En blanco y negro: Un poeta italiano
December 2, 2008 by ismael
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Si hay un fútbol donde prime el colectivo sobre las individualidades ése es, sin duda, el italiano. La última prueba está en el último Mundial: los azzurri ganaron su cuarta Copa del Mundo y de ellos sólo despuntó, más por una mezcla de obligación con el campeón y de ausencia de competidores claros, el capitán Fabio Cannavaro, encumbrado luego con el Balón de Oro. Este reconocimiento, por otra parte, hace honor a la tradición del balompié italiano, orientada siempre a la defensa agresiva, la presión sobre el contrario y la fortaleza competitiva. Pero esta escuela de fútbol, que ha dado decenas de aguerridos e inolvidables jugadores, ha dejado en la sombra, por desgracia, el recuerdo de otros futbolistas italianos que, a contracorriente, entendieron este juego con exquisitez y creatividad. De entre ellos sobresale Gianni Rivera, al que no por casualidad la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol le nombró en 1998 mejor futbolista italiano del siglo XX. Esbelto, ligero y experto en todas las suertes del fútbol de ataque, el Calcio no ha conocido otro ‘10’ como él. Nacido en 1943 en Alessandria, con 16 años debutó en Primera División y enseguida el Milan se hizo con sus servicios. Desde el principio quedaron claras sus excepcionales dotes, atípicas para un atacante prototípico del fútbol transalpino. Porque a la velocidad, la visión de juego, el buen toque y la facilidad goleadora, Rivera añadía una clase y un temperamento inigualables. Il Bambino D’Oro (El niño de oro) fue el mote que le acompañó desde entonces en una larga carrera de éxitos como rossonero, logrando dos Copas de Europa (1963 y 1969), una Intercontinental (1969), dos Recopas (1968 y 1973), tres Scudettos (1962, 1968 y 1979) y cuatro Copas de Italia. Más de medio millar de partidos oficiales jugó con el Milan en veinte años, convirtiéndose en la leyenda viva del club, además del gran ídolo frente a los vecinos del Inter con Sandro Mazzola a la cabeza. La rivalidad entre ambos dividió a los tifossi no sólo en Milán, sino en toda Italia. En popularidad quizá el fogoso y carismático Mazzola se llevara la palma, aunque a Rivera no le faltara ni carácter ni agresividad. Éste, sin embargo, contó con más reputación internacional a raíz de su Balón de Oro en 1969, entre otras importantes distinciones, y de su regularidad en la selección. Disputó cuatro Mundiales (1962, 1966, 1970 y 1974) y ganó la Eurocopa del 68. Y si hay un momento cumbre en esta gran trayectoria, ése fue el de la semifinal del Mundial de México’70 ante Alemania. Aquel partido, de los mejores de la historia de los Mundiales, acabó con la famosa imagen de Beckenbauer jugando con el hombro dislocado y el brazo roto en cabestrillo y con el gol de la victoria por 4-3 a cargo de Rivera, que precisamente relevó a Mazzola para liderar la heroica remontada de la squadra azzurra. Por esa memorable actuación, y por la suma de otras muchas, en la revista France Football se llegó a leer que “el capitán del Milan es el único que da sentido de poesía a este deporte”. Quién lo iba a decir de un futbolista italiano.
Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (febrero de 2007)
En blanco y negro: Entre fantasmas
December 2, 2008 by ismael
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Las protestas por las violaciones de los derechos humanos suelen colarse más de lo que sería deseable en el mundo del deporte. Ahí están, sin ir más lejos, los Juegos Olímpicos de Pekín, que han contado con el sonido de fondo de algunas quejas internacionales por el régimen dictatorial chino. En el fútbol también han sido innumerables los gestos y las acciones de denuncia por motivos políticos a lo largo de la historia. Y al igual que lo sucedido en Pekín, los dirigentes deportivos mundiales se han limitado a hacer oídos sordos. Algunas veces de manera canallesca. Así sucedió hacer ahora 35 años en la tristemente famosa eliminatoria de repesca para el Mundial de 1974 entre Chile y la Unión Soviética. Corría el mes de septiembre de 1973 y ambas selecciones se debían disputar una plaza para Alemania. Para el día 26 se fijó el partido de ida en Moscú, pero quince días antes se produjo en Chile el golpe de estado de Pinochet que derrocó al presidente socialista Salvador Allende, seguido de una sangrienta represión contra sus colaboradores y simpatizantes. La selección chilena estuvo a punto de no viajar a Europa, ya que la junta militar ordenó blindar las fronteras, pero finalmente se le dio permiso para viajar a Rusia, donde tuvieron un recibimiento de lo más frío. Los soviéticos habían mantenido estrechos lazos diplomáticos con el gobierno democrático de Allende y expresaron su malestar a la delegación chilena con un control excesivo de los pasaportes. Ya en el Estadio Olímpico, los jugadores chilenos, aún confusos y asustados por lo acontecido en su país y por el recibimiento en Moscú, fueron abucheados de principio a fin por los 70.000 espectadores. Pese a la manifiesta hostilidad, Chile aguantó los embates de la potente selección soviética comandada por Oleg Blokhin y cosechó un valioso empate a cero. Las crónicas del partido resaltan la actuación de Elías Figueroa, uno de los mejores futbolistas chilenos de la historia, que se hizo omnipresente aquella tarde para mantener a raya a los rusos. Otras versiones también destacan la descarada ayuda arbitral del brasileño Armando Marques, un furibundo anticomunista, que consintió el juego duro de los chilenos y frenó todo lo que pudo el avance de los locales. El partido de vuelta estaba fijado para el 21 de noviembre y el escenario debía ser el Estadio Nacional de Santiago, en aquellos días el campo de fútbol más conocido del mundo por ser uno de los principales escenarios de tortura y asesinato de los golpistas. Buena parte de la sociedad chilena desconocía el truculento uso que se hacía de estadio pero no así el resto del mundo, incluida la Unión Soviética, que pidió jugar en un terreno neutral fuera de Chile. Los dirigentes chilenos se negaron a cambiar de campo e incluso invitaron a una delegación de la FIFA a visitarlo para comprobar que todo estaba en regla. La visita se efectuó y, según testigos, los delegados tuvieron necesariamente que reparar en que había cientos de prisioneros encerrados en los sótanos del estadio, repintado y limpiado para la ocasión y custodiado por decenas de soldados armados hasta los dientes. El informe de la FIFA, sin embargo, fue satisfactorio y dio la razón a los chilenos. Desde Moscú se respondió que “por consideraciones morales”, los deportistas soviéticos no podían en ese momento jugar en el estadio de Santiago “salpicado con la sangre de los patriotas chilenos”. De este modo se negaron a disputar el partido de vuelta exponiéndose a no ir al Mundial. Así las cosas, en la tarde de aquel 21 de noviembre los jugadores chilenos saltaron al césped de un vacío Estadio Nacional. Algunos de ellos tenían algún encargo especial, como el delantero Carlos Caszely, el que fuera luego jugador del Levante y el Español: un amigo le pidió que tratara de enterarse si estaba encerrado allí un familiar desaparecido desde hacía semanas. Los jugadores chilenos tomaron posiciones sobre el terreno sin rival enfrente; el árbitro dio el pitido de inicio y comenzaron a pelotear en dirección a la portería contraria hasta que llegaron al área pequeña desde donde Francisco Valdez mandó el balón al fondo de la red de un punterazo. Se consumaba así la pantomima, un partido entre fantasmas que fue bendecido por la FIFA unas semanas después.
Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (agosto de 2008)
En blanco y negro: Otra vez los ‘plavis’
December 2, 2008 by ismael
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La clasificación para el Mundial de Alemania va a suponer para España, además de una ocasión para purgar el desastre de Portugal, el reencuentro con los yugoslavos, unos viejos y rocosos enemigos. Los combinados de Serbia-Montenegro por un lado y de Bosnia-Herzegovina por otro serán rivales de los de Luis Aragonés en el camino hacia la Copa del Mundo de 2006. Junto a Croacia, Eslovenia y Macedonia, Serbia y Bosnia son las selecciones herederas de la desaparecida federación de Yugoslavia y, sobre todo, las continuadoras de una escuela de fútbol que mezcla las mejores tradiciones del balompié del Continente: la potencia física y calculadora del Este, la elegancia centroeuropea y el temperamento latino. A este mestizaje ha contribuido, asimismo, la legión de trotamundos que ha generado el fértil deporte yugoslavo, siendo España un destino clásico para decenas de futbolistas y técnicos de esa región de Europa desde hace más de tres décadas. Pero los vínculos entre el fútbol español y el balcánico se han estrechado a lo largo del tiempo en un historial de partidos memorables en torneos mundiales de los que los buenos aficionados guardarán cumplida memoria. Fue en los años 70 cuando la pesadilla ‘plavi’ nos azotó con mayor rigor. Precisamente en la clasificación para el primer Mundial celebrado en Alemania, el de 1974, españoles y yugoslavos se tuvieron que jugar una plaza en Frankfurt a la muerte súbita en una fría noche de febrero. Y un bigotudo llamado Katalinski nos dejó fuera con un zapatazo que sorprendió a Iríbar y dejó hundida a la afición española por mucho tiempo. Tres años más tarde, el 30 de noviembre de 1977, España le devolvió el golpe a los plavis donde más podía dolerles: en el ‘pequeño Maracaná’ de Belgrado. En juego estaba la clasificación para el Mundial de Argentina de 1978 y la selección que entonces entrenaba Kubala sólo necesitaba el empate, pero Rubén Cano se ocupó de apagar la olla a presión yugoslava con un solitario gol que dio la victoria y el pasaporte mundialista a los nuestros. Claro que el intercambio de golpes no se quedó ahí. Amistosos y clasificatorios aparte, en el Mundial de Italia de 1990, el último en que las repúblicas balcánicas actuaron juntas bajo la bandera yugoslava, un tipo menudo y anárquico pero con un toque de balón mágico llamado Dragan Stojkovic se bastó para eliminarnos con dos goles magistrales. Justamente Stojkovic es uno de los últimos genios que ha dado el fútbol yugoslavo. En los altares del Estrella Roja, el equipo más grande de la extinta Yugoslavia, tiene un sitio preferente al lado de otras cuatro magníficos: de los 50 a los 80, por orden cronológico, son Rajko Mitic; Dragoslav Sekuralac, el ‘Garrincha eslavo’; Dragan Dzajic, y Vladimir Petrovic. A este elenco habría que añadir, entre otros, a Josip Skoblar, uno de los mejores goleadores de Yugoslavia, que sin embargo se perdió, por ser demasiado joven, las mayores glorias de los plavis, que fueron subcampeones en la Eurocopa inaugural del año 60 y cuartos del mundo en el Campeonato de Chile de 1962. La esencia de aquellos jugadores sigue guardada en las botas de los futbolistas de la hoy fragmentada Yugoslavia. Conviene, pues, andarse con cuidado ante los impredecibles e inevitables plavis.
Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (agosto de 2004)
En blanco y negro: Un tulipán de 60 años
December 1, 2008 by ismael
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Si en el mundo literario 2007 es el año de Gabriel García Márquez, en el mundo del fútbol debería serlo de Johan Cruyff. Como Gabo, que ha alcanzado los 80 años, el mítico futbolista y entrenador holandés también festeja en 2007 un cumpleaños redondo: esta primavera celebra los 60. Y coincide el 40 aniversario de la aparición de la gran obra del escritor colombiano, Cien años de soledad, con el momento de consagración del que en 1999 fue proclamado mejor futbolista europeo del siglo XX. Suele pasar desapercibido este último detalle, pues el gotha de los mejores jugadores de todos los tiempos está copado por sudamericanos, y sólo en la vieja Europa Cruyff es un soberano indiscutible. Además, es el modelo del triunfador absoluto, ya que la consumación de sus virtudes naturales, sus ambiciones y sus éxitos han ido siempre de la mano a lo largo de su carrera. Nacer y criarse prácticamente en la acera de enfrente del estadio del Ajax de Amsterdam ya fue todo un regalo de la providencia para este hijo de frutero. A los 10 años ingresó en la escuela de fútbol ajaccied, a los doce trabajó de limpiabotas y cuidador del campo y a los 14 empezó a jugar en equipos de chicos más mayores. Tenía