudrup se convirtió en un futbolista de maneras excepcionales que inmediatamente llamó la atención a los ojeadores de los principales clubes europeos, lo que le sirvió para fichar por la Juventus (fue cedido al Lazio los primeros años) y ser una de las figuras de la Eurocopa del 84 con apenas veinte años recién cumplidos, en una torneo en el que la ‘dinamita roja’ fue la sensación.

Laudrup un jugador de clase desequilibrante, necesitaba el balón y un fútbol de ataque para rendir al máximo, algo que la Italia de la época no le podía brindar. Ni en el Lazio ni en la Juventus de Platini cuajó, a pesar de que con sólo 21 años ‘jubiló’ a Boniek y fue pieza clave en la final de la Copa Intercontinental del año 86 que la ‘vecchia signora’ ganó al Argentinos Juniors y en la que un tanto suyo sirvió para empatar el partido cuando quedaban pocos minutos para el final. Lastrado por el juego táctico y lleno de prejuicios ofensivos del Calcio, Laudrup buscó fortuna en el Barcelona al lado de uno de sus grandes ídolos: Johan Cruyff.
Era el momento justo y el lugar oportuno. La magia del fútbol de Laudrup se desplegó con toda su fuerza en un equipo inolvidable que ha pasado a la historia del fútbol con el sobrenombre de ‘dream team’. Desde la media punta, el danés movió una orquesta perfectamente afinada que jugó al fútbol que él y Guardiola diseñaron desde la medular del Nou Camp. Cuatro títulos de liga, una Copa del Rey y la Copa de Europa ganada en Wembley ante la Sampdoria en el año 92 son los frutos de una extraordinaria cosecha que no dejó sólo huella en la sala de trofeos del Barcelona, sino en el imaginario colectivo de los buenos aficionados al fútbol.

La llegada de Richard Wistchge y Romario al vestuario azulgrana restó protagonismo a Laudrup, quien no dudó en cruzar la acera y fichar por el Real Madrid durante dos memorables temporadas que tuvieron el efecto de trasladar el centro del poder futbolístico desde Barcelona hasta el Santiago Bernabéu. En Chamartín aún se recuerdan sus pases en profundidad mirando al tendido, su visión de juego y su capacidad de desnivelar un partido haciendo del fútbol entre líneas un verdadero arte sólo apto para iniciados. Tras su marcha del Madrid, la carrera del danés comenzó su cuesta abajo. Jugó en un equipo de Segunda División en Japón y terminó su periplo en otro de sus pretendientes de juventud: el Ajax, donde ganó otra liga al tiempo que ponía el punto final a su carrera como futbolista disputando el Mundial de Francia, en el 98, en el mismo país en el que catorce años antes había asombrado al mundo siendo casi un chaval imberbe durante la Eurocopa del 84.

La carrera internacional de Laudrup tuvo siempre una piedra en el camino: España. 104 veces internacional, lideró una extraordinaria generación de futbolistas que tuvo la desgracia de encontrarse con Arconada en una fatídica tanda de penaltis en las semifinales de la Eurocopa de Francia, en el año 84 y con la noche mágica de Butragueño en Querétaro durante el Mundial del 86. Dos años después, en el 88, España volvió a cruzarse en su camino en la Eurocopa y tras vencer 3-2 volvió a sellar el billete de vuelta a casa para los ‘vikingos daneses’. De todos modos, el peor recuerdo de Laudrup con la selección es su ausencia por discrepancias con el seleccionador de la Eurocopa del 92: Dinamarca se llevó el título. Laudrup volvió a vestir la elástica de la Selección, pero los buenos tiempos para los daneses ya habían pasado.
El canto del cisne llegó en el Mundial del 98. Brasil la apeó en cuartos tras un apretado 3-2.

Un futbolista de ataque, pero sin demasiado gol, especializado en el juego entre líneas y en dar el último pase. Esa era la esencia del fútbol de Michael Laudrup, un ‘10’ elegante, muy técnico y con una capacidad de ver el fútbol como pocos y que encarnó al prototipo de media punta, de futbolista de apariencia lenta pero con velocidad de pensamiento y en el que cada balón que salía de sus botas era un mensaje perfectamente dirigido y pleno de sentido. Además acuñó una jugada característica: el pase en profundidad mirando el tendido, una suerte espectacular y efectiva que sirvió para ‘descerrajar’ numerosas defensas.

Leyendas: Platini

December 1, 2008 by  
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Si alguien en el mundo del fútbol puede presumir de palmarés, ese alguien responde al nombre de Michel Platini, un futbolista irrepetible que convirtió en posible lo imposible: hacer campeón a todos los clubes en los que jugó.

La ‘chouvinista’ Francia bebió los vientos durante tres largos lustros por un hijo de emigrantes italianos, nacido en la pequeña localidad de Joeuf, y cuyos padres regentaban con mucho esfuerzo un restaurante de comida italiana. Aldo, el padre, fanático del fútbol, fue el primero en intuir las extraordinarias condiciones que atesoraba su hijo. Él fue el que le metió en el A.S. Jovicienne y también fue él quien le impulso a firmar su primer contrato profesional con el modesto Nancy, club con el que debutó el 3 de mayo de 1973. Platini, hasta la aparición de Zinedine Zidane, otro hijo de emigrantes, es casi la referencia única del fútbol galo, con permiso de Fontaine. Con el ‘10’ a la espalda y toda Francia cosida al empeine de su bota, ganó la Eurocopa de Naciones celebrada en su país, el primer gran título para los ‘blues’. Platini, pieza angular durante todo el torneo, abrió el marcador de la final ante España con un gol recordado hasta ahora por la enorme ‘cantada’ de Luis Arconada.

Pero dos años antes, en España, la Francia de Platini, aquella en la que también figuraban estrellas como Tigana, Rocheteau, Luis Fernández, Giresse o Genghini asombró en un Mundial en el que debieron jugar la finalísima ante Italia. La semifinal que perdieron en la prórroga ante Alemania tras ir ganando 3-1 pasó a los anales del fútbol. Cuatro años más tarde, en el Mundial de México, Francia volvió a alcanzar las semifinales, fue el canto del cisne para la mejor generación vista en el país del Gallo hasta ese momento. Platini no sólo logró convertir una buena selección en un equipo casi invencible, sino que a nivel de clubes logró la misma transmutación casi alquímica. Su fútbol impulso la mejor versión del Saint Ettienne de todos los tiempos, llegando a disputar una final de la Copa de Europa que perdió ante el Bayern de Munich, e incluso logró que un equipo modestísimo, el Nancy, levantara la Copa de Francia. Con la ‘Juve’ fue otra historia.

En el viejo Comunale de Turín, el ‘padre’ del actual y frío Delle Alpi, Platini se encontró con sus orígenes italianos, pero además tuvo tiempo de fraguar su leyenda. Con la ‘Juve’ lo ganó absolutamente todo tanto a nivel de clubes como en el plano individual. Su traspaso del Saint Ettienne al Calcio costó 1,2 millones de libras, cifra que Platini devolvió con creces al club de la familia Agnelli a lo largo de cinco memorables temporadas. Con el ‘10’ a la espalda, se convirtió en el líder indiscutible de una generación auténticamente de oro. Con Platini jugaban mitos como Dino Zoff, Tardelli, Scirea, Cabrini, Bettega, Boniek… la flor y nata del fútbol italiano del momento. El francés fue el director de orquesta de todos ellos, el punto diferencial de un grupo prácticamente invencible que levantó, en un ciclo de apenas dos años, dos veces el Scudetto, la Copa de Italia, la Recopa, la Copa de Europa (con gol del galo), y la Intercontinental, partido mítico en el que dos goles de Platini tumbaron al Argentinos Juniors. Honesto y fiel a su forma de entender el fútbol, Platini decidió colgar las botas con sólo 32 años. Su decisión causó estupor a todo el mundo menos a él, quien no dudó en justificarse echando mano de una frase lapidaria: “No encuentro placer en lo que hago”.

Con el diez a la espalda, el astro galo fue siempre el líder de su equipo dentro del terreno de juego. Magistral en los lanzamientos directos (fue uno de los primeros en entrenar los tiros con una barrera de ‘maniquís’ que él mismo compraba), compensaba su endeble condición física con una técnica depurada y una visión de juego que muy pocos futbolistas han sido capaces de igualar. Para no ser delantero, sus cifras de goles están a la altura de los mejores ‘matadores’ del área. Perfeccionista y competitivo, enfrentarse a Platini era un suplicio para sus adversarios.