tan poca fuerza que no podía sacar los córners, porque el balón apenas alcanzaba el área, pero ya entonces poseía el don que le acompañaría toda su vida deportiva: una técnica insuperable. Debutó a los 17 años en Primera División y a los 20 ya había ganado dos ligas, era internacional y se había convertido en un ídolo nacional. Seguía siendo el mismo muchacho flaco, pero a su extraordinario dominio técnico, había unido una habilidad para regatear, un cambio de ritmo, una velocidad explosiva y una capacidad goleadora como muy pocas veces se han visto. Todo ello quedó ilustrado, además de por sus tres Balones de Oro (1971, 1973 y 1974) y sus doce títulos nacionales e internacionales con el Ajax, por los primeros minutos de la final del Mundial del 74 en Alemania. Cruyff era el capitán de la ‘Naranja Mecánica’, un equipo que maravilló al mundo y que estaba hecho a su medida: dinámico, polivalente e imprevisible; puro espectáculo. Y en el Olímpico de Munich, ante los anfitriones liderados por Beckenbauer y Müller, el ‘Tulipán de Oro’, como ya era conocido, agarró en el medio campo un balón que ningún alemán había tocado hasta entonces y regateó a contrarios, cambió de velocidad y tiró amagos en uno de los ataques más antológicos jamás vistos en un campo de fútbol. Cruyff terminó su magistral maniobra, cómo no, derribado en el área y el penalti lo transformó con un obús su compañero Neeskens. Aquel lance, a la postre, no sirvió de nada, pues Holanda cayó en aquella final, siendo el único fracaso de un Cruyff que a partir de entonces cultivó aún más su bien ganada fama de genio rebelde. Su número 14 a la espalda, su negativa a fichar por el Madrid y sí por el Barcelona o su retirada prematura de la selección holandesa, así lo atestiguan. El triunfo, sin embargo, era su destino y terminó su carrera, tras un estrambótico paso por Estados Unidos, con un retorno exitoso al Ajax y una triunfal despedida en el Feyenoord; y sin descanso pasó a los banquillos, haciendo reyes de Europa al Ajax de Van Basten y al Barça del Dream Team. Para ello, hizo suya la filosofía de Rinus Michels, su entrenador y maestro en sus inicios: juego ofensivo, control y rapidez. Y ahí ha quedado su huella, pues en 2000 abandonó la dirección técnica. Ahora se dedica a sus negocios y a hacer apariciones esporádicas en los medios, siendo recibido como un oráculo por unos y como un provocador por otros. Johan Cruyff juega irónico a eso, consciente de su leyenda y de haber poseído todos los dones con que puede soñar un futbolista; los mismos que posee García Márquez y envidian los artistas de la palabra.
Por Pedro Pérez Hinojos, ‘Petrini’ (abril de 2007)
Leyendas: Cruyff
December 1, 2008 by ismael
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Santo y seña del fútbol total, uno de los cuatro grandes de todos los tiempos, Johan Cruyff es el máximo exponente de una generación que removió los cimientos del poder establecido en el mundo del fútbol. Cruyff, genio y figura, es, además, uno de los pocos ‘aristócratas’ del fútbol capaz de prolongar sus éxitos sobre el terreno de juego desde el banco de los entrenadores. El Cruyff técnico agranda la leyenda del chico de Ámsterdam.
Ajax y Barcelona, tanto monta, monta tanto. La figura del ‘holandés volador’ está completamente ligada a las dos camisetas que defendió tanto de jugador como de entrenador y con las que marcó un memorable antes y después. Cruyff nació en el barrio de Weidestraat, en Ámsterdam y a los diez años ya defendía la elástica ‘ajaccied’. Con el club de los judíos de Ámsterdam debutó el 15 de noviembre de 1964 ante el Groningen. Lo hizo con el ocho a la espalda. Aún faltaban algunas temporadas para que luciese el mítico ‘14’ con el que convirtió al Ajax en el mejor club de Europa, un formidable conjunto con el ganó ocho ligas, tres Copas de Europa, una Intercontinental y una Supercopa de Europa, un bagaje que asombró al planeta fútbol y que se fraguó en la ‘fábrica’ de Rinus Michels y un nuevo concepto: el fútbol total. Cruyff, al mando de la mejor generación que ha dado el país de los tulipanes, convirtió Europa en un jardín particular donde los constantes cambios de ritmo, intercambio de posiciones y extraordinaria preparación física, no tenían igual. El modelo del Ajax se extendió a la selección de Holanda de principio de los setenta, un combinado que alcanzó un subcampeonato del mundo lleno de leyenda en el Mundial de Alemania del 74 y otro segundo puesto más en el de Argentina 78, un campeonato al que Cruyff se negó a asistir por estar en desacuerdo con la dictadura que los militares habían impuesto en Argentina. Con él al frente de la ‘Naranja Mecánica’, como se conoció a aquel tremendo equipo, a Holanda se la recuerda aún más que a la Alemania de Beckenbauer y Breitner, que se llevó la Copa jugando en casa.