La carrera de Platini está inevitablemente marcada por la final de la Copa de Europa disputada en Bruselas, en el estadio de Heysel, ante el Liverpool la tarde-noche del 29 de mayo de 1985. Una avalancha de los hooligans ‘reds’ provocó una estampida y la muerte de 39 espectadores, 32 de ellos italianos. Contra toda lógica y según la UEFA. para evitar males mayores, la final se disputó. La Juventus ganó 1-0 con un gol de Platini logrado al transformar un penalti y que el astro francés celebró por todo lo alto. Acusado ‘de bailar sobre los muertos’, Platini se defendió asegurando que en ningún momento supo de la magnitud de la tragedia ocurrida en los prolegómenos del partido. Fue la primera Copa de Europa lograda por la ‘vecchia signora’, un título bañado en sangre que marcó a todos los que estuvieron aquel día en el que hoy es el estadio Rey Balduino de Bruselas.

Leyendas: Cruyff

December 1, 2008 by  
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Santo y seña del fútbol total, uno de los cuatro grandes de todos los tiempos, Johan Cruyff es el máximo exponente de una generación que removió los cimientos del poder establecido en el mundo del fútbol. Cruyff, genio y figura, es, además, uno de los pocos ‘aristócratas’ del fútbol capaz de prolongar sus éxitos sobre el terreno de juego desde el banco de los entrenadores. El Cruyff técnico agranda la leyenda del chico de Ámsterdam.

Ajax y Barcelona, tanto monta, monta tanto. La figura del ‘holandés volador’ está completamente ligada a las dos camisetas que defendió tanto de jugador como de entrenador y con las que marcó un memorable antes y después. Cruyff nació en el barrio de Weidestraat, en Ámsterdam y a los diez años ya defendía la elástica ‘ajaccied’. Con el club de los judíos de Ámsterdam debutó el 15 de noviembre de 1964 ante el Groningen. Lo hizo con el ocho a la espalda. Aún faltaban algunas temporadas para que luciese el mítico ‘14’ con el que convirtió al Ajax en el mejor club de Europa, un formidable conjunto con el ganó ocho ligas, tres Copas de Europa, una Intercontinental y una Supercopa de Europa, un bagaje que asombró al planeta fútbol y que se fraguó en la ‘fábrica’ de Rinus Michels y un nuevo concepto: el fútbol total. Cruyff, al mando de la mejor generación que ha dado el país de los tulipanes, convirtió Europa en un jardín particular donde los constantes cambios de ritmo, intercambio de posiciones y extraordinaria preparación física, no tenían igual. El modelo del Ajax se extendió a la selección de Holanda de principio de los setenta, un combinado que alcanzó un subcampeonato del mundo lleno de leyenda en el Mundial de Alemania del 74 y otro segundo puesto más en el de Argentina 78, un campeonato al que Cruyff se negó a asistir por estar en desacuerdo con la dictadura que los militares habían impuesto en Argentina. Con él al frente de la ‘Naranja Mecánica’, como se conoció a aquel tremendo equipo, a Holanda se la recuerda aún más que a la Alemania de Beckenbauer y Breitner, que se llevó la Copa jugando en casa.

Con leyenda de invencible, Cruyff desembarcó en un atestado aeropuerto de El Prat para jugar con el Barcelona. Desde el primer momento, la afición azulgrana le recibió como ‘el salvador’, y en verdad que lo fue. Debutó ante el Granada el 28 de octubre de 1973, con una victoria por 4-0. En el Nou Camp jugó cuatro temporadas, dejando en las vitrinas una liga y una copa y la memorable actuación del Santiago Bernabéu el día que el Barcelona derrotó por 0-5 al Real Madrid. Convertido en icono del barcelonismo, Cruyff vivió una segunda edad de oro en la Ciudad Condal al frente de un equipo al que moldeó a su imagen y semejanza. Nacía el ‘Dream Team’.
El Cruyff entrenador vivió también a caballo del Ajax y el Barcelona. Con su club de origen ganó una liga y una Recopa de Europa, pero fue en el Barcelona donde volvió a sentar cátedra por dos razones: su forma de entender el fútbol, ofensiva, al ataque, sin mirar para atrás y siempre mimando el balón, y –dos- por los excelentes resultados que obtuvo. Fue la mejor época del Barcelona en toda su historia. Conquistó la Copa de Europa en el 92, ganó una Recopa, cuatro Ligas y una Copa del Rey. Confeccionó un equipo intratable y su leyenda se agigantó hasta límites insospechados.

Cruyff fue un jugador de otra galaxia, rápido, intuitivo, con gran fortaleza física, técnica exquisita, carácter y don de mando. Veía puerta con facilidad, gustaba de aparecer en cualquier parte del campo y siempre asumió los galones de líder y mano derecha del entrenador en todos los equipos en los que estuvo. Disponía de gran inteligencia táctica, sabía interpretar el juego. Sus cambios de ritmo y quiebros eran dificilísimos de frenar. Amante del fútbol por dentro, llegó a renunciar a jugar en algún club porque el césped era de hierba artificial. Amaba el “olor y el tacto de la hierba natural”. Como entrenador, Cruyff fue también un avanzado. Instituyó una forma de entender el fútbol, vertiginosa y de muchos quilates, que hizo escuela.

Aunque la biografía de Cruyff tiene muchísimos renglones dedicados al Ajax y al Barcelona, lo cierto es que no fueron, ni mucho menos, sus únicos equipos. Con la selección de Holanda, su huella fue imborrable pero lo que poca gente sabe es que el ‘holandés volador’ vistió en las dos últimas temporadas de su carrera deportiva la camiseta del gran rival del Ajax, el Feyenoord, con quien conquistó la Liga y la Copa de Holanda. También jugó diez partidos con el Levante y vivió la aventura americana con los Diplomats de Washington y Los Ángeles Aztecas, amen de haber vivido una segunda etapa de dos años con el Ajax.

La sombra de Cruyff es alargada. Aún sin detentar cargo oficial alguno ni en el Barcelona ni en Holanda, todas sus opiniones son tenidas más que en cuenta. La actual directiva del Barcelona, presidida por Joan Laporta, le tiene como un referente claro y en su país natal, sus comentarios suelen ser seguidos casi al pie de la letra. Famosa es la anécdota protagonizada por el presidente de un club que al ser preguntado que haría si hablara con Cruyff respondió con un contundente “caso”. Si en el Barcelona su peso es innegable, en Ámsterdam es toda una institución. Lo ha sido todo en el Ajax, desde ayudante del utillero y limpiabotas, a jugador y entrenador, pasando por secretario técnico.

Debutó como futbolista profesional con el 8 ante el Groningen en un partido que su equipo perdió por 3-1, aunque hizo el gol del Ajax, pero su leyenda siempre irá ligada a la del número 14, un dígito que comenzó a lucir por obligación. Cruyff era el 9 del Ajax pero una larga lesión inguinal le mantuvo apartado de los terrenos de juego durante muchas jornadas, las suficientes para que su sustituto, Gerrie Muhren, se hiciese propietario del dorsal. El día de su reaparición, el 30 de octubre de 1970, Cruyff se vio obligado a lucir el 14 y le fue tan bien que, por superstición, ya no quiso quitárselo.

Leyendas: Scifo

Decir en Bélgica Scifo es lo mismo que decir fútbol. El mejor jugador de la historia de los ‘diablos rojos’ disputó cuatro mundiales y brilló con luz propia en la mejor generación que ha contemplado el fútbol belga.

Aunque a los aficionados de hoy día Bélgica les diga muy poco en cuanto a nivel futbolístico, hubo una época no muy lejana (los años ochenta) en la que tanto los clubes como la selección belga eran rivales muy temidos para cualquier equipo del mundo. Liderando a sus compatriotas en aquellos tiempos estaba un jugador especial, diferente a todos los que han surgido de su país; Vicenzo Scifo, el mejor futbolista en toda la historia de los ‘diablos rojos’. Cuatro mundiales contemplan a uno de esos jugadores que parecían predestinados a perpetuar su figura en los tomos de las encoclopedias futbolísticas. Aunque sin duda fue su primera cita mundialista la que marcó para siempre su carrera. En México 86, el ‘10’ belga lideró a una selección irrecuperable de talentos (Pfaff, Gerets, Ceulemans, Van der Elts…), que acabó cuarta la competición, tras dejar fuera en cuartos de final a la España de la ‘Quinta del buitre’. Deseado por los más grandes de Europa tras explotar en el Anderlecht, el ‘petit Pelé’ fue ‘saltando’ entre la liga italiana y la francesa, viviendo momentos gloriosos con el Torino y el Mónaco, donde dejó las últimas gotas de su embriagadora esencia futbolística, y pasando más desapercibido en Auxerre, Inter y Girondins. Y es que, como todos los grandes genios, Scifo era a partes iguales brillante e intermitente.