Con leyenda de invencible, Cruyff desembarcó en un atestado aeropuerto de El Prat para jugar con el Barcelona. Desde el primer momento, la afición azulgrana le recibió como ‘el salvador’, y en verdad que lo fue. Debutó ante el Granada el 28 de octubre de 1973, con una victoria por 4-0. En el Nou Camp jugó cuatro temporadas, dejando en las vitrinas una liga y una copa y la memorable actuación del Santiago Bernabéu el día que el Barcelona derrotó por 0-5 al Real Madrid. Convertido en icono del barcelonismo, Cruyff vivió una segunda edad de oro en la Ciudad Condal al frente de un equipo al que moldeó a su imagen y semejanza. Nacía el ‘Dream Team’.
El Cruyff entrenador vivió también a caballo del Ajax y el Barcelona. Con su club de origen ganó una liga y una Recopa de Europa, pero fue en el Barcelona donde volvió a sentar cátedra por dos razones: su forma de entender el fútbol, ofensiva, al ataque, sin mirar para atrás y siempre mimando el balón, y –dos- por los excelentes resultados que obtuvo. Fue la mejor época del Barcelona en toda su historia. Conquistó la Copa de Europa en el 92, ganó una Recopa, cuatro Ligas y una Copa del Rey. Confeccionó un equipo intratable y su leyenda se agigantó hasta límites insospechados.
Cruyff fue un jugador de otra galaxia, rápido, intuitivo, con gran fortaleza física, técnica exquisita, carácter y don de mando. Veía puerta con facilidad, gustaba de aparecer en cualquier parte del campo y siempre asumió los galones de líder y mano derecha del entrenador en todos los equipos en los que estuvo. Disponía de gran inteligencia táctica, sabía interpretar el juego. Sus cambios de ritmo y quiebros eran dificilísimos de frenar. Amante del fútbol por dentro, llegó a renunciar a jugar en algún club porque el césped era de hierba artificial. Amaba el “olor y el tacto de la hierba natural”. Como entrenador, Cruyff fue también un avanzado. Instituyó una forma de entender el fútbol, vertiginosa y de muchos quilates, que hizo escuela.
Aunque la biografía de Cruyff tiene muchísimos renglones dedicados al Ajax y al Barcelona, lo cierto es que no fueron, ni mucho menos, sus únicos equipos. Con la selección de Holanda, su huella fue imborrable pero lo que poca gente sabe es que el ‘holandés volador’ vistió en las dos últimas temporadas de su carrera deportiva la camiseta del gran rival del Ajax, el Feyenoord, con quien conquistó la Liga y la Copa de Holanda. También jugó diez partidos con el Levante y vivió la aventura americana con los Diplomats de Washington y Los Ángeles Aztecas, amen de haber vivido una segunda etapa de dos años con el Ajax.
La sombra de Cruyff es alargada. Aún sin detentar cargo oficial alguno ni en el Barcelona ni en Holanda, todas sus opiniones son tenidas más que en cuenta. La actual directiva del Barcelona, presidida por Joan Laporta, le tiene como un referente claro y en su país natal, sus comentarios suelen ser seguidos casi al pie de la letra. Famosa es la anécdota protagonizada por el presidente de un club que al ser preguntado que haría si hablara con Cruyff respondió con un contundente “caso”. Si en el Barcelona su peso es innegable, en Ámsterdam es toda una institución. Lo ha sido todo en el Ajax, desde ayudante del utillero y limpiabotas, a jugador y entrenador, pasando por secretario técnico.
Debutó como futbolista profesional con el 8 ante el Groningen en un partido que su equipo perdió por 3-1, aunque hizo el gol del Ajax, pero su leyenda siempre irá ligada a la del número 14, un dígito que comenzó a lucir por obligación. Cruyff era el 9 del Ajax pero una larga lesión inguinal le mantuvo apartado de los terrenos de juego durante muchas jornadas, las suficientes para que su sustituto, Gerrie Muhren, se hiciese propietario del dorsal. El día de su reaparición, el 30 de octubre de 1970, Cruyff se vio obligado a lucir el 14 y le fue tan bien que, por superstición, ya no quiso quitárselo.
Leyendas: Beckenbauer
November 28, 2008 by ismael
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Hablar de un futbolista como Beckenbauer puede llegar a ser lo más fácil, solamente habría que ir poniendo adjetivos uno detrás de otro, cada uno más superlativo que el anterior. Puede ser tan sencillo como su manera de jugar al fútbol.
Franz Beckenbauer nació el once de septiembre de 1945, en Giesing, un pueblecito muy cercano a Munich. Hijo de un empleado de correos al que le apasionaba el fútbol. Fueron su padre y, sobre todo, su abuelo los que le animaron constantemente a practicarlo. En 1954, año en el que Alemania conseguía su primer campeonato mundial, con Fritz Walter como ídolo, el joven Beckenbauer ingresó en las categorías inferiores del Munich 06, pasando a formar parte del Bayern pocos años después. Sus primeros años los pasó jugando de delantero centro, puesto para el que también tenía unas dotes especiales. Se comenta que su abuelo le premiaba con unas monedas cada gol marcado, pero que pronto tuvo que desistir de esta práctica. Demasiado alto para aquella época, su entrenador le empezó a poner como centrocampista.
En 1966, con 21 años, jugó su primer mundial, el de Inglaterra, dejando boquiabiertos a todos los críticos deportivos. Su poderosa llegada, un regate muy efectivo y su disparo, le convirtieron en una de las grandes promesas. Marcó cuatro goles, uno de ellos fantástico, al legendario Lev Yashin, la araña negra. En la final, le situaron como marcador de la figura del equipo inglés, Bobby Charlton, en el que fue un duelo sensacional. Inglaterra venció, en una polémica final.
Y llegamos al mundial de 1970, México. Posiblemente uno de los campeonatos del mundo más recordados y añorados por los amantes del buen fútbol. No en vano, allí estaban jugadores de la talla de Gerson, Rivelino, Rivera, Overath, Bobby Charlton y el mismo Franz. Alemania volvió a enfrentarse a Inglaterra, que perdió por exceso de confianza 3-2. Venció Brasil, pero el partido más recordado sería la semifinal contra Italia que venció a Alemania 4-3. Beckenbauer jugó casi toda la prórroga con el brazo sujetado por una venda, le habían roto la clavícula, y su pundonor quedó demostrado ante las miradas de asombro y admiración del mundo entero.
En aquellos años, los 70, era habitual que cada equipo tuviera un jugador que manejara el equipo dentro del terreno de juego, los llamados cerebros, época de grandes visionarios del fútbol, Netzer, Overath, Van Hanegem, Coluna, Velázquez (Don Manuel) etc. Pues bien, coincidiendo con esta tendencia, Diettmar Cramer, entrenador del Bayern, a consejo de Helmut Schoen, entrenador del equipo nacional alemán, sugirió atrasar la posición de Franz, convirtiéndole en el líbero del equipo. Nadie desde entonces ha podido brillar tanto como él, se podría decir que reinventó la posición de defensa libre, jugando por detrás del central. Ver a Beckenbauer salir con el balón dominado, casi diría que sometido, era una catarsis, el éxtasis. La cabeza alta, los brazos bajados, la zancada poderosa, y de repente, y casi sin ningún esfuerzo, soltarla en un pase largo y ajustado, golpeándola tan suavemente y con tanta precisión que resultaba inaudito. Se decía que podía jugar con un frac puesto. En 1972 consiguió su primera Eurocopa, venciendo en la final a Rusia. En las fases previas, volvió a jugar contra Inglaterra. El partido de Wembley aún sigue vivo en la retina de los grandes aficionados al fútbol. Ganó una selección alemana que abandonaba el mítico Wembley con un público tan entregado como asombrado por el espectáculo que había visto. Después conquistó otra Bundesliga, otra copa de Alemania y su primera Copa de Europa.