Vicenzo Scifo sobre el terreno de juego era, sencillamente, una delicia para la vista del espectador. Centrocampista de excepcional visión, en el césped era el clásico ‘10’; un futbolista genial sobre el que gravitaba todo el juego de su equipo, el hombre al que todos sus compañeros buscaban permanentemente a la espera de que uno de sus fogonazos de calidad cambiara el rumbo de un encuentro. Abarcaba muchísimo campo, y también tenía una tremenda facilidad para encarar el marco del rival y hacer goles. Elegante y de fino regate, su juego se podría asemejar al del madridista Zinedine Zidane.

Leyendas: Eusebio

December 1, 2008 by  
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Eusebio, fútbol y Portugal. Tres en uno. La ‘pantera negra’ de Mozambique, el mejor jugador que ha dado jamás África, convirtió las elásticas de Portugal y Benfica en las camisetas más temidas del mundo. De sus botas, el fútbol luso se convirtió en una referencia cuyos ecos llegan hasta hoy día.

Cuentan los libros de historia futbolística que el fichaje de Eusebio desató la guerra entre Sporting Club de Lisboa y Benfica, los dos dominadores de la época en el fútbol luso. La polémica fue de tal envergadura que el chaval de 18 años, recién llegado de Mozambique, tuvo que recluirse en una aldea del Algarve hasta que pasara el temporal.
El gato al agua se lo llevaron las águilas del Benfica que con su fichaje sufrieron una revolución: se convirtieron en los amos del fútbol portugués y protagonistas indiscutibles en Europa, donde jugaron cinco finales en ocho ediciones del torneo más importante.
La historia de Eusebio había comenzado en su Mozambique natal, tierra que en los años sesenta dio excelentes jugadores y que, por aquellas fechas, era una colonia lusa. Con apenas 18 años fue descubierto por José Bauer, un técnico brasileño con el ojo entrenado para descubrir las mejores perlas. Eusebio, que estaba jugando para el club más importante de Mozambique, el Sporting Club Lurenco Marqués, cerró su fichaje por el Benfica, por entonces entrenado por un amante del fútbol ofensivo, el húngaro Bela Guttmann.

Al igual que todos los genios del balón, la llegada de Eusebio transformó al Benfica de un buen equipo en otro prácticamente invencible. Con la roja disputó 301 partidos, logrando la increíble cifra de 317 goles, debutando, todo un símbolo, en un amistoso ante el Santos en el que jugaba otro jovencito que respondía al nombre de Pelé. Pronto, la ‘pantera negra’, como se le comenzaba a conocer, se convertía en algo más que un simple futbolista. Lideró una generación de jugadores mozambiqueños (Costa Pereira, Coluna, Hilario) que alcanzó su cenit en Ámsterdam al derrotar en el año 1962 al todopoderoso Real Madrid de Di Stefano por 5 a 3. Es uno de los momentos culminantes de la historia del fútbol. Santo y seña de La Luz, debutó con Portugal en un duelo ante Luxemburgo, pero su explosión con la camiseta de su patria adoptiva tuvo lugar en el Mundial del 66. Portugal nunca se había clasificado para la fase final de un mundial y su irrupción no pudo ser más apoteósica.

Portugal fue tercera, derrotó a la Brasil de Pelé, remontó un 0-3 en los cuartos con cuatro goles de Eusebio y venció en el duelo por el bronce a la Unión Soviética de la mítica ‘araña negra’. Eusebio fue el máximo goleador del Mundial con nueve goles y, sobre todo, dejó la sensación sobre el terreno de juego de que, en esos momentos, él era el amo del fútbol. El impacto de su figura fue tan grande que sin su participación, Portugal no volvió a clasificarse para una gran fase final hasta 1984, en la Eurocopa de Francia, donde perdió ante los anfitriones. Con la elástica lusa, jugó 64 partidos y su media goleadora también fue excepcional: 41 goles.

Una gravísima lesión significó el comienzo de su lento declive. Como otras grandes figuras del balón, eligió Estados Unidos para vivir una dorada recta final. A su regreso a Portugal firmó por el Beira Mar, pero otra gravísima lesión le apartó definitivamente de los terrenos de juego. Se iba el futbolista pero en ese mismo momento, nacía la leyenda.

En Eusebio se unían la técnica del jugador sudamericano, el saber estar sobre el terreno de juego del futbolista europeo y la potencia, elasticidad y fuerza física del atleta africano. Todo eso era Eusebio, un jugador de potencia, exquisito dribling, gran remate de cabeza, olfato goleador e instinto matador. Gozaba de gran velocidad y disfrutaba de una quinta marcha en carrrera. Gustaba de entrar por las bandas, era escurridizo y tenía un toque de balón exquisito. El apodo de ‘pantera negra’ le iba perfecto.

La ‘pantera negra’ abrió las puertas de Europa al fútbol africano. Fue el primer gran fichaje de un futbolista nacido en África por un club europeo. Tras él, llegaron al fútbol portugués una gran cantidad de jugadores procedentes de las por entonces colonias lusas. Treinta años después, África es uno de los principales mercados para los grandes clubes europeos. Países como Francia u Holanda acumulan en sus ligas una cantidad ingente de futbolistas del Continente Negro. Son el futuro del fútbol.

Hasta la aparición de la generación de oro, los Figo, Fernando Couto, Paulo Sousa, Rui Costa… Portugal tenía como única referencia el equipo que lideró Eusebio en el año 66 y que logró el tercer puesto en el Mundial de Inglaterra. Fuera de aquel oasis futbolístico, nada más. Hasta el año 84, Portugal no jugó otra fase final de una gran competición, la Eurocopa de Francia, después jugaron el Mundial 86, con Futre como principal estandarte, con nulos resultados y otra vez el vacío hasta la Eurocopa de Holanda y Bélgica del 2000, donde la generación de oro practicó el mejor fútbol de todo el torneo. Desde entonces, Portugal no ha faltado a ningún gran evento. Jugaron el Mundial de 2002 y fueron subcampeones de la Eurocopa 2004, organizada en casa.

Leyendas: Pelé

December 1, 2008 by  
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Final del Mundial de 1958. Suecia, el equipo anfitrión juega contra Brasil. En las filas cariocas se alinea un chaval de apenas 17 años, delgaducho y desgarbado. Dos horas después, y tras una actuación memorable, el fútbol mundial tenía un nuevo ídolo. Quedaba inaugurada una era. El tiempo de Edson Arantes Do Nascimento, ‘O Rei’ Pelé.

Para muchos amantes del fútbol no ha habido un jugador más grande sobre un terreno de juego que el ‘10’ brasileño, por encima de Diego Armando Maradona o el mismísimo Alfredo Di Stefano, con los que formaría la ‘santísima trinidad’ del mundo del fútbol. Pelé, que nació el 23 de octubre de 1940 en Tres Corazones, era hijo de Dondinho, un jugador retirado prematuramente de los campos de fútbol y que había vestido la camiseta del Fluminense, uno de los clubes históricos de Brasil. Dondinho supo inculcar a su hijo desde pequeño una de las cualidades futbolísticas que le harían diferente: la necesidad de dominar las dos piernas a la perfección. A Pelé, un apodo que aseguran viene porque empezó a jugar a ‘pie pelado’, de pequeño le apodaban Dico y aunque desde muy chaval y por necesidades económicas familiares tuvo que trabajar de lustrador de zapatos o ‘gasolinero’, fue muy pronto captado para el fútbol en las categorías inferiores del Santos. Su descubridor fue Waldemar Brito, uno de los cazatalentos que pululaban por entonces por los barrios más humildes de Brasil.

Se cuenta que su primer sueldo en el Santos, un club que ha quedado marcado desde entonces por al figura de ‘O Rei’ y que fue su verdadero amor futbolístico a pesar de la experiencia postrera con el Cosmos de Estados Undos, fue de seis cruceiros. Debutó con la elástica negra el 7 de septiembre de 1956 en un partido ante el Corinthians en el que entro en sustitución de Del Vecchio. Hizo su primer gol oficial en el minuto 79. A partir de ese momento comenzó la leyenda. Poco después debutaba con la selección en el gran clásico sudamericano ante Argentina, haciendo un gol en lo que sería el anticipo de una extraordinaria relación con las redes contrarias: en 1.363 partidos marcó la friolera de 1.281 goles, 97 de ellos vistiendo la camiseta de la selección brasileña, a la que convirtió prácticamente en invencible.