1974 es el año de la celebración del Campeonato del Mundo en Alemania. El Brasil post-Pelé se presentó con un nuevo equipo, sin los Gerson, Tostao, Carlos Alberto…, Polonia tenía un equipo que asustaba, Argentina reclamaba un lugar entre los grandes, y Holanda formó un conjunto poderoso y espectacular con Cruyff, Neeskens, Haan, Van Hanegem, los hermanos Van de Kerkof, Krol… la esencia del fútbol total. Los holandeses llegaron a la final, precisamente contra los anfitriones. Holanda empezó marcando, pero Müller y Breitner dieron la vuelta al encuentro y dejaron el título en Alemania. El duelo, sin lugar a dudas, fue Cruyff-Beckenbauer. Beckenbauer jugó con la selección su último partido en 1977, cuando todos los aficionados del mundo esperaban verle en Argentina 78. Antes de esto se proclamó campeón de la Intercontinental y subcampeón de Europa de selecciones, al perder contra Checoslovaquia, en el partido del penalti de Panenka, con ‘paradinha’ incluida. Se marchó al Cosmos de Nueva York, que por aquel entonces pretendía con su amigo Pelé introducir de forma definitiva el fútbol en USA. Cruyff, Best, Carlos Alberto, y muchos otros jugadores del mundo acabaron allí sus carreras deportivas. Ganó tres ligas consecutivas, volvió a Alemania, pero al Hamburgo, y retornó a Nueva York, donde se retiró definitivamente. Pocos jugadores pueden presentar un palmarés como el del Kaiser. En todas las alineaciones del mejor equipo mundial de todos los tiempos aparece él. Nadie como Franz le dio tanta fama al puesto de líbero. Cuando lo habitual era sacar la pelota de un ‘patadón’, él la bajaba, la mimaba y la hacía llegar a los extremos o al área contraria con una facilidad insultante. Su sentido de la colocación era tan extraordinario que daba la impresión de ser un jugador vago, pero es que no le hacía falta correr, lo veía todo antes y se anticipaba, así de fácil.
Leyendas: Gerd Müller
November 28, 2008 by ismael
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Bajito, de piernas anchas, tobillos rígidos y con una limitada capacidad técnica para regatear a los rivales. Cuando al entrenador Zlato Chajkowsky le anunciaron los directivos del Bayern de Munich que iban a fichar a Gerhard Müller, dijo de él que “no pienso mezclar a ese pequeño elefante con mis purasangres”. 677 partidos y 584 goles después, el técnico reconoció que Müller fue el mejor goleador que había visto en su vida.
En el fútbol alemán existe un antes y un después de Gerd Müller. El Bayern de Munich, la selección germana e incluso la propia fisonomía de juego que se practica en el Bundesliga deben mucho al talento goleador del ‘torpedo’, sobrenombre con el que pasó a la historia uno de los mejores arietes de todos los tiempos. Formado futbolísticamente en su Nordlingen natal, a los 18 años firmó por el Bayern de Munich, por aquel entonces un modesto club que distaba mucho del que es hoy en día. Su palmarés se reducía a un campeonato nacional en 1932 y una Copa en 1957. Y ni siquiera militaba en la recién creada Bundesliga, sino en una categoría menor. Pero allí coincidió con Beckenbauer y Sepp Maier, y entre los tres pusieron al club bávaro en el mapa de la elite europea. En aquellos años (inicios de los 60), el perfil de delantero idílico que buscaban los clubes alemanes estaba basado en la figura de Fritz Walter. Se buscaba técnica, habilidad para regatear en el área, saber jugar de espaldas a portería, capacidad resolutiva en el uno contra uno y un físico destacado. Nada de eso tenía que ver con Müller. Era bajito y paticorto, sus movimientos con el balón no eran elegantes, le costaba controlar el esférico y no se prodigaba en regates ni acciones de uno contra uno. “No pienso mezclar a ese pequeño elefante con mis purasangres”, comentó el entrenador Zlato Chajkowsky cuando le vio entrenando en Munich.
Al ‘pequeño gordito Müller’, como le apodaban sus compañeros, le costó ganarse la confianza del técnico, que seguía sin ver en él un ariete capaz de marcar diferencias. Pero al poco de conseguir el Bayern el ascenso a la Bundesliga, en la campaña 1965/66, ya era internacional con Alemania. Lo que muchos consideraban defectos se tornaron en virtudes. Precisamente a consecuencia de la corta longitud de sus piernas y de la fuerza de sus muslos (piernas de elefante, como decía Chajkowsky), era capaz de realizar bruscos cambios de velocidad y de dirección. Su aceleración le hacía un jugador muy difícil de marcar en las distancias cortas. A base de goles, el ‘pequeño gordito’ fue pronto conocido como el ‘torpedo’. El Bayern supo adaptar su sistema de juego a las características de Müller. Teniendo un delantero que se desmarcaba con facilidad, con una gran potencia de disparo y un instinto goleador único, ya no hacía falta elaborar jugadas en la frontal del área. Bastaba un pase al área para que comenzara el bombardeo. Así retrasó sus líneas, centró su trabajo en la confección de un centro del campo correoso y, gracias al talento de otros hombres como Beckenbauer o Hoeness, fabricó un estilo propio con el que conquistó cuatro Bundesligas, una Recopa, tres Copas de Europa y cuatro Copas de Alemania entre 1966 y 1976, todas ellas con Müller como delantero titular.
En el conjunto de su carrera Müller disputó un total de 677 partidos oficiales, en los que marcó 584 goles. En la Bundesliga aún permanece intacto su registro de 365 tantos en 427 encuentros. Fue también ‘pihichi’ germano en siete ocasiones, lo que da cuenta de la capacidad goleadora del ‘torpedo’ alemán, que no se limitaba únicamente a los torneos caseros. En las 62 ocasiones que vistió la camiseta de la Selección hizo 68 dianas, a una media de más de un gol por encuentro. Se proclamó campeón de la Eurocopa de 1972 y del Mundial de 1974, tras el que decidió no volver a jugar un partido con Alemania. Cinco años más tarde abandonó el Bayern de Munich para apurar sus últimos días como goleador en Estados Unidos. Para entonces los clubes de la Bundesliga ya no buscaban esbeltos delanteros de técnica contrastada. Lo que se llevaban eran arietes con remate al primer toque y una gran potencia de disparo. En poco más de una década Müller había cambiado el concepto de ‘9’ del fútbol alemán, aunque dentro de este perfil no ha vuelto a salir otro capaz de igualar sus registros.
Gerhard Müller coincidió en el tiempo con la mejor generación de futbolistas que ha dado Alemania, tanto en el Bayern de Munich de los años 70 como en el combinado nacional. Los Beckenbauer, Uli Hoeness, Heynckes, Sepp Maier, Breitner, Netzer, Vogts, Overath y el propio Müller consiguieron una Eurocopa y un Mundial de forma consecutiva con una suma de talentos individuales sin precedentes en el fútbol teutón. Beckenbauer fue el líder de aquella quinta, aunque nunca ocultó su admiración por el ‘torpedo’: “Sin Müller aún estaríamos en la edad de piedra del fútbol”, señaló en una ocasión.
No tenía técnica ni regate y tampoco destacaba por ser rápido. Pero tampoco le hizo nunca falta. La potencia de su tren inferior le permitía desmarcarse de su par con rápidas aceleraciones y sus disparos resultaban letales. Además, tenía un olfato de gol y un sentido del oportunismo único. Dentro del área siempre aparecía en el lugar y el momento indicado para darle el último toque al balón hacia el fondo de las mallas, a veces en la postura o con la superficie del cuerpo más inverosímil. Lo suyo era el remate puro en distancias cortas. “No son disparos, sino bombardeos”, describió un periodista de la época.
Antes de llegar él, el Bayern de Munich ni siquiera era el primer conjunto de Baviera y militaba en la segunda categoría del país. Tras su marcha lo dejó con tres Copas de Europa, cuatro Ligas y otras tantas Copas de Alemania en su vitrina.