Estocolmo se rindió ante la magia de Pelé en el Mundial del 58. Iba a ser el campeonato de Garrincha, pero fue un ‘chavalín’ el que desmontó la estructuras del fútbol conocido hasta la fecha. Su actuación en la gran final, haciendo dos goles a los anfitriones con 17 años, está aún grabada en la retina de los grandes degustadores de fútbol. Después vino el Mundial del 62, en el que Pelé lideró una canarinha invencible y la llevó hasta su segundo campeonato del mundo y cuatro años después, el Mundial 66 en Inglaterra, donde Pelé fue cosido a patadas, lesionado, y Brasil eliminado. Aún así, el mundo del fútbol no pudo más que preguntarse a través de la prensa inglesa: ¿Cómo se deletrea Pelé? D-I-O-S. México 70 fue la reencarnación de ese Dios entronizado por los británicos en futbolista. Pelé era el jefe del mejor equipo de fútbol que, posiblemente, haya existido jamás. La máquina de hacer fútbol que era aquella canarinha con Pelé, Tostado, Gerson, Rivelino o Jairzinho ha quedado para la historia. El astro brasileño se apunto su tercer mundial apenas unos meses después de haber conseguido su gol mil, una cifra mítica, en un partido disputado en Maracaná ante Vasco de Gama.

Tras la cumbre alcanzada en los campos aztecas, la carrera de Pelé empezó su cuenta atrás. Un año después, en 1971, se despedía de la selección en un partido disputado ante Austria en su ‘feudo’ de Maracana y el 3 de octubre de 1974 el corazón de la hinchada del Santos se paraba repentinamente cuando ‘O Rei’ anunciaba su despedida del club para fichar por el Cosmos, un equipo norteamericano creado a golpe de talonario que quería juntar una constelación de estrellas con el fin de promocionar el fútbol en Estados Unidos. Con el Cosmos, Pelé jugó tres años más. Lo volvió a ganar todo y su magia pudo ser disfrutada a nivel planetario. Su despedida del fútbol, en un partido homenaje entre el Cosmos y el Santos, fue retransmitida a todo el mundo, en lo que fue prácticamente la primera emisión global de la era moderna. Pelé dejaba el fútbol entre lágrimas. Se iba el más grande, el futbolista que convirtió a Brasil en una máquina imparable de hacer fútbol y en uno de los pocos jugadores capaces de concentrar en su persona el amor incondicional de los sus hinchas y la admiración también incondicional de sus adversarios.

Los que tuvieron la suerte de ver jugar a Pelé en directo aseguran que se trataba de un futbolista sencillamente imparable. Era rápido, eléctrico, dominaba las dos piernas, lo que le permitía desbordar por ambos lados sin problema alguno, cualidad que le convertía en una auténtica pesadilla para los defensas. Tenía una técnica exquisita, un golpeo de balón formidable, seco… auténticos trallazos. A pesar de no ser excesivamente alto, hizo muchos goles de cabeza. Se apoyaba en su gran salto. Además, supo convertirse en el referente de la selección carioca y del Santos, su club de toda la vida lo que le agigantó aún más su leyenda.

Protagonista de innumerables anuncios, político, ministro de Deportes de Brasil, generador de opinión, mediático, asiduo en las páginas de la crónica rosa del país carioca… La vida de Pelé fuera del terreno de juego se ajusta punto por punto a lo que se espera de una gran estrella, un futbolista que sigue siendo un referente válido tres décadas después de colgar las botas. Pelé ha protagonizado también innumerables polémicas. Fue célebre el ‘pique’ que mantuvo hace años con el presidente de la FIFA, Joao Havelange, cuando Pelé empezaba su carrera política y más conocido aún es su duelo dialéctico con su gran ‘enemigo futbolístico’ Diego Armando Maradona. Los cruces de declaraciones entre los dos grandes del fútbol mundial son antológicos y reproducen la enorme rivalidad que existe entre dos naciones que suman siete títulos mundiales.

Leyendas: Puskas

December 1, 2008 by  
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Es el mejor goleador de la historia según la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol. Su media, sencillamente, demoledora. Hizo 765 goles en 805 partidos. Casi un gol por encuentro. Nadie ha sido capaz de igualar a Ferenc Puskas, uno de los pocos futbolistas de la historia capaz de reinventarse a sí mismo, firmar dos carreras enormes y completamente distintas en Hungría y en España y pasar a la historia del fútbol como componente de los dos mejores equipos que vieron los tiempos: el Madrid de Di Stéfano y la Hungría de los ‘magiares mágicos’.

La invasión soviética de Hungría puso fin a su primera vida como futbolista. Puskas, ídolo en su país natal, lo había ganado todo con el Honved y con la selección de Hungría, siendo el capitán de un combinado que permaneció invicto durante cuatro años y que sólo conoció la derrota en un partido de cincuenta: fue en la final del Mundial del 54 ante una Alemania a la que previamente habían goleado por 8-3. Aquel equipo fue bautizado como los ‘magiares mágicos’. Entrenados por Gusztav Sebes, fueron los inventores del fútbol moderno. Su cenit llegó en 1953, en un partido en Wembley que en su época se consideró como el ‘duelo del siglo’. Los húngaros arrasaron a los inventores del fútbol por 3-6. Unos meses más tarde los ingleses pidieron revancha. Recibieron siete. La extraordinaria generación de futbolistas desapareció cuando los tanques soviéticos entraron en Budapest. Puskas huyó del país y tras pasar dos años sin jugar por una sanción de la FIFA y convertido en un apátrida, Santiago Bernabéu le fichó para el Madrid. Tenía 31 años y estaba gordo. Comenzaba su segunda vida como futbolista.

Su peripecia en el Madrid coronó y engrandeció una carrera que ya era, posiblemente, la mejor de la época. Ferenc era hijo de un importante futbolista y había comenzado a jugar al fútbol cuando sólo tenía diez años en el Kispest de Budapest, el equipo que tras la Segunda Guerra Mundial pasó a llamarse Honved y que era el conjunto del ejército. Llegó a teniente coronel y cuando pudo volver a Hungría tras ser rehabilitado, alcanzó el grado de coronel. Defendiendo los colores del Honved ganó cinco ligas y fue el máximo goleador en tres campeonatos (en uno de ellos logró la friolera de medio centenar de tantos). Cuando huyó (no regresó de una gira por Sudamérica) de su país tenía un balance monumental: 358 goles en 348 partidos con el Honved y 83 goles en 84 apariciones con la camiseta húngara. Aún así, los dos años de inactividad se notaban y su fichaje sembró muchas dudas. Sus números demuestran el gran ojo de Bernabéu.

Puskas llegó con 31 años, sí, pero le dio tiempo a ganar seis ligas y tres copas de Europa, a ser internacional con España, llegando a defender la zamarra roja en el Mundial del ‘62 y a marcar 324 goles en 372 partidos vistiendo de blanco. Formó parte del mejor Madrid de todos los tiempos. Un equipo en el que compartía vestuario con Di Stéfano, Gento, Kopa o Del Sol y que alcanzó la perfección absoluta la tarde del 27 de mayo de 1960 en el Hampden Park escocés. 127.000 espectadores contemplaron incrédulos la exhibición de un Madrid capaz de ganar 7-3 la final de la Copa de Europa al Eintracht y de ver como aquel magiar mágico huido del ‘Telón de Acero’ hacía cuatro goles en un partido, sencillamente, memorable.

Puskas convirtió en oro todo lo que tocó: Honved, Real Madrid y Hungría vivieron los mejores momentos de su historia con él zurdo sobre el campo. Recientemente fallecido, a los 79 años de edad, aseguró que “amó más el fútbol que la vida”. Sin duda alguna, el fútbol tocó con su varita mágica a este húngaro con tendencia a engordar, zurda prodigiosa, instinto de goleador y hacedor de hazañas mitológicas como la de aquella noche de primavera en Glasgow o la que labró con la zamarra húngara y el brazalete de capitán anudado al corazón. Puskas, historia del fútbol, es ya leyenda escrita con la tinta roja de la elástica de Hungría sobre el fondo blanco de la camiseta del Real Madrid.

Retirado como futbolista, la carrera del fenómeno húngaro giró en torno a los banquillos. Su mayor éxito llegó al frente del Panathinaikos griego, al que llevó al subcampeonato de Europa en 1971. El Ajax de Cruyff se cruzó en su camino. Fue el punto culminante de una carrera en los banquillos que tuvo como denominador común su afán por descubrir nuevos mundos. Entrenó en Estados Unidos (San Francisco Galés); Canadá (Vancouver Royals); España (Murcia); Grecia (AEK y Panathinaikos); Paraguay (Sol América y Cerro Porteño) y Australia (South Melbourne).

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